Mateo Rinaldi es el titán tecnológico: frío, metódico y controlador, con un secreto que desentona con su fachada de piedra: unos celos posesivos e invisibles que lo consumen cada vez que alguien osa mirar de más a su esposa.
Valeria Cienfuegos es la reina de la moda y los bienes raíces: brillante, desinhibida y dueña de un humor ácido capaz de dinamitar la seriedad de Mateo en segundos.
Con dos décadas de matrimonio, tres hijos caóticos y las dos empresas más poderosas del país sobre sus hombros, su vida es una guerra constante entre las altas finanzas y la convivencia indomable. Cuando las presiones del mercado amenacen con destruirlos, descubrirán que tras veinte años de rivalidad y pasión, los polos opuestos no solo se atraen: se vuelven indispensables.
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EL CIERRE DE MERCADO DEFINITIVO
El eco de los aplausos y las bromas de sus hijos resonó en la amplia cocina durante unos segundos más, pero tanto Mateo como Valeria se encontraban en su propio universo, aislados del bullicio por la fuerza invisible de tres décadas y media de complicidad inquebrantable.
Finalmente, Mateo se separó lo justo para mirarla a los ojos. Su mandíbula conservaba esa línea firme y autoritaria que hacía temblar a los inversores de Wall Street, pero en sus pupilas oscuras solo brillaba una rendición absoluta.
—Se acabó el recreo, familia —anunció Mateo con su voz grave, levantando la voz lo suficiente para que los tres herederos y sus parejas detuvieran susurros y risas—. Si el comité directivo junior ya terminó de evaluar mi paciencia matutina, es hora de que cada quien se dirija a su respectiva jurisdicción laboral antes de que decida congelarles las cuentas bancarias por insubordinación.
Los chicos soltaron una carcajada unánime, terminando sus cafés con la misma ligereza con la que se burlaban de las amenazas vacías de su padre.
—Tranquilo, papá. Iremos a facturar para que puedas quedarte a solas con mamá sin que te interrumpamos el romance de oficina —respondió Alejandro con sorna, guiñándole un ojo antes de tomar de la mano a Renata y encaminarse hacia la salida.
Sofía, Lucas y sus respectivas parejas se despidieron rápidamente entre bromas y besos al aire, dejando finalmente la gran cocina en un silencio cálido y apacible.
Valeria se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra la isla de mármol y observando a su esposo con una ceja alzada y una sonrisa de triunfo absoluto en los labios.
—Vaya, qué eficiente salida de tropas, general Rinaldi —bromeó ella con tono ácido—. ¿Acaso tenías prisa por cerrar la sesión y quedarte a solas con tu activo más valioso?
Mateo acortó la distancia en dos zancadas firmes, atrapándola por la cintura y levantándola ligeramente del suelo con una posesividad feroz que desafiaba cualquier protocolo de la tercera edad.
—No tengo prisa, Valeria... tengo una urgencia macroeconómica —murmuró él con voz ronca, pegando su boca a la de ella en un beso hambriento que supo a promesa eterna—. El mundo afuera puede seguir fluctuando, las bolsas pueden caer y nuestros hijos pueden seguir conspirando, pero mi único monopolio sigues siendo tú.
Valeria exhaló un suspiro tembloroso, enredando los dedos en su cabello plateado y entregándose al torrente de esa pasión que se negaba a envejecer.
—Menos mal que tienes claro quién manda en este holding, mi amor —susurró ella entre risas traviesas, antes de volver a perderse en sus brazos.
El plan de rescate del yerno pánico
Eran las tres de la tarde del día siguiente cuando la puerta del despacho de Mateo se abrió lentamente, revelando una escena digna de una película de espías de bajo presupuesto.
Damián, el impecable cirujano y novio de Sofía, asomó la cabeza con extrema cautela.
Sostenía una bandeja de plata con dos tazas de café humeante y un sobre manila, temblando ligeramente como si estuviera a punto de desactivar un artefacto explosivo en una sala de urgencias.
