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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:113
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3

El médico que no era médico

Dos días después, Camila seguía sin poder sentarse del todo bien.

La molestia no cedía, y a la vergüenza se le había sumado un miedo nuevo y más concreto: ¿y si algo andaba mal? ¿Y si aquel hombre le había dejado algo más que un mal recuerdo? No conocía su nombre, no podía preguntarle nada, no tenía a quién contarle. Así que hizo lo único sensato que se le ocurrió. Pidió cita con una médica.

Con una mujer, específicamente. La idea de que un hombre la revisara, después de todo, le resultaba insoportable.

El Hospital San Ángel no era un lugar al que ella fuera nunca. Lo suyo era la clínica del IMSS, las filas de tres horas, las sillas de plástico pegadas unas a otras. Aquello, en cambio, parecía un hotel: pisos de mármol, plantas cuidadas, un aroma discreto a flores y desinfectante, gente que entraba y salía como si el dinero no fuera un problema, recepcionistas que sonreían de verdad. Le había costado dos días de sueldo apartar esa consulta, y aun así lo pagó sin pensarlo, porque el miedo pesaba más que el gasto.

Se paró en la entrada con su blusa más decente y la tarjeta de la cita apretada en la mano. Preguntó dos veces por el consultorio de ginecología antes de animarse a subir. Le habían asignado a una doctora con fama en toda la ciudad, una eminencia, según la muchacha del mostrador; había tenido suerte de que se abriera un espacio de última hora. Una mujer con experiencia, pensó Camila mientras subía en el elevador. Una mujer no la haría sentir peor de lo que ya se sentía.

Tocó la puerta entreabierta.

—Adelante —dijo una voz de hombre desde el otro lado del biombo.

Camila entró, cerró tras de sí y se quedó de pie, confundida. El consultorio olía a limpio, a papel y a antiséptico. Sobre el escritorio había un expediente abierto y una bata blanca colgada del respaldo. Del otro lado del biombo se movía una silueta alta.

—Tome asiento —dijo la voz—. En un momento la atiendo.

Ella se sentó en el borde de la silla. Se abrió el biombo.

Y el mundo se le fue de debajo de los pies.

Era él.

El hombre del hotel. El de la mandíbula recta y la boca acostumbrada a mandar, ahora con una bata blanca sobre una camisa impecable, un estetoscopio al cuello y una calma de hielo en la cara, como si verla ahí, sentada frente a él, fuera la cosa más natural del universo. Camila se levantó de golpe. La silla chirrió contra el piso.

—Usted… —La voz le salió rota—. Usted no…

—Siéntese, por favor —dijo él, sin alterarse—. Soy el médico que la va a atender hoy. La titular tuvo una urgencia y estoy cubriendo su consulta.

—Usted no es médico. —Camila retrocedió un paso, con la espalda contra la pared—. Usted es… usted…

—¿Nos conocemos? —Alzó una ceja, tan sereno que por un segundo ella dudó de su propia cabeza.

Le sostuvo la mirada. Y no. No dudaba. Reconocería esos ojos aunque viviera cien años. Los había tenido a un palmo de los suyos en la penumbra de aquella cama. Las piernas se le aflojaron, y tuvo que apoyar una mano en el respaldo de la silla para no perder el equilibrio. De todas las ciudades, de todos los hospitales, de todos los consultorios, había ido a caer en el único donde jamás habría querido volver a verlo.

Maximiliano llevaba dos días buscándola sin resultado.

El hotel no tenía su nombre; había subido como invitada de una fiesta, sin registro propio, y la única cámara del pasillo llevaba semanas descompuesta. Rodrigo había revisado la lista del evento y no había dado con ella. Se le había escapado entre los dedos una mujer a la que él, por primera vez en su vida, no quería dejar ir.

Y esa mañana, mientras esperaba a su madre en el pasillo de ginecología, la había visto entrar. Pálida, con una blusa modesta y la cita apretada en el puño, preguntando por un consultorio.

No lo pensó. Le quitó la bata al gancho del despacho de su madre, que había salido a una junta, y se metió tras el biombo antes de que ella llegara. No para asustarla. Para verla de cerca. Para saber, con sus propios ojos, cuánto la había lastimado.

Ahora la tenía enfrente, temblando contra la pared, y algo en el pecho se le tensaba de una manera que no sabía nombrar. Camila Fuentes. En dos días le pondría por fin un nombre a la mujer que se le había metido bajo la piel. No pensaba dejar que volviera a escaparse. Lo que sentía no era el capricho de una noche; era la certeza fría y absoluta, muy propia de él, de que esa mujer era suya y de que iba a hacer lo que hiciera falta para que ella lo entendiera. Pero primero, antes que nada, tenía que saber cuánto la había lastimado. Esa culpa, nueva y punzante, era lo único que en ese momento le importaba de verdad.

