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Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Renací para Coronar al Príncipe que Todos Dieron por Muerto

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Multi-reencarnación / Amor tras matrimonio / Época / El Ascenso de la Reina / Completas
Popularitas:92k
Nilai: 5
nombre de autor: Liora Valcendra

Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.

NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6 — El cuerpo de un moribundo

Ludovica se gira, todavía con la palabra “fingida” en la boca, y se encuentra de frente con mi cara. Se queda muda.

No sé qué esperaba —una hija adoptiva fea, apocada, muerta de miedo—, pero lo que ve no es eso. Y por primera vez en toda la noche, en sus ojos aparece algo parecido al recelo.

—He oído mucho ruido —digo, tranquila—. ¿Qué ha pasado?

—Señora, el ama Ludovica… —empieza Amaya.

—Ha sido culpa mía, que no conozco bien las costumbres —la corta Ludovica, bajando la cabeza de golpe—. He molestado el descanso del príncipe y de la señora. Le ruego que me perdone.

Sonrío apenas.

—Está bien. Vayan a calentar agua: el príncipe y yo vamos a asearnos. Traigan también una muda limpia para el príncipe, de arriba abajo.

Ludovica levanta la cabeza, desconcertada.

—¿La señora va a… pasar la noche aquí?

—¿Algún problema?

—El príncipe está impedido, me temo que…

—No me importa. No pienso despreciar a mi marido. —La miro sin parpadear—. Agua caliente, paños y ropa limpia para el príncipe. Ya.

Ludovica aprieta los labios. Por dentro debe de pensar que soy una boba que quiere aprovechar la noche para consumar el matrimonio con un moribundo inconsciente. Que lo piense. Cuanto más idiota me crea, mejor para mí. Ordena a una doncella que traiga el agua y se retira con una reverencia forzada.

Dentro, Adrián sigue tumbado, quieto, pero con los ojos abiertos. No ha perdido palabra de lo de fuera.

—No te preocupaba nada tu criada —dice—. Tenías razón.

—Ya te lo dije. Amaya llorando da más pena que un huérfano en la nieve. Es un talento. —Acerco la palangana—. ¿Quién eres en realidad? —insiste él, pero esta vez con menos filo—. Una hija adoptiva que sabe pelear, que sabe de venenos y que le tuerce la mano a un ama de la reina sin despeinarse. Eso no se aprende bordando en un salón.

—Soy tu médica. De momento es lo único que necesitas saber. —Le limpio otra vez la comisura—. Escúchame bien, que esto sí importa. Lo que te está matando son dos cosas. La primera, opio. Te lo dan en dosis pequeñas, mezclado con la comida, desde hace años. Por eso vives medio dormido, sin fuerzas, y por eso cada tantas semanas tienes esas crisis. Eso lo puedo cortar.

Se queda muy quieto.

—Ningún médico de la corte me ha dicho jamás qué me dan —murmura—. Ni uno.

—Porque ninguno se atrevía. Sabían lo que era. Pero decírtelo a la cara era firmar su propia sentencia. —Me encojo de hombros—. Yo no soy tan prudente.

—¿Y la segunda cosa?

—La segunda viene de más atrás. De antes de que nacieras. —Lo miro—. A tu madre la envenenaron mientras te llevaba en el vientre. Naciste ya con el veneno dentro. Por eso siempre fuiste “el niño enfermo”, el que nunca terminaba de curarse. No naciste débil, Adrián. Te hicieron débil.

Los dedos se le cierran sobre la sábana.

—¿Cómo sabes que lo traigo de nacimiento?

—Te lo he dicho: soy médica, y de las buenas. —Bajo la voz—. Una cosa más. Sabes tan bien como yo que a los que entran en este palacio a curarte no les va nada bien. Así que, por ahora, que nadie sepa que lo soy. Ni tus amas ni nadie. Para todos soy solo tu esposa boba, empeñada en cuidar a su marido.

Me mira un largo rato.

—¿Por qué lo haces? —pregunta al fin—. No me conoces. No me debes nada. Y sabes que es peligroso.

—Ya te lo dije: te curo porque me sirves vivo, no muerto. No te confundas. —Escurro el paño—. No hay ningún cariño en esto. No te hagas ilusiones.

—¿Quién se hace ilusiones? —Aparta la cara con una risa seca—. Presuntuosa.

No le contesto. Le doy a beber un cocimiento espeso y amargo. A los pocos minutos empieza a sudar. Pero no es un sudor limpio: le brota por toda la piel un sudor pardo, oscuro, que huele a la misma dulzura del veneno. Hasta alguien que no supiera nada de medicina vería que lo que suelta por los poros está emponzoñado.

Mojo el paño, lo escurro y empiezo a limpiarle el sudor del pecho y de los hombros, una y otra vez, aclarando el paño en la palangana. El agua, que estaba limpia, se va tiñendo de marrón.

Y entonces me fijo bien.

