NovelToon NovelToon
Casada con el hijo del alcalde

Casada con el hijo del alcalde

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Completas
Popularitas:6
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.

Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.

El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.

Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.

Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.

NovelToon tiene autorización de Aisyah Alfatih para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Episodio 8

La escena no pasó desapercibida para Citlali, que acababa de llegar al arrozal con un portaviandas en la mano. Su rostro se endureció de inmediato. Con pasos rápidos y llenos de irritación, dejó el portaviandas sobre el cobertizo y se acercó a ellos.

Sin rodeos, Citlali jaló del brazo a Clara para apartarla de Álvar.

—¿Qué hacen con esas indecencias en el arrozal? ¡Qué vergüenza si los ve alguien! —espetó.

Clara se encendió al instante.

—¡¿Qué te pasa?! ¡Nadie estaba haciendo nada indecente! ¡Nos caímos sin querer!

Citlali bufó con desdén y la recorrió con la mirada de pies a cabeza.

—Venir al arrozal vestida así… Con razón la gente piensa cualquier cosa.

—Ya basta —cortó Álvar con firmeza—. No hagan escándalo.

Citlali tomó entonces el portaviandas y se lo ofreció a Álvar.

—Te traje comida.

Álvar miró el portaviandas un instante y luego negó con la cabeza.

—Mi mamá ya trajo arroz y algo de beber cuando vino con Clara.

Clara, sin darse cuenta, esbozó una sonrisa tenue al ver el rechazo. Esa pequeña sonrisa fue justo lo que hizo arder aún más el pecho de Citlali, llena de rencor, antes de dar media vuelta y alejarse de ellos.

Una vez que Citlali se fue, Clara resopló y luego miró a Álvar con expresión burlona.

—Tienes muchas admiradoras aquí en la aldea, ¿eh? Y entonces, ¿por qué aceptaste el matrimonio arreglado? Si podías elegir tú mismo. Hay muchas chicas de pueblo que estarían encantadas contigo. Incluida… la doctora Ester.

En cuanto ese nombre salió de sus labios, Álvar giró la cabeza hacia Clara con brusquedad.

—Si no sabes nada, no te metas —dijo con frialdad—. Ocúpate de tus propios asuntos.

Aquellas palabras cayeron como una bofetada. Clara se quedó muda; el pecho le dolió, los puños se le apretaron antes de que finalmente se pusiera de pie.

—Ay, se enojó —masculló con fastidio—. Yo me voy primero.

Sin esperar respuesta, Clara se alejó del cobertizo. Álvar se quedó de pie, inmóvil, mirando la espalda de Clara que se perdía a lo lejos.

Sin saber por qué, la imagen de Ester volvió a aparecer en su mente. Tal vez porque la separación entre ellos nunca había sanado del todo, o tal vez porque, hasta el día de hoy, Álvar no había encontrado a nadie capaz de ocupar el lugar que Ester tenía en su corazón.

Mientras Clara caminaba por el sendero entre los arrozales, su teléfono sonó de pronto. El nombre de Delia apareció en la pantalla. Al instante sus pasos se hicieron más lentos y su expresión cambió, se iluminó. Había una nostalgia que por fin encontraba camino de vuelta.

—Hola, Delia… —dijo Clara en voz baja, con un tono mucho más suave que antes.

La conversación fue breve. Una risa pequeña escapó de los labios de Clara, hasta que la voz de Delia se tornó seria. La frase que vino después fue como un cuchillo afilado clavándose directo en el pecho.

—Yago y Laura se van a casar —dijo Delia al otro lado de la línea.

Los pasos de Clara se detuvieron en seco; la mirada se le nubló frente a la extensión verde de los arrozales. El pecho de Clara ardió, la respiración se le cortó. Uno era el exnovio al que había amado con toda el alma; la otra, la amiga en quien había confiado sin reservas. Esa doble traición la golpeó sin piedad.

Sin despedirse, Clara cortó la llamada de golpe. Le temblaban las manos, el rostro se le enrojeció conteniendo la rabia. Retomó la marcha con pasos cada vez más erráticos, recorriendo los terraplenes solitarios. La brisa de mediodía soplaba despacio, trayendo el aroma del lodo húmedo y el arroz tierno, como si se burlara de sus sentimientos hechos pedazos.

