Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
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EL RETORNO A LAS CADENAS Y LA SOMBRA DEL ENGAÑO
El pitido constante del monitor fetal fue la única banda sonora que acompañó a Anastasia durante sus últimos momentos en la habitación del hospital. Cuando la alta médica finalmente fue firmada, la fragilidad de su estado era evidente: pálida, con profundas ojeras marcando sus ojos miel y sosteniéndose la parte baja del vientre con extremo cuidado por las punzadas del hematoma. Carmen la ayudó a vestirse con una lentitud casi sagrada, ajustándole el abrigo largo para protegerla del viento helado que entraba por el ventanal.
—Ya está todo listo, amiga. Mi apartamento ya está preparado, te acomodé la cama con las almohadas altas para que descanses la espalda —dijo Carmen con una sonrisa tibia, tomando la pequeña maleta que había armado a toda prisa el día anterior.
—Gracias, Carmen... No sé qué habría sido de mi bebé y de mí sin ti estos días —murmuró Anastasia con la voz apagada, apretándole la mano a su amiga.
—No tienes nada que agradecer. Ahora lo único que importa es que no vuelvas a poner un pie cerca de Patricio ni de su madre. Esos dos son unos monstruos.
Sin embargo, cuando ambas cruzaron las puertas de cristal de la salida del hospital, una figura alta y de abrigo oscuro aguardaba junto a la acera. Patricio Zapata estaba allí de pie, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, el rostro demacrado y una expresión ensayada de dolor y culpabilidad. Al verlas salir, caminó a paso apresurado hacia ellas.
Carmen se interpuso de inmediato, poniéndose frente a Anastasia con los puños cerrados.
—¿Qué haces aquí, miserable? ¡Ni se te ocurra dar un paso más o llamó a la policía ahora mismo! —gritó Carmen con la voz vibrando de indignación.
Patricio ignoró a Carmen por completo y fijó sus ojos claros en Anastasia, modulando un tono suave, casi suplicante, muy distante del monstruo que la había empujado días atrás.
—Anastasia, por favor... déjame hablar contigo un momento. Te lo suplico —dijo Patricio, dando un paso lateral para intentar acercarse a su esposa—. No he podido dormir en dos días pensando en lo que pasó.
—¡Tuviste dos días para venir a saber si tu esposa y el bebé estaban vivos, maldito descarado! —espetó Carmen furiosa, empujándolo del pecho para mantener la distancia—. ¡Lárgate!
—¡Cállate, Carmen, esto es entre mi mujer y yo! —gritó Patricio por un segundo, perdiendo el control, pero volviendo rápidamente a su fachada arrepentida al mirar a Anastasia—. Mi amor, te juro que no quise hacerte daño. Perdí la cabeza por la discusión con mi mamá, estaba alterado y cometí un error imperdonable. Cuando la puerta se cerró y me di cuenta de lo que hice, me quería morir.
Anastasia, débil y temblando de frío, lo miró fijamente desde detrás de Carmen. El dolor físico aún le recordaba la violencia del impacto contra la mesa de centro.
—Me dejaste tirada en el suelo, Patricio... Le rogaba a Dios que mi bebé no se muriera mientras tú te ibas con tu madre —dijo Anastasia, y una lágrima helada rodó por su mejilla.
—Lo sé, lo sé y me odio por eso —contestó Patricio, llevándose las manos a la cabeza en un gesto dramático, mientras se acercaba despacio y se arrodillaba en la acera frente a ella, importándole poco la gente que pasaba por el lugar—. Anastasia, te juro por la memoria de mi padre que nunca más en la vida te voy a poner una mano encima ni voy a alzar la voz. Mi mamá se alteró, no sabía lo grave que era... Por favor, regresa a casa conmigo. Vamos a empezar de cero, yo voy a cuidar de ti y de este niño como si fuera mi propia sangre.
—¡Anastasia, no le creas una sola palabra! —intervino Carmen desesperada, tomándola del brazo—. Está manipulándote. Si vuelves con él, te va a volver a hacer lo mismo o algo peor.
Patricio miró a Anastasia a los ojos, utilizando la carta que sabía perfectamente que quebraría la última resistencia de la joven traumatizada:
—Anastasia... piénsalo. ¿A dónde vas a ir? ¿Vas a andar rodando de casa en casa como una madre soltera y desamparada? Tu familia no está aquí, me dijiste que no quieres saber nada de tus padres. ¿Qué le vas a ofrecer a este niño al nacer? Necesitan un hogar estructurado, una familia. Yo soy tu esposo ante la ley. Te prometo que todo va a cambiar, te lo juro por Dios.
