Traicionada por su novio. Angie toma una decisión desesperada para vengarse pactar con el hombre más peligroso de la alta sociedad, Leonardo Torres, el imponente y calculador tío de su ex.
Lo que inicia como una tregua fría y un matrimonio por contrato de un año para proteger sus activos y estabilizar la corporación, rápidamente se sale de control. Entre miradas cargadas de tensión en la sala de juntas y roces que encienden una química devoradora a puerta cerrada, Angie descubre que Leonardo no es el tiburón despiadado que todos temen, sino un hombre dispuesto a todo por protegerla. Mientras Sebastián y sus aliados intentan destruirlos filtrando secretos del acuerdo, la falsa unión se transforma en un juego de posesión, poder y deseo donde ninguno de los dos quiere volver a ser libre.
NovelToon tiene autorización de Kiary Valverde para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
2
Angie Rojas
El silencio que siguió a la pregunta de Leonardo fue denso, casi asfixiante. La imponente figura del CEO llenaba la estancia por completo, eclipsando la prepotencia de mi padre y la constante frialdad de mi hermanastra.
Mi padre, Luis Rojas, fue el primero en reaccionar. Su postura altiva se desmoronó por un segundo, reemplazada por una mezcla de sorpresa y cautela implícita. Trató de articular una sonrisa diplomática mientras se ponía de pie para estrechar la mano de Leonardo.
—Leonardo... No sabíamos que estabas en la propiedad. Qué grata sorpresa —dijo mi padre, midiendo cada palabra con precisión—. Estábamos discutiendo algunos asuntos familiares... y compromisos futuros.
Leonardo no correspondió al gesto de la mano inmediatamente. Mantuvo los dedos metidos en los bolsillos del pantalón, paseando su mirada oscura desde mi padre hasta Irina, cuya palidez en ese momento era casi transparente. Finalmente, su atención volvió a posarse sobre mí. Su rostro no revelaba emoción alguna, una máscara impenetrable que había perfeccionado durante años en el mundo corporativo.
—Me pareció escuchar que mi nombre estaba sobre la mesa —habló Leonardo con una voz pausada, grave y cargada de una autoridad natural que no necesitaba elevar el tono para imponerse—. Y, si no escuché mal, mi supuesta relación con Angie es el motivo por el cual la alianza con mi sobrino no es viable.
Irina apretó los puños, apretando los dientes con rabia contenida.
—Leonardo... digo, Señor Torres —intervino Irina, intentando que su voz no temblara—. Angie solo está tratando de evitar el acuerdo. Ella y Sebastián tienen un pasado y...
—Sé perfectamente qué clase de pasado tienen Angie y Sebastián —la interrumpió Leonardo limpiamente, sin siquiera mirarla. Su tono helado cortó la intervención de mi hermana como una cuchilla.
Sostuve el aire en mis pulmones. Sabía que estaba caminando sobre un hilo extremadamente delgado. Si Leonardo me desmentía en este instante, no solo quedaría expuesta frente a mi familia, sino que perdería el único escudo que tenía para frenar la boda con Sebastián.
Leonardo dio dos pasos hacia adelante, deteniéndose justo a mi lado. Su cercanía trajo consigo ese sutil aroma a madera y cuero que lo caracterizaba. Ladeó levemente la cabeza y fijó sus ojos negros en mi padre.
—Luis, Angie está bajo mi protección personal y profesional —declaró con una frialdad matemática—. Si tiene un compromiso que atender, será conmigo. Sugiero que retiren el nombre de mi sobrino de cualquier plan que involucre a mi asistente. Sebastián no tiene la capacidad ni la madurez para manejar los asuntos que Angie y yo llevamos entre manos.
Mi padre parpadeó, desconcertado por la contundencia de las palabras de Leonardo, pero incapaz de rebatir al hombre que controlaba más de la mitad de las acciones del conglomerado Torres.
—Entiendo... Si las cosas están en esos términos, tendremos que reconsiderarlo —asintió mi padre, tragándose su orgullo.