Clara no sabía adónde iba. Lo único que sabía era que en algún rincón de aquellos alrededores tenía que haber un lugar fresco donde pudiera detenerse un momento y soltar toda la opresión que no era capaz de llevarse a casa.

Alrededor de las doce del día, Álvar llegó a la casa. Pero lo que lo recibió fue solo la vivienda de madera en silencio. No se oían pasos, ni ruido de platos; ni siquiera se percibía aroma de comida.

Álvar dejó el sombrero de paja y la camisa, y echó un vistazo alrededor.

—Qué silencio… —murmuró.

Desde la parte trasera se oyeron pasos apresurados. Doña Susana apareció con la bolsa de la tanda en la mano. Su rostro lucía cansado, pero no dejaba de sonreír.

—Álvar, ¿acabas de llegar? —preguntó.

—Sí, mamá —respondió Álvar con brevedad.

Doña Susana recorrió la casa con la mirada.

—Pero… ¿y Clara?

La pregunta dejó a Álvar en silencio. Desde hacía rato, en efecto, no había visto a Clara.

—Tal vez esté en el cuarto, mamá —contestó, dubitativo—. Yo voy a asearme primero.

Doña Susana asintió y se dirigió rápidamente al cuarto. No pasó ni un minuto antes de que su voz se elevara.

—¡Álvar!

Álvar, que apenas se había desabotonado la camisa, se detuvo en seco.

—¿Sí, mamá? —respondió desde la sala.

—¡Álvar, Clara no está en el cuarto! —exclamó Doña Susana con pánico.

—Fíjate en el baño, mamá —contestó Álvar, ya visiblemente inquieto.

Pasaron unos segundos.

—¡Tampoco está!

El corazón de Álvar latió con más fuerza. Se acercó.

—A lo mejor Clara se perdió, mamá… Hoy regresó sola del arrozal —dijo Álvar en voz baja, aunque el tono delataba la angustia contenida.

El rostro de Doña Susana palideció de inmediato.

—¡Álvar! ¡¿Cómo se te ocurre?! —la voz de Doña Susana se elevó—. ¡Clara es la primera vez que viene a esta aldea, no conoce el camino de vuelta! ¿La dejaste regresar sola?

Álvar se quedó callado; la culpa lo golpeó de repente.

Afuera, el clima que hasta hacía poco era despejado cambió de forma drástica. Nubes oscuras colgaban bajas y, poco a poco, una niebla blanca descendió de las colinas, envolviendo los arrozales y los caminos de la aldea. El aire se sentía frío y pesado, como si presagiara algo malo.

Doña Susana le apretó el brazo, temblorosa.

—Vamos a buscarla ahora, Álvar… antes de que la niebla se ponga peor.

Álvar asintió de inmediato.

Mientras tanto, Clara estaba sentada, inmóvil, sobre una roca grande en medio del arroyo. El agua que corría bajo sus pies se sentía fresca y cristalina, en contraste con su pecho oprimido. El llanto le brotó sin que pudiera contenerlo más.

En su mano, la pantalla del teléfono mostraba fotos antiguas: sonrisas felices junto a Yago, risas de los tres con Laura. Los dedos le temblaban mientras recorría uno a uno esos recuerdos.

—¿Por qué? —murmuró entre sollozos—. ¿Qué hice mal para que fueran capaces de traicionarme así?

Las lágrimas caían sobre la pantalla del teléfono, desdibujando los rostros en los que alguna vez confió.

Un trueno retumbó de pronto a lo lejos, y Clara se sobresaltó. Alzó la vista: la niebla blanca descendía lentamente por entre los árboles, cerrando la visibilidad alrededor del arroyo. El aire se volvió gélido de golpe y el viento trajo consigo el olor a tierra mojada.

Clara tragó saliva.

—Ya casi va a llover… —murmuró.

Solo entonces cayó en cuenta de que había caminado demasiado lejos de la casa de Don Higinio. El camino de regreso le resultaba desconocido, ya no lo recordaba con claridad.

—¿Se apagó? —Clara presionó el botón una y otra vez—. Dios mío… se me olvidó cargarlo.

