En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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6°
...Alexei Morózov...
Me encontraba encerrado en mi oficina presidencial, sepultado bajo una pila de documentos confidenciales y registros contables de los negocios de la Bratva que mi padre me había exigido revisar con urgencia antes del fin de mes. Eran asuntos turbios, de esos que requerían mi firma y mi cabeza fría. Miré de reojo el reloj de pared, eran casi las nueve de la mañana. Afuera de las paredes de cristal templado se percibía el silencio sepulcral habitual de cada inicio de jornada, rota únicamente por el zumbido del aire acondicionado. Sobre mi escritorio de caoba, mi taza de café reposaba completamente fría e intacta.
En ese momento, la puerta pesada de mi despacho se abrió de golpe. No hizo falta mirar para saber quién era. Nikolai era el único hombre en toda la Federación Rusa que jamás se molestaría en tocar la puerta, incluso si tuviera el pestillo de seguridad puesto.
—Isabella no vino a trabajar hoy —me solto a bocajarro antes de dejarse caer en una de las sillas de cuero frente a mí.
Tras sus pasos, entró Elena, cuyo rostro reflejaba una angustia evidente. Sentí un vuelco violento en el estómago, pero obligué a mis facciones a mantener la rigidez de piedra que me caracterizaba.
—¿Cómo que no vino? —pregunté, entornando los ojos y desviando la mirada hacia el reloj—. Todavía faltan quince minutos para las nueve. Su horario no ha empezado formalmente.
—Pasé a buscarla a su casa como hago cada mañana, a pesar de que hayamos tenido una discusión ayer —explicó Elena, dando un paso al frente y retorciéndose las manos con nerviosismo—. Pero su vecina de piso me dijo que los vio salir a todos cargando un par de maletas ayer por la tarde. No han regresado a la casa en todo el día, ni pasaron la noche allí.
Una chispa de alarma se encendió en mi pecho.
—¿Los vio salir? ¿A quienes exactamente? —inquirí, agudizando la atención.
—Sí... a ella y a sus padres —respondió Elena con la voz temblorosa—. Lo que realmente me preocupa es que ayer por la noche le tocaba cubrir el turno principal en el bar y jamás se presentó. Dimitri me llamó hace una hora diciendo que Isa solo le envió un mensaje de texto rápido pidiéndole que la cubriera por una emergencia personal, y después de eso apagó el celular. Su teléfono manda directo a buzón. No responde a nadie.
Apreté los dientes, conteniendo el impulso primitivo de ponerme de pie, mandar al diablo los papeles de mi padre y movilizar a la mitad de los soldados de la organización para voltear San Petersburgo entera hasta encontrarla. Tuve que respirar profundo para no delatarme.
—Tal vez tuvo un contratiempo y llegue más tarde. Ya nos dará una explicación —dije, fingiendo una calma corporativa que estaba muy lejos de sentir—. Vuelve a tu oficina y concéntrate en el trabajo, Elena. Veremos si aparece en el transcurso de la mañana. Si no lo hace, yo mismo me encargaré de llamarla personalmente.
Mis palabras parecieron tranquilizar un poco a la pelinegra. Ella asintió de forma sumisa, me dio las gracias y abandonó el despacho en silencio. En cuanto la puerta se cerró tras ella, me relajé en el asiento y entrelacé los dedos sobre el escritorio, clavando una mirada sombría en la nada.
—¿Qué estás pensando, Alexei? —me preguntó Nikolai, cruzándose de brazos mientras me evaluaba con detenimiento.
—Nada —mentí de forma tajante, poniéndome de pie para tomar mi saco—. Intenta llamar al número personal de Isabella en una hora y me avisas de inmediato si responde o si da alguna señal de vida. Debo irme ya; Sofía lleva media hora esperándome en el restaurante del centro para esa maldita reunión sobre la boda —solté, incapaz de ocultar la profunda frustración que me causaba mi prometida.
Nikolai soltó una risa ahogada, claramente divertido por mi pésimo humor de las mañanas. Pero antes de que pudiera dar un paso hacia la salida, su rostro adoptó una expresión inusualmente seria.
—¿Te gusta Isabella, verdad? —me lanzó la pregunta a quemarropa, con ese eje de diversión flotando en sus ojos azules.
Aproveché la oportunidad perfecta para obtener la respuesta que me había estado quitando el sueño desde la noche anterior en el bar.
—¿Y a ti? —le devolví la pregunta, clavándole una mirada inquisitiva.
Nikolai soltó una carcajada ronca y ruidosa que resonó con fuerza en las paredes de la oficina presidencial. Se llevó una mano al pecho, riendo con tantas ganas que incluso tuvo que limpiarse una lágrima imaginaria del ojo.
—Isabella no me gusta en lo absoluto, Alexei. Somos amigos y compañeros de código, nada más —me respondió finalmente, recuperando el aliento. Se puso de pie y caminó hacia mí, depositando una mano firme sobre mi hombro—. Pero veo que a ti te tiene completamente loco. Buena suerte con eso, Brat... pero solo ten en cuenta una cosa.