—Nos retiramos —dijo Leonardo, sujetándome del codo con un agarre firme pero controlado que no admitía objeción—. Angie tiene trabajo pendiente.
Caminamos en silencio por el pasillo principal hasta salir de la mansión. Sentía la mirada asesina de Irina clavada en mi espalda, pero no me importó. Había logrado detener el matrimonio, aunque el costo estaba a punto de cobrarse.
Subimos al asiento trasero de su sedán negro. Apenas la puerta se cerró y el cristal insonorizado nos aisló del exterior, la atmósfera dentro del vehículo se volvió opresiva. El chofer inició el marcha en absoluto silencio, sabiendo perfectamente cuándo no debía intervenir.
Leonardo se quitó el saco del traje de tres piezas con un movimiento pausado, lo dejó a un lado y se aflojó el nudo de la corbata. Luego, se giró hacia mí. La frialdad profesional que había mostrado en la sala había desaparecido; en su lugar, había una tormenta contenida.
—¿Te volviste loca? —preguntó en un susurro peligroso, acercándose apenas unos centímetros a mi rostro.
—No me quedaba otra opción, Leonardo —respondí, intentando mantener la voz firme, aunque el corazón me martilleaba el pecho.
—¿Usar mi nombre? ¿Inventar que mantienes una relación conmigo frente a tu padre? —soltó una risa seca, desprovista de cualquier humor—. Me usaste como tu escudo personal después de que expresamente te prohibí meterte en un juego que no sabes controlar.
—¡Me iban a obligar a casarme con Sebastián! —exclamé, mirándolo directamente a los ojos, dejando salir la frustración que llevaba guardada desde la universidad—. Prefería tragarme mi orgullo y usar tu nombre antes que entregarle mi vida al tipo que destruyó mi dignidad por una apuesta. Sabías lo que estaban planeando tu sobrino y mi hermana, y aún así esperabas que me quedara de brazos cruzados.
Leonardo se quedó en silencio, observando la determinación ardiendo en mis ojos. No se alejó; al contrario, apoyó un brazo en el respaldo de mi asiento, acorralándome sutilmente en mi espacio.
—Te contraté como mi asistente privada para darte una salida, Angie. Te enseñé cómo funciona el poder real para que no tuvieras que rebajarte a tretas baratas —dijo, bajando la voz hasta convertirla en una advertencia grave—. Pero hoy cruzaste una línea. No solo me arrastraste a tu conflicto, sino que le diste a la prensa y a la junta directiva un motivo para poner la lupa sobre nosotros.
—Puedo desmentirlo en unos días si es necesario... —murmuré, sintiendo por primera vez el peso real de lo que había hecho.
—No vas a desmentir nada —sentenció Leonardo con frialdad implacable.
Lo miré con sorpresa, parpadeando.
—¿Qué?
—Si lo desmientes ahora, tu padre volverá a fijar la fecha del matrimonio con Sebastián en menos de veinticuatro horas y tú quedarás como una mentirosa desesperada —explicó, cruzándose de brazos y recostándose contra su asiento—. Querías jugar a ser mi pareja frente a tu familia. Bien. Ahora asumirás las consecuencias de esa mentira.
—Leonardo, no entiendo...
—A partir de hoy, vas a sostener la mentira no solo frente a tu padre, sino frente a toda la ciudad hasta que yo decida cuál es la forma más limpia de cerrar este acuerdo —me miró con una intensidad que me hizo estremecer—. Querías usarme para vengarte, Angie. Felicidades. Ahora estás atrapada en mi juego, no en el tuyo.
El vehículo se detuvo frente a la torre corporativa. Leonardo me dedicó una última mirada cargada de un dominio absoluto antes de abrir la puerta.
Sabía que la venganza tenía un precio, pero al ver la sonrisa helada de Leonardo mientras me esperaba para bajar del auto, comprendí que acabo de cambiar un tirano por un amo de verdad.