El peso de la soledad, el trauma de la agresión sufrida meses atrás en la oscuridad y el terror absoluto a fallarle a la criatura que llevaba en el vientre paralizaron el juicio de Anastasia. A sus veintitrés años, oculta bajo una identidad falsa y sintiéndose incapaz de regresar derrotada ante el imperio de sus padres, los Valenzuela, vio en las falsas promesas de Patricio la única tabla de salvación para la reputación de su hijo.
—Patricio... si volvemos, tu mamá tiene que entender que este es mi hogar y que el bebé es mi prioridad —murmuró Anastasia con la voz totalmente quebrada, cediendo ante el cansancio.
—¡Anastasia, no! ¡Por favor, no hagas esta locura! —suplicó Carmen, tomándola por las manos con lágrimas en los ojos—. ¡Acompáñame a mi departamento, no te entregues de nuevo a este hombre!
—Carmen... gracias por todo, de verdad, pero él es mi esposo. Tengo que intentar que esto funcione por el bien de mi hijo. No puedo criar a este bebé sola y sin un rumbo fijo —respondió Anastasia, bajando la mirada para no ver la decepción en los ojos de su mejor amiga.
—Te vas a arrepentir, Anastasia... —susurró Carmen, soltándole las manos con el corazón destrozado—. Pero que te quede claro una cosa: si este tipo te vuelve a hacer algo, no me va a importar nada y voy a ir a sacarte de ahí a como dé lugar.
Patricio se puso de pie de inmediato, dibujando una sonrisa casi imperceptible de victoria en el rostro. Tomó el equipaje de Anastasia y le ofreció el brazo con una caballerosidad fingida.
—Vámonos a casa, mi amor. Vas a descansar y yo me voy a encargar de todo.
El regreso al apartamento fue el inicio de una calma tensa y venenosa. Durante las semanas siguientes, Patricio mantuvo una actitud servicial y tranquila frente a Anastasia, ayudándola a levantarse y sirviéndole la comida. Petra, instruida por su hijo para no arruinar la jugada, se limitaba a lanzar miradas de desprecio en silencio y a realizar comentarios mordaces entre dientes cada vez que Anastasia no la escuchaba directamente.
Sin embargo, en las sombras de la noche, el apartamento seguía siendo una prisión de pesadillas. Anastasia dormía sola en la habitación principal, atormentada por las visiones de la agresión original en la calle oscura y el rostro invisible del hombre de cabello rubio rizado que le pedía perdón en sus sueños. Mientras tanto, en la otra habitación, Patricio expresaba su verdadera naturaleza a espaldas de su esposa.
Una noche, mientras Anastasia descansaba tras una larga jornada de reposo, Patricio y su madre conversaban en voz baja en la cocina.
—Hijo, sigo sin entender por qué te humillaste arrodillándote en la calle por esa aparecida —murmuró Petra, sirviendo un vaso de agua con cara de pocos amigos—. Esa muchacha no te respeta y su amiga casi te hace meter preso.
Patricio dejó escapar una risa fría y amarga mientras bebía un sorbo de café.
—Mamá, aprende a jugar las cartas. Anastasia no es cualquier muerta de hambre. Es una eminencia en la universidad, tiene las mejores notas de la promoción en comercio internacional y diseño. ¿Tú crees que yo soy tonto? Cuando nos graduemos, sus contactos y sus calificaciones nos van a abrir las puertas en las mejores empresas. Yo me voy a colgar de su éxito. Además, es tan ingenua que piensa que me importa su bastardo. Dejemos que tenga al niño tranquila; mientras ella crea que soy el héroe que la salvó, la voy a tener donde yo quiera.
—Eso espero, Patricio —contestó Petra con malicia—. Porque no voy a aguantar mucho tiempo teniéndole consideraciones a esa niña consentida en esta casa.
—Tranquila, mamá. Cuando el niño nazca y ya tengamos el trabajo asegurado, las cosas van a volver a ser como a mí me gustan. Aquí la que manda soy yo, pero hay que saber esperar el momento adecuado.
A través de las paredes en penumbra, ajena a la trampa calculada que su esposo tejió a su alrededor, Anastasia acariciaba su vientre en la oscuridad de su cama, sintiendo las pataditas del bebé y rogando en silencio que el nacimiento de su hijo fuera el fin de su tormento, sin saber que la verdadera pesadilla apenas estaba por comenzar.