Andrea Montalvo dedicó veinte años de su vida a construir un imperio empresarial junto a su esposo, Rodrigo Villareal. Renunció a su sueño de ser madre para sostener la empresa que los sacó de la nada y los convirtió en una de las parejas más poderosas del mundo de los negocios. Creía que su sacrificio era la prueba más grande de amor.
Hasta que una serie de fotos anónimas le reveló la verdad: Rodrigo llevaba cinco años manteniendo una relación con una mujer más joven, Sofía, con quien ya tenía un hijo y otro en camino.
Otra mujer habría llorado, suplicado o exigido el divorcio. Andrea, no. Andrea decidió destruir.
Con la frialdad de quien lleva dos décadas tomando decisiones multimillonarias, diseñó un plan implacable: si no podía quedarse con la empresa que ella misma levantó —porque la ley obligaba a repartir los bienes gananciales—, entonces se aseguraría de que no quedara nada que repartir. Provocó la quiebra total del Grupo RA, redujo a cenizas el patrimonio que Rodrigo planeaba disfrutar con su amante, y salió caminando sobre los escombros sin voltear atrás.
Pero la venganza fue solo el comienzo.
Mientras Rodrigo se hunde en una espiral de miseria, alcoholismo y violencia, Andrea descubre que su pasado esconde un secreto mucho más grande que cualquier traición conyugal: la verdad sobre sus orígenes, una familia biológica que la creyó muerta durante cuarenta y cinco años, y un hombre que la ha amado en silencio desde que eran niños.
Entre la justicia y la compasión, entre el rencor y la posibilidad de volver a amar, Andrea deberá decidir qué clase de mujer quiere ser cuando los escombros se asienten.
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07
—¿Me estás traicionando? —insistió Andrea.
—¡Claro que no! —respondió Rodrigo, nervioso.
Andrea avanzó un paso y Rodrigo retrocedió. El corazón le golpeaba como si fuera a salírsele del pecho ante la fuerza intimidante que irradiaban los ojos de su esposa.
Andrea se detuvo cuando la espalda de Rodrigo chocó contra la estantería. Sus rostros quedaron a escasos centímetros. Lo miró fijo, leyendo cada tic, cada gesto de pánico que le cruzaba la cara.
—Ten mucho cuidado, Rodrigo. Si llego a descubrir que cometiste ese error... —susurró despacio, con un peso que aplastaba cada palabra. Le sostuvo la mirada como una daga clavada.
—Recuerda una cosa: si fui capaz de acompañarte desde cero, también soy capaz de devolverte a cero.
Rodrigo tragó saliva. La amenaza sonaba terriblemente real.
—¡Por supuesto que no, cariño! —Se obligó a sonreír—. Tú sabes que te amo de verdad. ¿Cómo iba a atreverme a traicionarte? Eres todo para mí, amor. No pienses cosas que no son.
Andrea asintió apenas, sin que su expresión se ablandara ni un milímetro, y le dio la espalda para volver a sentarse en su escritorio.
—Sal. Estoy trabajando. Y recuerda: duermes en el cuarto de huéspedes.
Rodrigo obedeció con un gesto sumiso, aunque por dentro la rabia le ardía.
—S-sí, cariño. Descansa pronto, no te agotes demasiado —balbuceó, y se dio la vuelta arrastrando los pasos fuera del estudio con los puños cerrados.
En cuanto la puerta se cerró, la máscara de Rodrigo se desintegró. La sonrisa falsa y el miedo fingido desaparecieron de golpe, reemplazados por un rostro congestionado de furia.
—¡MALDITA SEA! —escupió, descargando un puñetazo contra la pared del pasillo.
—¿Cómo se atreve a amenazarme? ¿Devolverme a cero? ¡Ja! ¡Ni en sueños! —rugió con la respiración desbocada.
La humillación y la rabia se fundieron en un solo amasijo. Su orgullo de esposo y de líder empresarial acababa de ser pisoteado.
—Espera nada más, mujer arrogante. ¿Crees que eres muy poderosa? Ya vas a ver quién manda de verdad. Y te aseguro que serás tú la que termine en la ruina, suplicándome de rodillas.
*
A la mañana siguiente, la oficina del Grupo RA transcurría con normalidad aparente. Andrea estaba en su silla revisando reportes financieros cuando el celular vibró sobre el escritorio. En la pantalla: Jessica.
—¿Hola, Jess?
—¡Andrea! ¿Ya viste las redes sociales? —La voz de Jessica sonaba aguda, al borde de la histeria—. ¡Esa mujer... Sofía! ¡Publicó fotos de ella con Rodrigo, toda melosa!
Andrea frunció el ceño apenas.
—¿Ah, sí? ¿Qué publicaron?
—¡Revísalo ahora mismo! ¡Te etiquetó en la publicación! ¡Parece que te está provocando a propósito! —exclamó Jessica.
—De acuerdo, voy a verlo. Gracias por avisarme —respondió Andrea, y colgó.
Con movimientos pausados, abrió la aplicación de redes sociales. Efectivamente, había una notificación nueva. La abrió: una foto nítida de Rodrigo abrazando a Sofía por los hombros con gesto íntimo, acompañada de un pie de foto empalagoso que los presentaba como una pareja legítima. Y en medio de los dos, un niño de unos cuatro años.
La mujer curtida en mil batallas empresariales no se inmutó. Se reclinó en su sillón con desenvoltura. Sus labios, pintados de rojo intenso, se curvaron en una sonrisa amenazante.