Porque el cuerpo que estoy limpiando no es el de un moribundo. Un hombre que lleva años pudriéndose en una cama tiene el pecho hundido, las costillas marcadas, la piel pegada al hueso. Este no. Bajo el paño hay un torso enjuto pero firme, de músculo duro, hombros de alguien que se ha entrenado en silencio.

Le apoyo la palma abierta en el pecho y le doy unos golpecitos con los dedos.

—Un príncipe que, según dicen, jamás se levantó de una cama, y resulta que tiene este cuerpo —digo en voz baja—. Nada blando, nada enfermizo. Firme, duro, seco pero fuerte. Un cuerpo de hombre entrenado.

—¿No te da vergüenza? —Se le sube el color a la cara de golpe. De rabia… o de otra cosa.

—Hace un rato, en plena crisis de veneno, notaste que alguien se te acercaba con un filo y reaccionaste con un movimiento pensado para matar de un solo golpe —sigo, sin apartar la mano—. Un moribundo de verdad no hace eso. Tú no eres el pobre inútil que finges ser delante de todos.

Se le tensa la mandíbula. La mano que tiene al costado se cierra en un puño.

—¿Qué has dicho?

—Estás débil, pero no sordo. —Retiro la mano, vuelvo a mojar el paño y sigo limpiándole el veneno—. Llevas años fingiéndote más inútil de lo que eres para que te dejen vivir. Reservándote las fuerzas. Muy bien. Ya que no estás tan acabado, y ya que te guardas una carta escondida, pórtate bien y colabora conmigo, que la ocasión no se repite.

Se queda callado, mirándome aclarar el agua parda una y otra vez. Cuando termino de pasarle el paño de la cabeza a los pies, el agua de la palangana es un caldo oscuro.

—Amaya. —Le paso la palangana—. Tira esto lejos, en un rincón sin gente; no vayas a envenenar hasta las plantas. Y tráeme agua limpia.

—Sí.

Me siento a descansar un momento.

—Más tarde manda llamar a unos cuantos hombres de confianza, buenos con las armas, para que vigilen la puerta —le digo—. Curarte va a llevar tiempo, y no quiero a una Ludovica metiéndose aquí cada dos por tres.

—¿De verdad no tienes miedo? —dice, tras un silencio.

—¿Miedo de qué?

—De morir. —Me mira fijo—. ¿Sabes cuántos médicos han muerto en este palacio? Físicos reales, siete u ocho. Médicos de fuera, más de una docena. En los cuatro años que llevo viviendo aquí. Nunca entendí por qué eran tan tontos de meterse, sabiendo que era la muerte segura.

—¿Y quieres que yo salga corriendo esta noche, muerta de miedo, y te deje en paz? —Sonrío—. Te vendría de maravilla.

Cierra la boca.

La verdad es que ni en mi otra vida ni en esta le presté nunca demasiada atención al cuarto príncipe. Murió joven, no me estorbó, no me sirvió; no había razón para mirarlo dos veces. Pero esta vez me he casado con él, y para que un matrimonio así funcione hace falta lo mínimo: que uno pueda fiarse del otro. Así que decido darle algo verdadero.

—Voy a ser sincera contigo —digo—. He venido por dos cosas. Una, curarte. La otra, saldar una cuenta pendiente por alguien a quien quise.

—¿Alguien? —Se le tensa la voz—. ¿Quién?

Callo un momento.

—Tu madre era de Aurelia. Y con ella tengo una deuda muy vieja.

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Maria Cantillo
bueno ya logro tiemp9🤭🤭🤭
Maria Cantillo
vaya sorpresa
Rose M
Felicidades!!
Olga Perez
así son muchos papás es que lo sabía , pero no podía hacer nada . se hacen güeros.
Olga Perez
nunca falta un roto para un descocido
Olga Perez
el mejor consejo jajaja jajaja jajajaja jajajaja
Maria Cantillo
Aquí comienza el ascenso de un joven moribundo y ojalá tengan poder para meterla presa y hacer justicia
Maria Cantillo
bueno excelente actitud para comenzar está novela aquí vamos por la vida de un futuro 👑
Pao
Excelente historia, 100% recomendada te mantiene entretenida de principio a fin, me encanto 😍
Pao
Hermosa historia no han regalado 😍
Pao
Ya lo sospechaba es ella Isabela😭
Pao
Lo que faltaba, recordo su primera vida en la que fue el rey y esposa de isabela
Pao
Esta princesa es la mera bestia 🤭 es la manda
Juany Barrientos
sospecho que Isabel es una princesa de Solterra
marb
está si es una mujer empodera carajo, la versión 2.0😂😈
marb
madre mía, q mujer, aquí estoy aprendiendo el arte de la guerra 😂🔱
marb
q miedo me da está mujer 😂
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
Clotilde Diaz Chavez
Excelente historia de época, gŕacias escritora..!! Me gustó mucho los personajes de Isabela y Adrian.
Elba Lucia Gomez
linda y juguetona sta historia felicidades escritora🌟👏
Arely Vazquez
excelente novela!!!!
ampliamente recomendada
una verdaera joya!!!!👌🏻
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