—Cálmese —dijo él, y le acercó la silla con dos dedos—. Vino por algo. Ya que está aquí, deje que la revise. Nadie tiene por qué enterarse.

Fue la palabra “revise” la que le heló la sangre y, al mismo tiempo, la clavó en el sitio. Había ido justamente por eso. Y la sola idea de salir corriendo y volver a empezar el trámite, con otra cita, otra sala de espera, otra explicación, se le hizo cuesta arriba.

Se sentó. Con las rodillas juntas y las manos apretadas en el regazo.

—Nada más dígame si estoy bien —murmuró—. Y me voy.

—Para eso necesito datos. —Él tomó una pluma y arrastró el expediente hacia sí, con una frialdad profesional tan perfecta que daban ganas de creerle—. Nombre.

Ella dudó.

—Camila. Camila Fuentes.

—Edad.

—Veintitrés.

—¿Casada? ¿Pareja?

—No. —La palabra le raspó—. Ninguna.

La pluma se detuvo un instante sobre el papel. Solo un instante. Cuando él volvió a levantar la vista, había algo distinto en el fondo de sus ojos, una certeza oscura que a Camila le puso la piel de gallina sin entender por qué.

Ninguna pareja. Soltera. Y una molestia de dos días.

Él ya sabía la respuesta. La había sabido esa madrugada, en el temblor de ella, en aquel pequeño sonido de dolor. Pero oírselo decir, ahí, con esa voz pequeña, terminó de encender en él aquello que se había roto la primera noche y no pensaba volver a repararse.

—Recuéstese en la camilla —dijo, y su tono había bajado medio grado, más ronco, menos médico—. Vamos a ver qué tan lastimada está.

—No. —Camila se agarró del borde de la silla—. No hace falta que… Con que me diga qué tomar es suficiente.

—Camila. —Era la primera vez que él decía su nombre, y lo dijo despacio, como probándolo—. La lastimé. Quiero saber cuánto.

El “la lastimé” cayó en el consultorio como una piedra en un pozo. Ninguno de los dos fingió ya que no sabían de qué hablaban. A Camila se le subieron los colores hasta la raíz del pelo; el corazón le golpeaba en la garganta, entre el pánico y algo más, algo caliente y humillante que no se atrevía a mirar de frente.

Se acordó, muy a su pesar, del cuidado con que aquellas mismas manos la habían tocado en la oscuridad, y la vergüenza se le duplicó. Bajó la vista al piso de mármol. Estaba en el consultorio de un hospital carísimo, con una receta pendiente, la renta encima y un desconocido con bata blanca que resultaba ser el hombre al que le había jurado no volver a ver. Nada de aquello tenía sentido, y todo era culpa de ella por no haberse detenido a tiempo.

—Fue un accidente —dijo ella, con un hilo de voz—. Los dos… los dos tomamos de más. Ya está. No le debo nada y usted no me debe nada.

—Yo no tomé. —Él rodeó el escritorio y se acercó, alto, tranquilo, imposible de esquivar en aquel cuarto pequeño—. Y no fue un accidente que yo piense dejar así.

Estaba a un paso. Camila podía oler el mismo jabón limpio de aquella madrugada, y el recuerdo del cuerpo le respondió antes que la cabeza, traicionero. Cerró los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. No iba a temblar. No delante de él.

—No se me acerque —dijo, levantando la barbilla—. No lo conozco. No sé ni cómo se llama. Y en cuanto me dé la receta, no me va a volver a ver.

Algo cruzó por la cara de él. No fue enojo. Fue casi una sonrisa.

—Eso lo vamos a discutir.

Levantó una mano hacia ella, sin llegar a tocarla, dándole todo el espacio para apartarse. Y Camila, con la espalda contra la camilla y las piernas de trapo, no se apartó.

En ese instante la puerta del consultorio se abrió de par en par, sin tocar, con la autoridad de quien entra a un lugar que es suyo.

—¡Maximiliano! —La voz de mujer restalló como un látigo—. ¿Qué demonios haces con mi bata, en mi consultorio y con una paciente? ¡Tú no eres médico!

Camila giró la cabeza.

En la puerta, con una bata blanca idéntica a la que él llevaba puesta y los ojos abriéndose de golpe, estaba la verdadera titular del consultorio, la médica de fama que ella había ido a buscar. Miraba al hombre con una furia que solo podía significar una cosa.

Lo miraba como una madre mira a un hijo.

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