Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 7: Huida al Norte y el contraataque de Cédric
El gélido viento del norte golpeaba los ventanales del carruaje, pero para Christopher, aquel frío extremo era un alivio bendito en comparación con el ambiente asfixiante de la capital. Agobiado hasta el límite por las insistentes presiones de su padre para acelerar los preparativos de la boda, y con la mente desquiciada por la misteriosa, burlona y constante mirada de Sophia, su nueva prometida, el príncipe había tomado una decisión drástica. Mandó a sus hombres de las *Black Shadows* a mantener la guardia en la sombra y emprendió un viaje exprés hacia el Ducado de Valerius. Necesitaba despejarse, alejarse del tablero de ajedrez en el que se había convertido su vida y, sobre todo, refugiarse en el único lugar donde todavía podía encontrar un rastro de paz genuina: ver a su adorada ahijada, la pequeña Lucero, que ya había cumplido los seis años de edad.
Cuando las imponentes puertas de hierro del palacio de hielo se abrieron ante él, Christopher respiró hondo. Se bajó del carruaje e intentó recomponer su postura, colocándose la máscara del príncipe despreocupado, sonriente e imperturbable que todos conocían. Caminó por los majestuosos pasillos de piedra y escarcha con paso ligero, saludando a los sirvientes con bromas ligeras, fingiendo que aquello eran unas simples vacaciones improvisadas.
Sin embargo, su fachada no duró ni cinco minutos.
En el gran salón de armas, Cédric se encontraba limpiando una pesada espada de entrenamiento. Al ver entrar al heredero al trono con una sonrisa demasiado forzada y los hombros rígidos como el acero, el duque dejó el arma a un lado. Cédric lo conocía desde que eran adolescentes; habían compartido batallas, secretos y demasiadas noches en vela. Sabía perfectamente cómo leía Christopher las situaciones y cuándo el "principito" estaba al borde de una crisis nerviosa. El general de hierro notó la tensión de inmediato en el tic imperceptible de su mandíbula.
—¿Huyendo de las responsabilidades imperiales de nuevo, Christopher, o es que tu padre finalmente descubrió que le vaciaste los viñedos de la capital? —soltó Cédric con una ceja arqueada, cruzándose de brazos mientras lo examinaba con ojo clínico.
—Solo venía a ver a mi ahijada favorita, bruto del norte —replicó Christopher, dejándose caer pesadamente en un sillón de piel de oso con fingido dramatismo—. La capital se ha vuelto terriblemente aburrida y extrañaba la calidez de tu maravilloso humor de piedra.
—Mientes de pena —sentenció Cédric, dándole un golpe amistoso pero firme en el hombro—. Habla ya. Tienes cara de haber visto a un fantasma... o de haber caído en una trampa de la que no sabes cómo salir.
Christopher resopló, pasándose una mano por el cabello rubio platinado, desordenándolo por completo. Miró hacia las puertas del salón para asegurarse de que nadie escuchaba y, a regañadientes, con el orgullo herido y la voz tensa, comenzó a confesar el calvario que estaba viviendo en la corte. Le habló de su compromiso forzado con Sophia y, omitiendo el detalle de la identidad secreta de las sombras, le describió cómo esa maldita duquesa lo desafiaba a cada segundo, cómo no medía sus palabras y cómo parecía saber exactamente qué hilos mover para dejarlo completamente desarmado en mitad de la corte.
Cédric escuchó en silencio absoluto, procesando cada palabra, cada queja exasperada del príncipe. Y entonces, cuando Christopher terminó su relato esperando un consejo estratégico militar de su mejor amigo, el general de hierro tomó aire y estalló en una sonora, ruidosa y profunda carcajada que retumbó en las paredes de piedra del palacio.
—¡¿Te estás riendo?! —exclamó Christopher, poniéndose en pie de un salto, indignado al límite—. ¡Te estoy diciendo que esa mujer es un peligro público y que me mira como si fuera su maldita presa, y tú te ríes como un lunático!
—Es que... es simplemente perfecto —logró decir Cédric entre risas, limpiándose una lágrima del ojo mientras disfrutaba de la absoluta frustración del príncipe—. ¡Por fin encontraste a tu par, principito! Alguien que te domina con una sola mirada, alguien a quien no puedes manipular con tus discursos ensayados de heredero carismático. ¡El karma es verdaderamente hermoso, Christopher! Pasaste años burlándote de mí cuando caí ante Alissa, y mírate ahora. Estás aterrorizado por una sola duquesa.
Las burlas de su amigo le dolían más que una estocada directa. Christopher apretó los puños, la cara roja de pura rabia contenida, pues odiaba con toda su alma admitir que el bruto del norte tenía toda la maldita razón: Sophia lo tenía contra las cuerdas y él no sabía cómo contraatacar sin perder los papeles.
En ese momento, las pesadas puertas del salón se abrieron con suavidad y Alissa entró al lugar, vistiendo un elegante abrigo sureño adaptado a las heladas tierras del norte. Traía consigo una bandeja con té caliente para los dos hombres, habiendo escuchado el eco de las carcajadas de su esposo desde el pasillo.
—Veo que tu visita ha traído mucha alegría al palacio, Christopher —dijo Alissa con una sonrisa dulce y serena, entregándole una taza—. Aunque por los gritos, parece que Cédric está siendo tan sutil como de costumbre.
Christopher aceptó la taza, pero al ver a la duquesa, una chispa de pura malicia y venganza se encendió en su mente. Recordó los insultos y las risas que el viejo Conde Kalen le había dedicado en su invernadero apenas unos días atrás. Si él iba a sufrir las burlas de Cédric, el viejo zorro del sur tampoco se iría limpio de esta.
—Oh, Alissa, la estancia en la capital ha estado llena de sorpresas —comentó Christopher con un tono falsamente inocente, recostándose contra una mesa con una sonrisa de absoluta astucia—. De hecho, antes de venir al norte, pasé a visitar a tu querido padre, el Conde Kalen.
Alissa arqueó una ceja, deteniéndose en mitad del salón.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo está mi padre? —preguntó ella, con genuino interés.
—Oh, de maravilla. Lleno de energía —dijo el príncipe, ensanchando su sonrisa del revés—. Me recibió en su invernadero privado. Estaba de lo más relajado... fumando plácidamente su pipa de madera, exhalando nubes de humo mientras me daba sus peculiares consejos de vida. Ya sabes, disfrutando de su tabaco dulce como todas las tardes.
Al escuchar aquellas palabras, la expresión dulce de Alissa se transformó por completo. Sus ojos se entrecerraron y el ambiente del salón pareció descender varios grados por el repentino enojo de la duquesa. Apretó los puños contra los pliegues de su vestido.
—¿Fumando? —siseó Alissa, con una voz que hizo que el mismísimo Cédric se enderezara en su asiento, reconociendo el peligro—. El sanador real le prohibió terminantemente tocar esa pipa debido a su tos del invierno pasado. Le juré que si volvía a encender ese tabaco, yo misma iría al sur a confiscarle hasta la última hoja de su plantación.
—Bueno, parecía que lo hacía muy a menudo. Tenía la habitación llena de humo gris —añadió Christopher, echándole más leña al fuego con total deleite.
—Hablaré con mi padre seriamente —sentenció Alissa, con un tono gélido y decidido que prometía una tormenta de sermones familiares para el pobre anciano—. Mañana mismo enviaré una carta con el mensajero más rápido del Ducado, y si es necesario, viajaré yo misma para poner orden en esa residencia. No me importa que sea un conde, va a escucharme.
Christopher bajó la mirada hacia su taza de té para ocultar la enorme y radiante sonrisa de satisfacción que se le dibujó en los labios. Se había cobrado la humillación con creces. El viejo Kalen se creía muy listo dándole consejos sobre Sophia y burlándose de su paranoia, pero ahora tendría que lidiar con la furia de su propia hija.
—¿Ves, Cédric? —murmuró Christopher, dándole un sorbo a su té mientras miraba a su amigo de reojo con un destello de victoria—. El karma verdaderamente funciona de formas maravillosas en este mundo.
Cédric solo pudo negar con la cabeza, soltando un bufido divertido al ver cómo el "principito" usaba sus armas más infantiles para vengarse, aunque el juego con Sophia apenas estuviera comenzando.