—Qué idiota... —masculló con una risa breve—. ¿Se le olvida que Rodrigo es una figura pública? Todo lo que hagan va a quedar expuesto ante el país entero.
Clavó la mirada en la pantalla del celular.
—Muy bien... Ya que parece que están cansados de esconderse, voy a ayudarlos a salir a la luz —dijo en voz baja, con cada sílaba cargada de intención—. Considérenlo un pequeño regalo de mi parte.
Abrió la aplicación de mensajería y contactó a un viejo conocido, experto en medios y el mayor operador de cuentas virales de la ciudad.
—Hola, Braulio. Necesito un favor —fue directo al grano—. Investiga la cuenta de una mujer llamada Sofía. Haz que esa publicación llegue a cada rincón de las redes. Que sea la noticia del día. Y prepara miles de cuentas para comentar que es la amante del empresario Rodrigo Villareal.
—Hecho, querida. Tranquila. En unos minutos vas a ver los resultados —respondió la voz al otro lado.
En cuanto colgó, Andrea descargó un golpe contra su escritorio que retumbó en la habitación.
—¿Una simple amante atreviéndose a retarme? —rugió, desbordada de emoción—. Luché media vida para construir mi camino. Sin mi permiso, nadie pone un pie en él.
—Ya es hora de darle una lección a Rodrigo Villareal...
En cuestión de minutos, las redes sociales estallaron. La publicación que apenas había tenido un puñado de vistas se convirtió en el tema más comentado del día. Todo el mundo hablaba del escándalo. Los rostros de Rodrigo y Sofía aparecían en todas partes. Una lluvia de comentarios feroces inundó sus cuentas, denunciando su falta de moral.
En su despacho, Rodrigo se quedó lívido cuando Darío le informó de lo que estaba ocurriendo.
—Sofía... —gruñó entre dientes—. ¡Idiota! ¡Le dije mil veces que no hiciera estupideces!
—Ordena al equipo de sistemas que limpie esto de inmediato. ¡Que Andrea no lo vea! —le ladró a Darío.
—Sí, señor.
Pero antes de que Darío pudiera salir del despacho...
La puerta se abrió de un golpe brutal.
—¿Qué es lo que yo no debo saber?
Andrea entró con el rostro encendido, visiblemente furiosa, como la esposa más herida y desprevenida del mundo.
El pánico de Rodrigo, que ya era considerable, se multiplicó.
—Cariño... ¿qué pasa? ¿Por qué estás enojada? —preguntó, fingiendo ignorancia.
—¿Esto es lo que yo no debo saber? —Andrea le arrojó el celular con fuerza. El aparato impactó de lleno en el pecho de Rodrigo, arrancándole un quejido.
—¡Anoche me juraste que no me traicionabas! ¡¿Y resulta que esto?! —gritó con el rostro bañado en lágrimas, la voz lo bastante alta como para que se oyera fuera del despacho, porque había dejado la puerta abierta a propósito.
Al principio, Rodrigo se aferró a negar todo con desesperación: que era un montaje, una difamación, una edición malintencionada. Pero ante la evidencia aplastante y la situación desbordada, acabó soltando la máscara.
—¡Ya basta! ¡Suficiente! —bramó poniéndose de pie y golpeando la mesa—. ¡Sí! ¡Soy yo! ¡Estoy con ella! ¿Y qué?
Andrea abrió los ojos de par en par, sin esperarse que lo admitiera con tanta ligereza.
—¿Lo estás... confesando? —preguntó con la voz estrangulada.
Rodrigo esbozó una sonrisa cínica. Si ya no tenía sentido mentir, ¿para qué seguir? Al fin y al cabo, la empresa era enorme. Aunque Andrea se desentendiera, él no iba a pasarla mal; tenía socios de sobra, nacionales e internacionales.
—Ya que lo sabes, ¿qué sentido tiene seguir ocultándolo? ¡Sofía es mil veces mejor que tú! Es joven, fresca, y sabe cómo valorar a un hombre. No como tú, que ya estás vieja y ni siquiera puedes dar hijos —le escupió a la cara.
La bofetada resonó como un latigazo. La cabeza de Rodrigo giró hacia un lado. Se le enrojeció la mejilla, no tanto por el dolor como por la conmoción y la ira que le explotaron dentro.
—¿Te atreves a pegarme? —rugió.
—¿Y por qué no? ¡Eres un hombre sin el menor escrúpulo! —le devolvió Andrea con igual fiereza.
Rodrigo se frotó la mejilla mientras soltaba una carcajada amarga. Se acercó a ella con gesto altanero.
—Aterriza, Andrea. Ya estás vieja. Ningún otro hombre te va a querer. Así que mejor acepta a Sofía. Sus hijos pueden ser tus hijos también. Los tres podemos vivir juntos, ¿no te parece?
—¿Eso crees? —Andrea le dedicó una sonrisa helada. Las lágrimas fingidas ya habían desaparecido—. Cuando éramos pobres, fuiste tú quien me pidió que postergáramos tener hijos. Tú dijiste que nos enfocáramos primero en el negocio.
—¿Y ahora? Ahora que triunfamos, vas y tienes hijos con otra mujer. Y encima tu amante está embarazada de nuevo.
Lo miró con una frialdad mortal.
—¿Crees que voy a dejar que esa mujerzuela y sus bastardos disfruten de lo que me costó sangre y sudor? NI EN SUEÑOS.