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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: Curvas bajo la Lluvia

El sonido rítmico de las gotas de lluvia golpeando contra los cristales de la ventana era, para Elena Rossi, la mejor melodía para comenzar la mañana. Vivía en un departamento acogedor en el tercer piso de un edificio antiguo de ladrillo visto, donde el aroma a café recién colado y pan tostado inundaba el ambiente cada mañana.

Frente al espejo de cuerpo entero de su habitación, Elena terminaba de ajustarse un vestido de punto suave color verde oliva que abrazaba sus formas sin complejos.

Elena no encajaba en el molde de las figuras etéreas y frágiles que dominaban las portadas de las revistas de moda, y jamás le había interesado intentarlo. Poseía un cuerpo curvilíneo, exuberante y profundamente femenino: caderas anchas que marcaban un paso firme y coqueto, un busto generoso que llenaba con elegancia cualquier escote, una cintura definida y unos muslos firmes y carnosos que eran puro fuego y presencia. Su piel tenía un tono cálido, suave como el durazno, y su cabello, una melena densa de ondas castañas con reflejos cobrizos, caía sobre sus hombros con una vitalidad desbordante.

Pero lo que realmente hacía que la gente se detuviera a mirarla en la calle no era solo su belleza física deslumbrante, sino la seguridad absoluta que emanaba. Elena amaba cada pulgada de sus curvas. Se movía por el mundo con la certeza de una mujer que conoce su valor, sonriendo con soltura y manteniendo una mirada de ojos avellana tan expresivos que resultaba imposible ignorarla.

—Muy bien, Elena, hoy es el gran día —se dijo a sí misma frente al espejo, guiñándose un ojo mientras se aplicaba un toque de labial tono vino mantecoso.

Hoy no era un martes cualquiera. Como conservadora y asistente principal de curaduría en el prestigioso Museo Central de Antigüedades, llevaba tres meses organizando la gala más importante del año: la exposición “Tesoros de la Noche y la Antigüedad”. Era la noche en que la alta sociedad, los coleccionistas internacionales y los mecenas más acaudalados del país se reunirían bajo el techo de cristal del museo para admirar piezas históricas únicas... y para firmar cheques de donaciones millonarias.

Tomó su abrigo de paño negro, su bolso de cuero y su paraguas, y salió a la calle dispuesta a enfrentarse al diluvio que azotaba la ciudad.

La rutina de una mujer real

Caminar bajo la lluvia con tacones y una figura de curvas marcadas era un arte que Elena dominaba a la perfección. Mientras avanzaba por las veredas empedradas hacia la estación de tren, notó las habituales miradas que atraía a su paso. Un hombre con traje que esperaba el autobús casi deja caer su maletín al verla pasar; un joven en bicicleta desaceleró para dedicarle una sonrisa apreciativa. Elena respondió con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa divertida, acostumbrada a causar ese impacto natural sin proponérselo.

Al llegar a la pequeña cafetería de la esquina, el aroma a canela y espresso la recibió como un abrazo.

—¡Buenos días, Elena! Lo de siempre, ¿verdad? —preguntó Mateo, el barista, preparándole un vaso para llevar sin esperar respuesta.

—Por favor, Mateo. Hoy necesito una dosis doble si quiero sobrevivir a los egos de la junta directiva del museo —bromeó ella, apoyando los codos sobre el mostrador.

—Estás radiante hoy. Ese color te queda increíble —comentó el muchacho, sirviéndole un café latte con crema.

—Gracias, querido. Hay que ponerle color a este día tan gris.

Elena tomó su café, pagó y continuó su camino. Le gustaba su vida. A sus veintidós años, tras graduarse con honores en Historia del Arte, había logrado un puesto envidiable en el museo gracias a su talento instintivo, su memoria fotográfica para las antigüedades y su capacidad para no dejarse intimidar por nadie. Tenía amigos leales, un departamento que amaba y una independencia de la que se sentía profundamente orgullosa.

Lo único que faltaba en su vida, si era honesta consigo misma en sus momentos de soledad, era una chispa de verdadera pasión. Había tenido novios, por supuesto, pero ninguno había logrado encender la hoguera que ella intuía que llevaba dentro. Los hombres de su edad solían sentirse intimidados por su presencia física o por su carácter decidido, o caían en el error de tratarla como un adorno delicado.

Elena quería alguien que no tuviera miedo de su fuerza ni de sus curvas. Alguien cuya presencia fuera tan intensa como la de ella. Un pensamiento absurdo y romántico, tal vez, pero no estaba dispuesta a conformarse con menos.

