Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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El eco de una súplica
Verlo alejarse por la arena era como ver una llama encendida caminar directamente hacia un huracán. Él no lo sabía, pero yo sí. Yo recordaba el frío de la finca.
Cerré los ojos y el salitre del muelle fue reemplazado por el olor a tierra seca y el silencio sepulcral de la casa de sus abuelos. Ese lugar donde la poderosa familia de Brayan terminó refugiada, en la ruina, convertida en presa de aquellos que antes les temían. Todo por mi silencio. Todo porque mis "secretos militares" les cortaron las alas y los dejaron a merced de la aniquilación.
Recordé el rechazo. Cada vez que intenté acercarme a él en aquella finca, buscando desesperadamente reparar lo irreparable, Brayan me miraba como si fuera un espectro. Me ignoraba, me dejaba solo en las habitaciones vacías, haciendo como si yo no existiera. Pero su cuerpo... su cuerpo de Enigma no podía mentir. Necesitaba mi aroma, necesitaba el vínculo que nos unía, pero su alma lo repudiaba con tanta fuerza que su organismo empezó a devorarse a sí mismo.
—Rómpelo, Keile... —el susurro de su voz moribunda me golpeó de nuevo.
Lo vi en mi mente, desplomado en aquella cena final, con los ojos hundidos y la piel pálida. Recordé cómo abrió los ojos una última vez, no para perdonarme, sino para suplicarme que lo liberara de la atadura que lo estaba matando. "Nuestro vínculo no es tan fuerte, rómpelo... quiero morir libre". Esas palabras fueron el clavo final en mi ataúd.
Y no solo era él. Recordé la mirada de su padre. Ese hombre, el patriarca de la red más peligrosa, me había mirado con una decepción que dolía más que un disparo; él había confiado en que yo, el Alfa, salvaría a su hijo. Recordé las lágrimas de Mia, la pequeña hermana de Brayan, y la tristeza infinita en los ojos de Dante. Recordé el silencio roto de su madre.
Pero sobre todo, recordé al hermano mayor de Brayan. Recordé cuando me puso el arma en la frente y, tras unos segundos que parecieron siglos, la bajó con una sonrisa amarga. "No voy a matarte, Keile. Vivir con la tortura de saber que lo mataste tú es un castigo mucho mejor".
Tenía razón. Había sido una tortura
—No volverá a pasar —murmuré, apretando los puños hasta que los nudillos me dolieron—. No voy a decepcionar al hombre que confió en mí para cuidar de su hijo. No voy a ver a Mia llorar. No voy a dejar que Dante cargue con la ruina.
Miré hacia la carretera por donde el coche de Brayan acababa de desaparecer. El orgullo de ese Enigma lo hacía sentirse invencible ahora mismo, pero yo sabía que su punto débil era ese corazón que amaba con demasiada intensidad.
Esta vez, no solo protegería su vida, sino su sonrisa. No permitiría que el destino los llevara a esa finca. No permitiría que Brayan volviera a mirarme con ese odio frío. Si para salvarlos tenía que quemar mi propio mundo, lo haría. El Alfa ya no servía a una bandera; el Alfa servía a la redención.