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Cien días para olvidarte

Cien días para olvidarte

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Elección equivocada / La Vida Después del Adiós / Dejar escapar al amor / Completas
Popularitas:34.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Galaxy

Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.

Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.

Sebastián la odia. O eso dice.

Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.

Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.

Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.

Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.

Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.

Los cien días se acaban en Nochevieja.

Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.

**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**

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Capítulo 7

Capítulo 7

El diagnóstico

El pasillo del Hospital Ángeles olía a desinfectante y a flores de plástico.

Sebastián llevaba cuarenta minutos sentado en una silla de vinilo frente a la habitación 412, con los codos en las rodillas y la vista clavada en el piso de linóleo. No se había cambiado de ropa. La camisa todavía tenía manchas de lluvia y el pelo se le pegaba a la frente en mechones oscuros.

Cuando el Dr. Gutiérrez salió de la habitación, Sebastián se puso de pie tan rápido que la silla chirrió contra el suelo.

—¿Cómo está?

El doctor era un hombre bajo, canoso, con la bata impecable y una expresión que Sebastián había aprendido a temer: la neutralidad profesional que precede a las malas noticias.

—Señor Montero, necesitamos hablar sobre el diagnóstico de su madre. ¿Podemos pasar a mi consultorio?

No era una pregunta. Sebastián lo siguió por el pasillo hasta un despacho pequeño con diplomas en las paredes y un escritorio cubierto de expedientes. El doctor cerró la puerta, se sentó y abrió una carpeta.

—Los estudios que le hicimos hoy confirman lo que sospechábamos en los análisis previos. Su madre tiene cáncer gástrico en etapa avanzada.

Las palabras entraron pero no aterrizaron. Sebastián las escuchó como quien escucha el ruido del tráfico desde un piso alto: presente pero irreal.

—¿Avanzado? —repitió.

—El tumor está localizado en la curvatura mayor del estómago, con compromiso de ganglios linfáticos regionales. —El doctor señaló algo en una imagen que Sebastián no quiso mirar—. Vamos a proponer un esquema de quimioterapia. Su madre también presenta un cuadro depresivo que habrá que tratar en paralelo. La combinación de ambas condiciones complica el pronóstico, pero no lo elimina.

—¿Cuánto tiempo?

—Con tratamiento, el pronóstico puede ser favorable. Pero necesito ser honesto con usted: la respuesta depende de muchos factores. La voluntad de la paciente es uno de ellos.

Sebastián salió del consultorio. Caminó hasta el final del pasillo, donde había un ventanal que daba al estacionamiento. Se recargó contra la pared. Deslizó la espalda hasta quedar sentado en el piso, con las rodillas dobladas y las manos en la cara.

No lloró. Sebastián Montero no lloraba. Pero se quedó ahí, con la frente contra las rodillas, respirando como si el aire le costara, durante un tiempo que no supo medir.

Primero Lucía. Ahora su madre.

Sacó el celular. Marcó el número de Eduardo. Su padre contestó al primer tono.

—Papá, tienes que venir al hospital.

Eduardo llegó en veinte minutos. Encontró a Sebastián todavía sentado en el piso del pasillo. No dijo nada. Se sentó a su lado, con la espalda contra la misma pared, y se quedaron los dos en silencio, hombro con hombro, mirando el techo.

Eduardo fue el primero en hablar.

—¿Qué dijo el doctor?

—Cáncer gástrico avanzado. Quimioterapia. Depresión.

Eduardo cerró los ojos. Asintió una vez, lento, como si estuviera procesando cada palabra por separado.

—Tu madre es fuerte, Sebastián.

—Lo sé.

—Más fuerte que tú y que yo juntos. —Eduardo se pasó la mano por la cara, un gesto lento, agotado, de hombre que lleva cinco años sosteniendo una familia que se desmorona—. Cuando perdimos a Lucía, pensé que tu madre no iba a sobrevivir. Pero lo hizo. Cada mañana se levantaba, se vestía, se paraba frente a su caballete y pintaba. No sé cómo lo hacía. Yo no pude tocar nada durante meses.

Sebastián no respondió. Pero dejó que su hombro se apoyara un poco más contra el de su padre, y Eduardo lo permitió sin comentario. Era la forma que tenían los hombres Montero de decir "te quiero" sin pronunciar las palabras: presencia silenciosa, proximidad física, un hombro contra otro en un pasillo de hospital.

A las ocho de la noche, Carmen despertó. La enfermera les avisó y Sebastián entró primero. Su madre estaba recostada contra las almohadas, con la vía intravenosa en el brazo y el cabello revuelto. Se veía más pequeña de lo que la recordaba, como si la cama del hospital la estuviera encogiendo.

Carmen lo miró. Su primera pregunta no fue sobre el diagnóstico.

—¿Esa chica se fue?

Sebastián apretó los dientes.

—Mamá, el doctor necesita hablar contigo sobre...

—Te pregunté si esa chica se fue de mi casa.

—Sí. Se fue.

Carmen cerró los ojos y soltó un suspiro que pareció alivio pero que sonó a cansancio.

—Bien.

Sebastián se quedó junto a su cama hasta que ella se volvió a dormir. Luego salió al pasillo, se apoyó contra la pared y sacó un cigarro que no podía encender dentro del hospital. Lo sostuvo entre los dedos sin fumarlo.

Al día siguiente, volvió a la oficina.

Valentina estaba en su escritorio, como siempre, a las ocho en punto. Cuando lo vio llegar, lo miró con algo que él no supo clasificar. No era lástima —Valentina no hacía lástima—. Era más bien una atención callada, como la de alguien que mide la temperatura de una habitación.

—¿Está bien, señor Montero?

La pregunta lo tomó desprevenido. No por las palabras, sino por el tono: genuino, sin cálculo. Como si realmente le importara.

—Vete a casa temprano hoy —dijo él.

Su voz sonó diferente. Más baja. Más suave. Sin el filo que solía ponerle como barrera. Valentina lo notó. Lo notó porque llevaba meses aprendiendo la diferencia entre el Sebastián que la castigaba y el Sebastián que no sabía cómo ser amable.

—Gracias —dijo ella, y se fue sin preguntar más.

Sebastián la vio desaparecer detrás de las puertas del elevador. Se quedó parado en el pasillo unos segundos, con la sensación incómoda de haber dicho algo que no pretendía decir. "Vete a casa temprano" no era una orden de trabajo. Era otra cosa. Y los dos lo sabían.

Entró a su oficina. Cerró la puerta. Se sentó en su escritorio y levantó la vista hacia la repisa donde estaba la foto de Lucía.

Su hermana le devolvió la mirada con esa sonrisa eterna de dieciocho años que nunca iba a envejecer.

—¿Qué hago, hermanita? —murmuró.

Lucía no respondió. Nunca respondía. Pero Sebastián se quedó mirando la foto un rato más, como si en algún momento la imagen fuera a moverse y darle la respuesta que necesitaba.

Después tomó el teléfono y llamó a su asistente de confianza.

—Busca todo lo que puedas sobre Valentina Reyes Solís. Todo. Su familia, su historia, sus registros médicos. —Hizo una pausa—. Y que no se entere.

Colgó. Miró la foto de Lucía otra vez.

En algún lugar de la ciudad, Valentina caminaba hacia el Metrobús con la sensación rara de que algo había cambiado, aunque no sabía exactamente qué. Sebastián le había dicho "vete a casa temprano" con una voz que no le había escuchado en cinco años.

Una voz que sonaba a la persona que él solía ser antes de que el mundo se rompiera.

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neumidia ruiz
es una historia triste , saca algunas lágrimas, los personajes algunos egoístas que permiten que la ceguera y la cobardia destruye u opaque el amor con un final sin sabor
neumidia ruiz
madre mia es fuerte la culpa de todos esto se tiene que aclarar y ojalá no sea tarde para valentina y Sebastian aunque creo que si cinco años son muchos
veritoo❤️
hasta ahora lo q lei es puro odio pura cobardía..ella tne q alejarse d tanta toxicidad..está bien errar y pedir perdón..pro q se aleje. ninguna d esas personas se la merece xq son egoístas ..en cada situación en la q le gane el dolor o estén con miedo a sus basuras van a buscar culpables..para ellos no existe un mundo sin culpables e inocentes..ella tne q alejarse..le quitaron todo..hasta las ganas d vivir...😡
Yecenia Burgos
excelente obra gracias por escribir algo tan profundo dónde la salud mental se tiene que cuidar
Liliana Ester Doretto
Me gustó, pero me dejó un sabor raro en la boca...una novela gris,personas grises,vidas grises,opacas,cobardes,miedosas,...la alegría,los colores están muertos... girasoles que miran esa muerte,rara ,triste,...en fin...
Liliana Ester Doretto
y qué pasa con la testigo???
Liliana Ester Doretto
pero, cuándo va a viajar en busca de la testigo?? Está tardando mucho...
Odalys Díaz
muy buena
Andrea Nardelli
linda
Graciela Saiz
perdón ,no me gustó el final , debieron estar juntos 😢
Graciela Saiz
Carmen dentro de su dolor es mala😡
Graciela Saiz
son crueles ,ella no es culpable , que fácil lo hacen 😢
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