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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 16: La Distancia Ardiente

La torre este del Palacio de las Sombras se convirtió en el refugio de Elena y, al mismo tiempo, en su celda de seda y oro.

Habían pasado tres días desde la confesión en la biblioteca. Tres días en los que el silencio del castillo parecía haberse vuelto más denso, casi tangible, cubriendo los pasillos con un velo de expectación. Alistair había cumplido su palabra con una disciplina estricta y dolorosa: no había vuelto a cruzarse en su camino, no había buscado su mirada en las galerías ni había aparecido en el umbral de su puerta al caer la noche.

Sin embargo, para Elena, la distancia no trajo la claridad que esperaba. Trajo una tortura sutil.

Sentada junto a la chimenea de su apartamento privado, envuelta en un camisón de raso blanco que caía holgado sobre sus caderas, la historiadora intentaba concentrarse en un volumen antiguo de la biblioteca. Pero las letras se desdibujaban ante sus ojos. Su mente no podía dejar de repasar las palabras del rey: «Sé de ti desde que estabas en el vientre de tu madre».

El intelecto de Elena luchaba por digerir la magnitud de esa verdad. La idea de haber sido objeto de un destino preconcebido sofocaba su orgullo y su sentido de independencia. Y sin embargo, la ausencia de Alistair encendía un vacío físico y emocional que amenazaba con volverla loca. Cada rincón de su piel extrañaba el calor helado del rey; su cuello añoraba la presión seductora de sus colmillos y sus labios carnosos buscaban involuntariamente la voracidad de los suyos.

La atracción sobrehumana no se había diluido con la duda; la separación la había concentrado como un veneno sutil y exquisito.

Elena cerró el libro de golpe. Se puso de pie, haciendo que el raso de su camisón fluyera alrededor de sus curvas voluptuosas, y comenzó a pasear por la estancia. El viento de la madrugada aullaba al otro lado del ventanal, trayendo consigo copos de nieve que chocaban contra el cristal.

De pronto, un aire helado recorrió la habitación. No provenía del exterior: el fuego de la chimenea parpadeó de golpe, reduciendo sus llamas a brasas doradas.

Elena se detuvo en seco. Su corazón dio un vuelco violento. Thump-thump. Thump-thump.

La sombra en la penumbra

Él no había llamado a la puerta. No había hecho el menor ruido al entrar.

Alistair estaba de pie en la sombra del rincón más oscuro del apartamento, recortado junto a la arcada de piedra. Vistiéndose con la sencillez austera de quien ha abandonado los adornos de la corona, llevaba pantalones oscuros y una camisa de lino negro desabotonada en el pecho, revelando la firmeza de su anatomía de alabastro.

Sus ojos ámbar brillaban en la penumbra con una intensidad casi salvaje, luminosos y hambrientos, fijos en la figura de Elena como los de un depredador al borde de la desesperación.

—Alistair... —susurró Elena, la voz cortada por un temblor de sobreexcitación que no pudo contener.

—Dijiste que querías tiempo, Elena —la voz del rey era un murmullo bajo, ronco y raspado, cargado del sufrimiento de tres noches de insomnio inmortal—. He intentado mantener la distancia. He intentado darle a tu mente el espacio que pediste... Pero estar en este palacio sin tocarte es una agonía que quema mi sangre más que cualquier hoguera.

Alistair dio un paso fuera de la sombra. El movimiento fue tan lento que parecía un suplicio para él mismo contener la velocidad inhumana que corría por sus venas.

—Solo vine a asegurarme de que estabas bien —continuó el monarca, deteniéndose a dos metros de ella, apretando los puños a los costados para no abalanzarse sobre sus curvas—. Solo necesitaba ver tu rostro una vez más antes de que la noche termine.

Elena lo miró. Contempló la vulnerabilidad del rey milenario, el dolor contenido en la línea rígida de sus mandíbulas y la devoción desesperada de su mirada. En ese instante, toda la teoría del destino, las dudas sobre la profecía y los dilemas filosóficos se evaporaron frente a la necesidad primaria de su propio cuerpo.

—No me estoy volviendo loca por el pasado, Alistair —confesó Elena, dando un paso decidido hacia él, dejando que el camisón de raso marcara la rotundidad de su pecho agitado—. Me estoy volviendo loca por tu ausencia.