—¿Qué cosa? —pregunté, intrigado por el cambio tan drástico en su tono de voz.
—Si Sofía se entera de esto... si la llega a insultar, le grita, le hace el más mínimo daño o intenta atentar contra ella utilizando el poder de su familia, no me va a importar que esa mujer esté destinada a convertirse en la futura señora Morózov —me advirtió con una frialdad mafiosa que me recordó por qué era mi mano derecha—. Isabella es demasiado buena y pura para este mundo de mierda al que pertenecemos nosotros, e incluso al que pertenece Sofía. No dejes que la destruyan.
Dicho eso, me dio un ligero apretón en el hombro y salió de mi oficina, dejándome a solas con mis propios demonios. Con esa advertencia grabada en la cabeza pasé el resto de la mañana. No hubo noticias de ella en las horas siguientes; Elena seguía sin saber nada y los rastreos preliminares de Nikolai no arrojaban resultados. Sabía perfectamente que, con mis recursos y acceso al satélite militar de la empresa, podría triangular la ubicación exacta de su teléfono celular en cuestión de segundos, pero una parte de mí se resistía a invadir su privacidad de esa manera tan agresiva. Aunque, por dentro, me estuviera muriendo de la angustia y las ganas por saber qué carajos había pasado con ella.
—¡Por fin me vas a hacer caso, Alexei! —la voz chillona, aguda y sumamente consentida de Sofia Bratova me trajo de golpe de regreso a la realidad.
Estábamos sentados en el reservado de un restaurante de lujo. Ella sostenía un catálogo de mantelería fina y flores importadas con expresión de capricho.
—¿Me puedes explicar qué demonios hago aquí? —le recordé con un tono de voz gélido, cruzándome de brazos—. Sabes perfectamente que yo no quiero esta boda, ni me interesa en lo más mínimo elegir el color de las malditas flores. Esto es solo un negocio.
Sofía soltó un suspiro dramático, arrugando su perfecto rostro operado en un berrinche infantil.
—¿Por qué no puedes fingir, aunque sea por cinco minutos, que al menos te gusto un poco? —me reclamó, cruzándose de brazos.
Puse los ojos en blanco, recargándome en la silla con un desprecio absoluto.
—Eres excelente en la cama, Sofía. Creo que esa es la única y exclusiva razón por la que sigo soportando toda esta basura del compromiso —le solté sin el más mínimo remordimiento, viendo el destello de indignación en sus ojos—. ¿Por qué no haces algo mejor? Vete de compras a París, pasa unos días en alguna playa privada de Italia o vete a Disneyland a gastar dinero. Olvídate de la planeación de la boda por unos días y relájate. Usa mi jet privado, ya di la orden para que esté listo en la pista, y gasta lo que quieras con la tarjeta de crédito ilimitada que te di.
Como cada vez que necesitaba deshacerme de su molesta presencia, la estrategia funcionó a la perfección. La mención de París y el uso exclusivo de mi jet borraron su indignación al instante, reemplazándola por una sonrisa codiciosa y plástica.
—Está bien... me iré a París esta misma tarde y de ahí llamaré a algunas amigas para ir a las tiendas exclusivas —dijo, tomando su teléfono de inmediato para coordinar el viaje con su séquito.
La vi marcharse escoltada por su chofer personal y finalmente pude respirar en paz, sintiendo que el aire regresaba a mis pulmones. Subí a la parte trasera de mi auto y miré a mi conductor a través del espejo retrovisor.
—Vamos a casa —le ordené con voz cansada.
Mientras el vehículo avanzaba por las calles de San Petersburgo, saqué mi teléfono celular y marqué el número de Isabella. Una, dos, tres veces. En cada intento, el sistema daba tres tonos de llamada normales antes de cortar la comunicación de golpe y enviar la señal directo al buzón de voz. Aquello no me gustaba en lo absoluto. El patrón indicaba que el teléfono estaba encendido, pero alguien estaba rechazando mis llamadas deliberadamente. Algo grave le estaba pasando y ella se estaba escondiendo del mundo. Por alguna razón, no quería que nadie la encontrara.
Tenía el impulso imperioso de ir a buscarla yo mismo y derribar cada puerta de la ciudad si era necesario, pero los asuntos de mi padre no podían esperar más. Tenía un problema masivo que resolver de forma inmediata, un conflicto armado y de contrabando con la mafia de Hawái que amenazaba nuestras rutas de distribución internacional.
Tuve que tragarme mi obsesión por la rubia. Llamé a Nikolai y lo dejé a cargo de la investigación de Isabella, dándole órdenes estrictas de mantener vigilada su casa y sus cuentas. No lo hacía por cobardía o porque me importara poco su ausencia, lo hacía porque necesitaba resolver personalmente este maldito problema con los hawaianos para tener las manos completamente limpias y libres cuando fuera el momento de ir a rescatar a mi pequeña rosa de las sombras.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro