Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...
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Imperios que se derrumban y se reconstruyen.
Imperios que se derrumban y se reconstruyen
La noche moscovita se había vuelto un manto de terciopelo y secretos cuando Valentina y Alexander cruzaron el umbral del apartamento de ella. La euforia de la velada aún palpitaba en sus venas, mezclada con el vodka y la complicidad de las bromas compartidas. Alexander, que había permanecido en un silencio observador durante la escena, ahora desplegaba toda su intensidad contenida. Sin mediar palabra, la tomó contra la puerta del apartamento, sus manos firmes en sus caderas, su mirada taladrando la de ella con una promesa que no necesitaba pronunciarse.
Valentina, que conocía bien el lenguaje de su cuerpo, sintió el fuego recorrerle la espalda mientras él la levantaba como si no pesara nada y la llevaba hasta el dormitorio. El sexo fue exactamente como a ella le gustaba: duro, sin concesiones, una danza de fuerza y entrega donde cada embiste era una declaración de posesión y cada jadeo, un poema. Alexander, que en la calle era un hombre de traje y modales impecables, se transformaba en la intimidad en un depredador que conocía cada curva, cada suspiro, cada punto débil de su presa.
Valentina se aferraba a sus hombros, las uñas marcando surcos en su espalda, mientras el placer la envolvía en oleadas que la hacían olvidar el nombre de cualquier otro hombre, cualquier otro reino. Cuando finalmente el amanecer comenzó a teñir el cielo de Moscú de un gris perla, yacían entrelazados, el sudor secándose sobre sus pieles, y él, con esa sonrisa suya tan poco frecuente, le susurró al oído que su imperio, el de él, siempre estaría a salvo mientras ella fuera su reina.
En la otra punta de la ciudad, la mansión de Dimitri se alzaba imponente entre los árboles del exclusivo barrio residencial. Lorena y Dimitri habían llegado en un silencio cómplice, sus manos entrelazadas como adolescentes, y la complicidad de años compartidos brillando en sus ojos. Esta vez, al cruzar la puerta principal, no hubo risas ni juegos con los niños; Dimitri, con un gesto que conocía bien su esposa, había dado instrucciones precisas al personal para que los pequeños ángeles no interrumpieran bajo ningún concepto hasta el mediodía.
Las puertas del dormitorio principal se cerraron con un clic metálico que sonó como un cerrojo al paraíso. Lorena, que a lo largo del día había sido la bromista, la que provocaba a Fred, ahora se entregaba a su esposo con una vulnerabilidad que solo él conocía. Dimitri la amaba con la paciencia del que sabe esperar y la pasión del que nunca da por sentado el deseo. Sus manos recorrieron su cuerpo con la precisión de un arquitecto que conoce cada plano de su obra maestra, y sus labios, esos labios que sabían decirle las palabras más dulces y las más sucias al oído, la llevaron al borde del éxtasis una y otra vez.
No hubo prisas, solo la pausa del amante maduro que sabe que el placer se construye como una catedral: ladrillo a ladrillo, jadeo a jadeo, hasta que el orgasmo los envolvía como una campanada que vibraba en sus huesos. Al final, cuando el sol de la mañana se colaba por las cortinas, Dimitri la abrazó por detrás, su aliento cálido en su nuca, y le prometió que no importaba cuántos imperios se derrumbaran en Alemania, el suyo, el de ellos, estaba hecho de una materia más sólida.
Mientras tanto, en la fría y ordenada Alemania, la escena era muy distinta pero igualmente intensa. Fred, después de colgar la llamada y besar a su esposa con esa posesión que dejaba claro su territorio, había sujetado las muñecas de Laura con una firmeza que bordeaba la desesperación. "Se acabó la ley seca", gruñó con voz grave, sus ojos brillando con un fuego que Laura no veía desde hacía meses. "Te deseo ahora, aquí, sin excusas". Laura, todavía aturdida por la risa y las provocaciones de su hermana, intentó resistirse, un gesto casi mecánico de orgullo herido. Pero Fred, que conocía cada una de sus defensas, no cedió. La besó con la urgencia del que ha estado a punto de perder su tesoro, y ella, contra todo pronóstico, sintió que las barreras se desmoronaban. Amaba a ese hombre con el alma, con la certeza irracional de las pasiones que desafían la lógica, y su cuerpo, siempre más honesto que su orgullo, se entregó con una entrega que sorprendió incluso a ella misma.
El sexo fue una batalla campal, una reconciliación de cuerpos que no necesitaban palabras para entenderse. Entre sábanas revueltas y jadeos ahogados, Fred le susurró que jamás permitiría que un italiano, ni ningún otro, se acercara a su reina, y Laura, con una sonrisa que era a la vez derrota y victoria, le recordó que su trono, el de ella, siempre había sido más alto que el de cualquier imperio. Cuando el amanecer alemán pintó el horizonte de tonos rosados, los dos yacían en un silencio que no era ausencia, sino el preludio de una tregua, la promesa de que el amor, a veces, necesita derrumbarse para reconstruirse con más fuerza, como las ciudades que resurgen de las cenizas con una belleza más feroz.