Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 21
—¡No soporto que hagas eso! —exclamó Annie, apartando bruscamente la carpeta que él había dejado justo en el borde de la encimera, donde siempre le advertía que no pusiera nada—. ¡Siempre lo mismo! Sabes perfectamente que odio tener que estar pendiente de que no se caiga nada, y lo haces a propósito para molestarme.
Omar dio un golpe seco sobre la mesa, con las mejillas encendidas y los ojos brillando de una ira que no era solo por el enojo.
—¡No lo hago para molestarte! ¡Lo hago porque ya no sé cómo acercarme a ti sin que te cierres! ¡Siento que cada vez que intento decirte algo que no sea una queja, te pones a la defensiva como si yo fuera tu peor enemigo!
—¡Porque te comportas como tal! —le gritó ella, dando un paso hacia él, con el pecho agitado—. ¡Llegas, desordenas, reclamas, y nunca te paras a pensar que yo también tengo miedo! ¡Que cada vez que te miro y recuerdo ese beso, me entra el pánico de que tú solo quieras jugar conmigo!
—¿Jugar? —repitió él, con una risa amarga que le dolió en el alma—. ¿Crees que esto es un juego para mí? ¡Me paso las noches en vela pensando en cómo hacer las cosas bien, en cómo no romper lo poco que tenemos, y tú me tratas como si fuera el mismo arrogante de la primera semana! ¡No puedo ganarte para nada!
—¡No es cuestión de ganar! —replicó ella, con la voz quebrándose sin querer—. ¡Es cuestión de que no sé si puedo aguantar que te vayas un día y me dejes con todo esto en el pecho! ¡Prefiero pelear contigo todos los días que fingir que no me importas, porque si peleo, al menos sé que estás ahí!
Omar se quedó callado de golpe. La rabia se le desvaneció de la cara, reemplazada por una ternura dolorosa. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo, como si temiera asustarla.
—¿Peleas conmigo porque tienes miedo de perderme? —preguntó muy bajito—. ¿Y yo discuto contigo porque no sé cómo decirte que te quiero sin que suene a mentira? ¿Somos tan torpes que nos hacemos daño solo por no admitir la verdad?
Annie se llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo.
—Sí —susurró—. Somos unos idiotas. Nos gritamos para no decir lo que realmente sentimos. Nos hacemos los enemigos porque nos da miedo ser nosotros mismos.
—Yo no quiero ser tu enemigo —dijo él, acercándose un poco más, hasta que pudo rozar su mano sin que ella se apartara—. Quiero ser el que te regaña por no descansar, el que te ayuda a ordenar aunque lo haga mal, el que te besa cuando se nos acaben las palabras. No quiero pelear más por pelear. Solo quiero estar contigo.
—Yo tampoco quiero pelear —admitió ella, dejando caer los hombros y mirándolo con ojos llenos de lágrimas—. Pero no sé dejar de hacerlo. Es la única forma que conozco de mantenerte cerca sin que te des cuenta de cuánto te necesito.
Omar sonrió con tristeza y ternura, y entrelazó sus dedos con los suyos.
—Pues aprendamos otra forma. Juntos. Porque si vamos a estar en guerra, al menos que sea una guerra donde ambos ganemos. Donde ganemos esto.
Apretó su mano con fuerza, y Annie sintió que por fin, detrás de todos los gritos y las discusiones, había algo mucho más fuerte que los unía: un amor que se escondía en cada palabra dicha con rabia, en cada mirada que fingía desprecio, en cada roce que intentaba disimularse.
Se quedaron así, con las manos unidas y la respiración todavía agitada, como si acabaran de terminar una carrera en lugar de una discusión. Annie miró sus dedos entrelazados y sintió cómo la rabia se desvanecía, dejando paso a una inmensa tristeza por todo el tiempo que habían perdido fingiendo.
—Es increíble —murmuró ella—. Podríamos haber dicho todo esto en dos frases, y preferimos gritar durante media hora.
—Porque decirlo duele menos —respondió él con suavidad—. Esconderse detrás del enojo es fácil. Admitir que te necesito… eso me desarma por completo. Y yo no sabía cómo estar desarmado contigo.
—A mí me pasa lo mismo —confesó ella—. Si te digo que te quiero, te doy el poder de romperme el corazón. Si me enfado, al menos parece que tengo el control. Pero hoy… hoy me di cuenta de que no tengo control sobre nada de lo que siento por ti. Ni siquiera sobre mis propias palabras.
Omar le acarició el dorso de la mano con el pulgar, despacio, como si quisiera calmar todo lo que en ella estuviera revuelto.
—¿Y si perdemos el control juntos? —propuso él bajito—. ¿Y si dejamos de intentar ganar discusiones y empezamos a intentar entendernos? No tienes que ser fuerte siempre, Annie. No tienes que tener todo bajo orden. Y yo no tengo que ocultar que me asusta estar tan cerca de ti.
Ella levantó la vista y encontró sus ojos llenos de una sinceridad que le llegó al alma.
—¿Prometes que no nos haremos daño? —preguntó con voz temblorosa—. Prometes que cuando tengamos miedo, lo diremos, en lugar de gritarnos el uno al otro?
—Te lo prometo —dijo él con firmeza, llevando su mano a los labios y besándola suavemente—. Y si alguna vez se nos escapa un grito, que sea de amor, no de miedo. Si nos equivocamos, lo arreglamos. Si nos enfadamos, lo hablamos. Pero nunca más fingiremos ser enemigos. Porque lo único que somos es dos personas que se quieren demasiado para saber cómo demostrarlo bien.
Annie soltó una risa entre lágrimas y se acercó hasta apoyar la frente en su hombro.
—Somos unos terribles enemigos, ¿verdad? No nos sale nada bien.
—Pues seamos unos pésimos enemigos —respondió él abrazándola con fuerza—, y los mejores compañeros que jamás hayan existido.
Y así, entre risas y promesas, dejaron caer las últimas armas que les quedaban. Ya no había muros, ni disfraces, ni batallas sin sentido. Solo ellos, dispuestos a aprender a quererse sin hacer daño.