Mateo levantó la vista del monitor principal. Sus oscuros ojos se fijaron en el joven médico con la precisión láser de un francotirador calculando distancias.
—Si vienes a pedir la mano de mi hija por escrito, te advierto que las cláusulas de indemnización por divorcio emocional son extremadamente punitivas, Damián —sentenció Mateo con voz gélida, sin cambiar la expresión de su rostro.
Damián tragó saliva con fuerza, dando dos pasos al frente con rigidez militar y depositando la bandeja sobre el escritorio con un pulso que milagrosamente no se quebró.
—No, señor Rinaldi... o bueno, sí, algún día —balbuceó el médico, limpiándose el sudor de la frente con disimulo—. Pero en realidad vengo por una asesoría de emergencia. Verá... Sofía quiere que vayamos a cenar este fin de semana con sus padres... los míos, quiero decir.
Y necesito saber cuál es el protocolo de seguridad para evitar que usted decida comprar el restaurante o amenazar a mi padre con una OPA hostil si se atreve a hablar de política.
En ese exacto momento, Valeria apareció por el pasillo con su característico andar felino, enfundada en un traje sastre fucsia brillante que parecía diseñado específicamente para detonar la paciencia de su esposo. Se recostó contra el marco de la puerta, cruzándose de brazos con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ay, por Dios, Mateo! ¿nuestro futuro yerno está en pánico, intentando negociar un tratado de paz con el dictador de Wall Street? —exclamó Valeria riendo a carcajadas, mientras entraba al despacho y le daba una palmada amistosa en la espalda al pálido cirujano—. No te preocupes, muchacho. Si Mateo intenta comprar el restaurante, tú solo dile que el lugar tiene cucarachas en la cocina; con eso lograrás que mi esposo lo descarte por completo debido a su obsesión germofóbico.
Mateo fulminó a su esposa con una mirada fulminante, aunque las comisuras de sus labios amenazaban con traicionarlo.
—Tus métodos de sabotaje familiar rozan la alta traición, Valeria —protestó Mateo con voz ronca, antes de volverse hacia el aterrorizado médico—.
Escúchame bien, Damián: puedes ir a cenar con tus padres con total tranquilidad. No voy a comprar el restaurante... a menos que el mesero se atreva a mirarte a los ojos más de dos segundos mientras te sirve el vino. En ese caso, la demolición comenzará al amanecer. ¿Quedó claro?
Damián parpadeó rápidamente, asintiendo con la cabeza a la velocidad de la luz.
—¡Crystal, señor Rinaldi! Muchas gracias. Les prometo que mantendré al mesero a distancia de seguridad —respondió el cirujano, dando media vuelta y saliendo del despacho a paso veloz antes de que al patriarca se le ocurriera otra cláusula contractual.
Apenas la puerta se cerró tras él, Valeria estalló en una carcajada cristalina y sonora, arrojándose sobre los brazos de su esposo y rodeándole el cuello con una familiaridad insolente.
—Eres incorregible, Mateo Rinaldi —bromeó ella, rozando su nariz contra la de él con una chispa traviesa en la mirada—. Aterrorizando a los pobres muchachos mientras finges ser un magnate implacable.
¿Cuándo vas a admitir que eres un oso cariñoso disfrazado de Terminator?
Mateo soltó un gruñido fingido, atrapándola de la cintura con una posesividad feroz y acercando su boca a la de ella.
—Como vuelvas a llamarme "oso cariñoso" frente a los nuevos miembros de la familia, juro que voy a prohibir las cenas dominicales y te secuestraré a una isla desierta donde nadie pueda interrumpirnos... ni siquiera para asustar yernos, Valeria.
pensé que iba hacer una novela aburrida, Pero me callo la boca Escritora🫥...
Buena redacción.
Buenas ortografía.
Buen balance.
50 y 50 de cada uno.
mismo poder, mismo liderazgo y mismo Lealtismo..
10/10.
es como el vino, estre más viejo, más bueno sabe.