El abismo del deseo reprimido

Alistair soltó un suspiro pesado, una exhalación profunda que sonó casi como un gruñido.

El rey acortó la distancia entre ambos en un parpadeo. Antes de que Elena pudiera articular otra palabra, las manos grandes y frías de Alistair se encajaron en la cintura de la joven con una posesividad feroz, atrayéndola contra su torso con una fuerza que hizo que las caderas de ella chocaran bruscamente contra la solidez de las suyas.

—Elena... —murmuró el rey antes de inclinar la cabeza y devorar su boca.

Fue un beso furtivo, desesperado y carente de toda cortesía. No hubo espacio para la delicadeza: las lenguas se encontraron en una batalla de fuego y sed reprimida. Alistair saboreó los labios carnosos de Elena con una voracidad insaciable, succionando su aliento como si de ello dependiera su existencia, mientras sus dedos se hundían en la carne suave de sus caderas a través del raso blanco.

Elena ahogó un gemido de puro placer contra la boca del vampiro. Enredó sus manos en el cabello negro y denso de Alistair, tirando de él hacia abajo, entregándose por completo a la ola de calor que le recorrió el vientre al sentir el impacto de su cuerpo.

Alistair la empujó suavemente hacia atrás hasta que la espalda de Elena chocó contra la pared de piedra de su apartamento.

El contacto de la piedra fría en su espalda y el calor abrasador del cuerpo de Alistair aprisionándola por delante hicieron que Elena arqueara el torso. El rey descendió por su mandíbula, sembrando besos febriles en su pómulo, en su oreja y en la línea de su cuello. Sus labios encontraron la marca de la mordida anterior y la succionaron con una firmeza que hizo que las piernas de Elena temblaran bajo el camisón.

—Eres mi tormento, Elena... —susurró Alistair contra su garganta, la voz ahogada por la pasión—. No me pidas que me aleje de nuevo. Prefiero que me destruyas a tener que pasar otra noche en la sombra sin el olor de tu piel.

—No te pido que te alejes... —jadeó Elena, apretando los hombros firmes del rey—. Abrazame, Alistair... Hazme olvidar todo lo demás.

A punto de perder el control

Las palabras de la joven actuaron como un detonante en la mente del monarca inmortal.

El autocontrol sobrehumano que Alistair había mantenido durante siglos comenzó a resquebrajarse. La combinación de la distancia previa, el aroma embriagador de la sangre de Elena y la entrega voluntaria de sus curvas exuberantes desató la naturaleza más salvaje y predadora del rey vampiro.

Sus manos bajaron rápidamente por los muslos de Elena, sujetando la masa suave de sus caderas para elevarla ligeramente contra la piedra de la pared. El camisón de raso blanco se deslizó hacia arriba, dejando al descubierto la firmeza de sus piernas y la solidez de sus muslos.

Alistair se acomodó entre sus piernas, pegando su ingle contra la plenitud de la joven en un movimiento rítmico, pesado y dominante que hizo que Elena soltara un grito ahogado de éxtasis.

—Alistair... dios mío... —gemía ella, hundiendo sus uñas en las espaldas del rey.

Los ojos de Alistair se encendieron en un rojo rubí sangriento. La punta de sus colmillos creció, rozando peligrosamente la arteria carótida de Elena mientras el rey respiraba agitadamente contra su garganta. La fuerza con la que sostenía sus caderas amenazaba con dejar marcas rojas en su piel sonrosada; el rey había dejado de actuar como un soberano para convertirse en un ser dominado exclusivamente por el hambre de su tuo cantante.

Elena sintió la vibración peligrosa que emanaba del cuerpo del vampiro. El poder de Alistair era abrumador, una marea de energía oscura que llenaba la habitación. Sabía que el rey estaba a un milímetro de perder el control por completo, de reclamarla allí mismo, contra la piedra desnuda, con una ferocidad que sobrepasaría cualquier límite humano.

Y en lugar de temerle, Elena apretó sus piernas alrededor de las caderas del rey, incitándolo con el calor de su propio deseo.