Lo que Elena no sospechaba era que, a pocas cuadras de allí, dentro de un automóvil negro de cristales blindados, un par de ojos ámbar la observaban avanzar bajo la lluvia con una devoción casi religiosa.

Preparativos en el santuario de arte

El Museo Central de Antigüedades era un edificio majestuoso de arquitectura neoclásica, con imponentes columnas de mármol blanco, escalinatas dobles y un techo abovedado de cristal y hierro forjado. Para Elena, era su segundo hogar.

Al cruzar las puertas gigantescas de roble, el bullicio de los preparativos la envolvió de inmediato. Los floristas colocaban arreglos de orquídeas oscuras y rosas negras importadas; los técnicos ajustaban la iluminación tenue y dramática sobre las vitrinas de exhibición; y el servicio de catering desplegaba mesas vestidas con manteles de lino blanco y copas de cristal de bohemia.

—¡Elena! ¡Por fin llegas! El director está a punto de colapsar —exclamó Sofia, su mejor amiga y colega en el departamento de restauración, corriendo hacia ella con una carpeta llena de papeles.

—Tranquila, Sofi. ¿Qué pasó ahora? ¿El caviar no llegó a tiempo? —preguntó Elena riendo, quitándose el abrigo humedecido y dejándolo en el perchero.

—Peor. Llegó la confirmación del patrocinador principal. El que compró el 60% de los fondos de la gala a último momento.

Elena arqueó una ceja perfectamente delineada mientras se ajustaba el cabello.

—¿El misterioso inversionista del grupo Vance? Creí que solo enviaría a sus abogados.

—Pues no. Confirmó que asistirá en persona. El propio Lord Alistair Vance estará aquí esta noche —dijo Sofia en un susurro cargado de emoción contenida—. Elena, estuve investigando. Nadie tiene fotos recientes de él, pero los rumores dicen que es un aristócrata multimillonario, ridículamente atractivo, y tan imponente que hace que los ministros se tiemblen en sus asientos.

Elena soltó una risita desenfadada, acomodando unas esculturas de bronce en la vitrina central.

—Por favor, Sofi. Debe ser un anciano estirado con demasiado dinero y afición por el vino caro. No te dejes llevar por los cuentos de la prensa rosa. Nosotras concentrémonos en que la colección de dagas medievales y las joyas del siglo XVIII estén impecables.

—Ya verás, Elena. Tengo el pálpito de que esta noche va a pasar algo fuera de lo común. El ambiente se siente... cargado. Como si la tormenta de afuera se hubiera metido al museo.

Elena miró hacia el gran tragaluz del techo. Las gotas de lluvia repicaban contra el cristal con una fuerza casi hipnótica. Un extraño escalofrío, una ráfaga de calor repentino que le recorrió la espina dorsal, la hizo dar un paso atrás. Se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo su corazón daba un vuelco sin razón aparente.

Qué raro, pensó, sacudiendo la cabeza para despejarse. Debe ser los nervios del evento.

La transformación para la gran noche

A las siete de la tarde, el museo cerró sus puertas al público general para dar paso a la preparación final de los anfitriones. Elena se dirigió al vestidor privado del personal para cambiarse para la gala.

Había elegido el vestido semanas atrás, y no tenía dudas de su elección. Era una pieza de alta costura en terciopelo pesado de color azul noche, un tono tan oscuro que bordeaba el negro bajo la sombra, pero que revelaba destellos zafiro bajo la luz directa.

El diseño parecía esculpido expresamente para sus curvas. Tenía un escote corazón profundo pero elegante, que realzaba la plenitud de su pecho y dejaba al descubierto la curva suave de sus hombros y su cuello largo. La tela de terciopelo se ceñía con firmeza a su cintura y a sus caderas voluptuosas, cayendo luego en una falda majestuosa con una apertura discreta en el muslo izquierdo que revelaba sus piernas con cada paso.

Se colocó un par de sandalias de tacón alto en tono azabache, unos pendientes largos de plata que oscilaban con el movimiento de su cabeza y un toque de perfume: una mezcla exquisita de vainilla negra, orquídeas y un matiz sutil de canela.

Cuando salió del vestidor, Sofia se quedó con la boca abierta.

—Santo cielo, Elena... Vas a provocar un infarto masivo en la junta directiva. Estás insoportablemente hermosa.

Elena sonrió, mirándose en el espejo alto. El terciopelo abrazaba sus caderas con una firmeza sensual; se sentía poderosa, hermosa y absolutamente cómoda en su propia piel.