El pánico comenzó a trepar por su cuerpo. Guardó el teléfono y bajó despacio de la roca grande. Sus pies tocaron la tierra húmeda a la orilla del arroyo. Tomó aire profundamente, trató de calmarse y echó a andar por el sendero.

Pero unos minutos después llegó a una bifurcación.

Clara se detuvo; miró a la derecha: un caminito angosto plagado de matorrales y árboles. A la izquierda: un camino de tierra que empezaba a cubrirse de niebla. No había ni un alma.

El cielo se oscurecía cada vez más. El viento soplaba con fuerza, las hojas crujían con desasosiego. El reloj en su muñeca marcaba la una de la tarde, pero el ambiente ya parecía el de un atardecer.

Clara tragó saliva; el corazón le palpitaba con violencia.

—¿Hacia dónde tengo que ir? —susurró.

La niebla se espesó; la lluvia cayó de golpe, torrencial, sin aviso. El cielo pareció desmoronarse, derramando agua sin clemencia. La niebla blanca que había estado suspendida se condensó y se tragó los árboles y el sendero hasta reducir la visibilidad a apenas unos metros, a pesar de que aún era mediodía.

—Dios mío… —Clara se abrazó a sí misma, presa del pánico.

Caminó bordeando el arroyo con pasos apresurados y desordenados. El suelo se volvió resbaladizo, el lodo se le pegaba a las sandalias y a las pantorrillas. La lluvia hacía brillar las piedras, resbalosas; el sonido del agua crecía, aterrador.

El pie de Clara resbaló y su cuerpo se tambaleó hasta caer hacia el arroyo. El agua helada la azotó, cortándole la respiración. Por fortuna no fue arrastrada por la corriente; solo quedó tendida en la orilla.

—¡Ah! —gritó con la voz ahogada.

Un dolor agudo le recorrió el tobillo. Clara intentó ponerse de pie, pero el pie no le respondía. Punzaba como si le clavaran miles de agujas.

—Me lo torcí… —susurró con la respiración entrecortada.

Con las fuerzas que le quedaban, Clara arrastró su cuerpo lejos de la corriente. Las manos se le aferraban a la tierra mojada, las uñas se le llenaron de lodo. Al final se recargó contra el tronco de un árbol grande a la orilla del arroyo, el cuerpo sacudido por temblores violentos.

La lluvia seguía cayendo sin tregua.

Clara agachó la cabeza y vio su rodilla ensangrentada. La piel se le había abierto, mezclada con lodo y agua de lluvia. El ardor le arrancó lágrimas de nuevo.

—Por qué… hoy todo me sale tan mal… —murmuró con voz quebrada, ahogada por el ruido de la lluvia y el rugido del arroyo.

Se abrazó la pierna herida, tratando de resistir el frío que le calaba hasta los huesos. La niebla cerraba cada vez más la visión, convirtiendo aquel lugar en un mundo aislado.

La lluvia no había cesado por completo; solo se había convertido en una llovizna fina y helada que le perforaba la piel. Álvar recorría los arrozales con paso veloz, la mirada barriendo cada rincón cubierto por la niebla. El lodo le manchaba los pantalones y los zapatos, pero no le importaba.

—¡Clara! —gritó con fuerza.

Su voz se hundió en el viento y el repiqueteo de la lluvia.

Varios vecinos de la aldea se unieron a la búsqueda, con linternas precarias y impermeables gastados. Se dispersaron, repartiéndose entre la plantación de chiles, los terraplenes de los arrozales y el cauce del arroyo.

—¡Busquen hacia el arroyo!

—¡Yo voy al campo de cebollas!

—¡No vayan solos, griten si encuentran algo!

Álvar corrió a trote ligero por un terraplén angosto y estuvo a punto de resbalar. La respiración se le agitaba, el pecho se le cerraba, no de cansancio, sino de miedo.

La niebla descendía más y más, tapando el sendero. Álvar se detuvo un momento y apretó los puños.

—Clara… —murmuró; la voz se le quebró.

La búsqueda continuó, en medio de la lluvia, la niebla y una angustia que no dejaba de crecer.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play