—Hazlo, Alistair... —provocó ella en un susurro febril contra su oreja—. Sé mío...

El rey soltó un rugido bajo y gutural desde el fondo de su pecho. Abrió la boca, exponiendo los colmillos al descubierto, y se dispuso a clavar las garras y la boca en la carne de Elena para tomarla sin frenos.

La frontera de la cordura

Pero en el último microsegundo, cuando la punta de sus colmillos apenas empezaba a perforar la piel suave del cuello de Elena, Alistair se detuvo en seco.

El rey cerró los ojos con violencia, conteniendo el aliento. Sus músculos se tensaron hasta volverse duros como el acero. La lucha interna entre la bestia inmortal que exigía poseer a su mujer y el rey que había jurado protegerla de cualquier daño —incluso de sí mismo— se liberó en el silencio del apartamento.

Alistair apoyó la frente contra la pared de piedra, justo al lado de la cabeza de Elena, respirando con una agitación convulsa.

—No... —murmuró el rey, la voz rasposa y rota por el esfuerzo sobrehumano de frenar su propia naturaleza—. No de esta manera... No contra una pared, llevado por el ansia ciega de un monstruo.

Con una delicadeza extrema que contrastaba salvajemente con la ferocidad de unos segundos antes, Alistair bajó a Elena al suelo. Sus manos, que aún temblaban por la descarga de adrenalina vampírica, acomodaron la tela del camisón de raso sobre los muslos de la joven, cubriendo la piel expuesta con una ternura protectora.

Elena permaneció apoyada contra la pared, con el pecho subiendo y bajando en bocanadas de aire agitadas, mirando al rey con los ojos dilatados por la mezcla de sorpresa, deseo insatisfecho y una admiración abrumadora.

Alistair dio dos pasos atrás, llevándose la mano a la cabeza, intentando domar el brillo rojo de sus ojos hasta devolverles su tono ámbar habitual.

—Casi pierdo la cabeza, Elena —confesó el monarca, la voz baja y cargada de una culpa profunda—. Tu proximidad destruye todas mis defensas. Si no me detengo... la bestia en mi interior te tomaría sin importar la duda en tu corazón, y jamás me perdonaría hacerte daño o forzar tu voluntad.

La alianza de las almas

Elena respiró profundamente, sintiendo la firmeza de sus propios latidos. Ajustó la seda de su camisón sobre sus caderas y caminó lentamente hacia el rey.

No había miedo en su rostro. Solo la comprensión madura de la tormenta que ambos compartían.

Se detuvo frente a Alistair, tomó su rostro entre sus manos y obligó al monarca a mirarla fijamente a los ojos. La frialdad de las mejillas del rey comenzó a ceder ante el calor de las palmas de la joven.

—No eres un monstruo para mí, Alistair —dijo Elena con una voz clara y decidida—. Y no me estás forzando a nada. Si no nos entregamos del todo esta noche no es porque yo no lo desee... sino porque ambos sabemos que nuestra unión merece más que un impulso en la penumbra.

Alistair cerró los ojos, disfrutando de la caricia de sus dedos en sus pómulos.

—La revelación del vientre de mi madre sigue siendo difícil de digerir —continuó Elena en un susurro sincero—. Pero estos tres días de distancia me han enseñado algo más importante: la profecía pudo haber señalado mi nacimiento, pero mi amor por ti... este fuego que me quema cuando no estás... lo elijo yo. Te elijo a ti, Alistair Vance.

El rey abrió los ojos, brillando ahora con una luz dorada de alivio y devoción pura. Tomó la mano de Elena sobre su mejilla y besó la palma con una reverencia sagrada.

—Entonces la espera habrá valido la pena, mi reina —susurró Alistair, rodeando la cintura de Elena para atraerla a un abrazo suave, donde sus cuerpos se acoplaron sin la urgencia salvaje de antes, sino con la certeza de un pacto renovado—. Quédate conmigo esta noche. Solo a descansar. Permíteme sostenerte en mis brazos sin sombras entre nosotros.

Elena sonrió, apoyando la cabeza en el pecho del rey, escuchando el latido lento y constante de la criatura que había jurado adorarla por la eternidad, sabiendo que la distancia ardiente finalmente había quedado atrás.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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