—Las mujeres con curvas fuimos hechas para vestir terciopelo, Sofi. Vamos a dar la bienvenida a los invitados.

La llegada a la gala: La tormenta perfecta

A las nueve de la noche, la gala estaba en su máximo esplendor. La atmósfera del museo era sencillamente sublime: las luces generales se habían atenuado, dejando que la iluminación focal dorada hiciera brillar los artefactos de oro, las piedras preciosas y las pinturas antiguas. Un cuarteto de cuerdas interpretaba piezas clásicas en el piso superior, y el murmullo de las conversaciones de la élite de la ciudad llenaba el salón principal.

Elena circulaba entre las autoridades, respondiendo preguntas sobre las piezas expuestas con una elocuencia y una pasión que fascinaban a los coleccionistas. Su presencia no pasaba desapercibida; varios hombres prominentes intentaron entablar conversación con ella, buscando pretextos para demorarse al lado de la hermosa conservadora de figura despampanante.

Sin embargo, a pesar del éxito del evento, Elena no podía quitarse de encima una sensación de inquietud. La piel del cuello se le erizaba a ratos, como si una mirada invisible y de un peso insoportable estuviera siguiendo cada uno de sus movimientos desde las sombras de los balcones superiores.

De pronto, alrededor de las diez y media, el volumen de la música pareció amortiguarse. Las conversaciones de los grupos cercanos comenzaron a extinguirse en un murmullo de expectación. Un aire frío, impregnado del aroma a lluvia fresca, ozono y algo indescriptiblemente embriagador, se coló por la entrada principal.

Las pesadas puertas de cristal del museo se abrieron de par en par.

El director del museo corrió hacia la entrada con una servilismo casi cómico, limpiándose el sudor de la frente. Elena, curiosa, se giró despacio, sosteniendo una copa de champán entre sus dedos.

Acompañado por dos escoltas altos de trajes impecables que permanecieron a distancia reverencial, el hombre atravesó el umbral.

El tiempo pareció detenerse.

Era Alistair Vance.

Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones en un suspiro ahogado. El hombre era una visión de elegancia oscura y peligrosa que desafiaba cualquier descripción humana. Alto, de hombros anchos y una postura aristocrática perfecta, vestía un esmoquin de corte italiano hecho a medida en color negro azabache, con una camisa de cuello alto que resaltaba la palidez pulcra de su piel y la línea esculpida de su mandíbula.

Su rostro era una obra de arte tallada en mármol: pómulos pronunciados, labios firmes y un cabello negro como la noche peinado hacia atrás con elegancia natural. Pero lo que congeló a Elena en su lugar fueron sus ojos.

Eran de un color ámbar encendido, tan intensos y penetrantes que parecían brillar con una luz propia en la penumbra del salón.

Alistair no miró la arquitectura del museo. No miró las esculturas de valor incalculable ni le prestó atención a la reverencia atropellada del director.

Su mirada recta, magnética y hambrienta atravesó la multitud de diplomáticos y millonarios, ignorando todo a su paso, hasta posarse directamente sobre ella.

Elena sintió una descarga eléctrica recorrerle la espina dorsal. El contacto visual fue tan físico, tan brutalmente denso, que sus dedos apretaron el cristal de la copa con fuerza. El corazón dentro de su pecho comenzó a martillear a un ritmo salvaje, frenético, desbocado.

Alistair dio un paso hacia el interior del salón. Su mirada recorrió lentamente la figura de Elena: desde las ondas de su cabello castaño, pasando por la calidez de su cuello expuesto, descendiendo por el escote de terciopelo que enmarcaba su pecho agitado, trazando la curva pronunciada de sus caderas y la apertura de su vestido.

No era una mirada vulgar; era la mirada de un rey que reconoce su tesoro más preciado, la mirada de un hombre que ha esperado una eternidad para devorar con los ojos la realidad de la mujer que ha soñado.

Un destello de dorada satisfacción cruzó los ojos de Alistair cuando escuchó, por encima de la música y la multitud, el latido desbocado y el aroma delicioso de Elena llenando el aire.

Elena tragó saliva, sintiendo que sus mejillas se encendían de un rubor caliente. Intentó desviar la mirada, mantener la compostura como profesional del museo, pero era imposible. Estaba hipnotizada. El espacio entre ellos parecía haber desaparecido, dejando solo la tormenta de afuera, el latido de su propio pecho y la figura imponente del hombre más peligroso que jamás había visto, avanzando lentamente en su dirección.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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