Reencarné dentro de la novela que más amaba, pero no como la heroína. Soy la hija del duque más temido y odiado del imperio — un personaje que ni siquiera debería existir. No conozco mi final, pero sí sé una cosa: protegeré a mi familia aunque el mundo entero se ponga en mi contra.
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Primeros Pasos
Mi padre viene a verme todos los días aunque esté muy ocupado.
Ayer tuvo unas ojeras enormes.
No quiero que tenga esas ojeras en su hermoso rostro. Es un desperdicio criminal.
Nazaria estaba de pie en el centro de su habitación, practicando el equilibrio con la concentración absoluta de alguien que está aprendiendo a caminar por segunda vez en su vida, cosa que resultaba considerablemente más frustrante de lo esperado cuando el cuerpo en cuestión tenía varios meses de existencia y una coordinación que dejaba mucho que desear.
—Señorita, juegue tranquila. Vengo en unos momentos, voy a traerle los juguetes que el duque le mandó —dijo Crista desde la puerta.
¡Qué bien que se fue! Ahora puedo practicar sin público.
En cuanto escuchó que los pasos se alejaban por el pasillo, Nazaria soltó un sonido de alivio y se sentó en la alfombra con determinación. Llevaba semanas aprendiendo a caminar de nuevo. A hablar de nuevo. A controlar un cuerpo que no obedecía exactamente como ella quería.
Era, en una palabra, humillante.
Pero también fascinante. Tenía un cuerpo completamente sano. Una habitación del tamaño de su apartamento anterior. Comida tres veces al día que aparecía como por arte de magia. Y un padre que, aunque tenía la expresión permanente de alguien que está calculando cuántos problemas le va a causar el mundo en las próximas horas, se presentaba sin falta cada mañana.
Fascinante. El hombre más temido del imperio y aquí está, mirándome dormir como si eso fuera parte de su agenda oficial.
Las puertas se abrieron.
Crista entró cargando una colección de peluches, sonajeros — aparentemente hechos de oro, porque su padre no conocía el concepto de moderación — y una pelota.
Siempre exagera.
Algún día vamos a tener que hablar seriamente sobre el presupuesto del ducado.
Nazaria estaba contemplando esta realidad económica con genuina preocupación cuando las puertas volvieron a abrirse y entró el duque Ainsworth, con su habitual expresión de hombre que carga el peso del mundo en los hombros y lo lleva con una elegancia irritante.
—Me llevaré a Nazaria a ver el jardín. Alístenla.
—Sí, Duque Ainsworth.
Crista la cambió con eficiencia experta. Nazaria observó el vestido blanco con cintas y lazos celestes que le pusieron y decidió, con total objetividad, que era adorable y que tenía todo el derecho de sentirse orgullosa.
Jeje. Ahora sonreiré para que quedes más cautivado. Todos dicen que me veo hermosa. ¿Qué piensas?
El duque la miró.
La cargó en brazos sin decir nada y se la llevó.
¿Qué? ¿No me vas a decir nada? ¿Ningún comentario sobre lo adorable que me veo? El nivel de estoicismo de este hombre es alarmante.
Bien. Ya caerás por mí. Es solo cuestión de tiempo.
El jardín era enorme. Repleto de rosas y flores de todos los colores, con fuentes que — cómo no — parecían estar hechas de oro. En una esquina, rodeada de rosas blancas y con la fuente más grande al centro, había una mesa preparada.
Este hombre debería vigilar sus gastos. Si sigue así, vamos a estar en la ruina antes de que empiecen los problemas reales.
El duque la colocó sobre sus rodillas y se quedó mirándola en silencio.
Nazaria lo miró de vuelta.
¿Esto qué es? ¿Una competencia?
—¿Por qué no ríes? —dijo el duque en voz baja, casi para sí mismo—. Los niños lloran o ríen. Tú no haces ninguna de las dos cosas.
Porque tengo el alma de una adulta de veintitantos años, señor. El llanto espontáneo es difícil de forzar.
Nazaria consideró la situación aproximadamente un segundo y medio.
Luego soltó la carcajada más pequeña y más genuinamente adorable que había producido hasta la fecha.
Ha. Eso estuvo bien. Hasta yo me lo creí.
El duque parpadeó.
Y luego, tan brevemente que Nazaria casi creyó haberlo imaginado, las comisuras de sus labios se movieron hacia arriba.
VICTORIA.
Ya te tengo en mis manos, papá. Completamente.
El mayordomo Sheins apareció desde la entrada del jardín con pasos medidos y una expresión de disculpa profesional.
—Disculpe, señor. Acaba de llegar el Marqués Sofeir y lo está esperando.
La pequeña sonrisa desapareció del rostro del duque como si nunca hubiera existido. Se puso de pie, entregó a Nazaria a Crista y empezó a caminar hacia adentro. Antes de doblar la esquina, se detuvo y señaló a un joven caballero que estaba de pie junto a la pared.
—Tú. Quédate con mi hija.
El caballero se inclinó.
Waaa.
Nazaria lo observó con interés creciente. Alto, cabello color negro, ojos negros, piel ligeramente bronceada, expresión seria y un poco intimidante. Joven. Muy joven para alguien que proyectaba esa presencia.
No se me cae la baba. No se me cae la baba. No se me cae la baba.
Se me cae la baba.
Nazaria se limpió discretamente la comisura de la boca.
—Me presento, Lady Nazaria. —El caballero se inclinó formalmente—. Soy el caballero Oweins Kein. Cuidaré de usted por el momento.
Oweins Kein. Está bien. Me lo aprendo.
Nazaria lo miró directamente a los ojos y le dedicó su sonrisa más devastadoramente adorable.
Kein abrió los ojos un milímetro. Luego recuperó su expresión impenetrable de inmediato.
"Todos suelen temerme", pensó el caballero en algún lugar detrás de esa expresión seria. "Ni qué decir de los niños — siempre lloran cuando me ven. Pero ella..."
Nazaria, desde sus brazos de bebé de meses, estaba teniendo pensamientos completamente diferentes.
Ah, está bien ser yo.