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Enamorada De Mi Suegro

Enamorada De Mi Suegro

Status: Terminada
Genre:Casada Con Mi Ex's Familiar / Padre soltero / Romance / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Ayzel descubre que su novio le es infiel después de tres años de relación. Ella quiere destruirlo y para eso utilizará a su suegro, un CEO muy famoso y millonario.

Lo que Ayzel no sabe es que su suegro, desde hace mucho la desea y no le importaría que ella lo use mientras se quede a su lado.

¿Podrán Ayzel llegar a enamorarse perdidamente de su suegro o solo seguirá con el plan original?



Espero que les guste. ¡Síganme para más!

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Capítulo 4: La tormenta perfecta

El coche se detuvo frente a una mansión de estilo moderno en las afueras de Berlín. La propiedad era imponente, rodeada de jardines invernales que, bajo la luz de la luna, parecían sacados de un cuento de hadas oscuro. Ayzel miró a través de la ventana, sintiendo cómo su corazón se aceleraba. No era la primera vez que veía la casa de Alexander; había asistido a algunas fiestas corporativas allí, pero siempre como la novia de Axel, nunca como invitada personal.

—Bienvenida a mi hogar —dijo Alexander, abriéndole la puerta del coche.

Ella tomó su mano para bajar, y el contacto eléctrico de su piel la recorrió como un escalofrío. El guardia de seguridad, un hombre corpulento de aspecto militar, asintió respetuosamente al ver a su jefe. Alexander le devolvió el gesto y guió a Ayzel hacia la entrada principal.

La puerta se abrió revelando un vestíbulo amplio, de techos altos, con una lámpara de cristal que proyectaba destellos de luz sobre las paredes de mármol blanco. Una escalera de caracol llevaba al piso superior, y a la izquierda se veía una sala de estar enorme, con sofás de cuero blanco y una chimenea encendida que crepitaba cálidamente.

—Es hermosa —dijo Ayzel, girando sobre sí misma para absorber cada detalle—. He estado aquí antes, pero nunca me había fijado en los detalles.

—Porque antes venías como invitada, no como… —Alexander dudó—. No como alguien especial.

Ella lo miró, y por un momento, la fachada de venganza que había construido se resquebrajó. Había algo genuino en la forma en que él la miraba, algo que no podía fingir. Pero Ayzel se recolocó la máscara rápidamente. «No puedes flaquear. Esto es parte del plan.»

—¿Me das un tour? —preguntó con una sonrisa coqueta.

—Por supuesto.

Alexander la tomó de la mano y la guió por la casa. Le mostró la biblioteca, con estantes que iban del suelo al techo, llenos de libros de negocios, historia y literatura clásica. La cocina, amplia y moderna, con una isla central de granito negro. El gimnasio privado, equipado con todo lo necesario. Y finalmente, el jardín trasero, cubierto de nieve, con una piscina climatizada que humeaba bajo el frío nocturno.

—Debe ser solitario vivir aquí solo —comentó Ayzel, mientras observaban el jardín desde la puerta de cristal.

—Lo es. Pero ya me he acostumbrado. Axel vivió aquí hasta los veinte años, pero se mudó cuando empezó su relación contigo. Quería independencia, decía. Aunque ahora sé que era para tener libertad para sus aventuras.

Ayzel sintió un pellizco de dolor al recordar, pero lo apartó.

—Bueno, ya no tendrá que preocuparse por eso. Ahora puede hacer lo que quiera sin que nadie lo juzgue.

Alexander se volvió hacia ella, sus ojos oscuros brillando con intensidad.

—¿Y qué es lo que quiero? —preguntó, en un susurro.

Ayzel sostuvo su mirada. El momento era perfecto. Estaban solos, en una casa enorme, bajo la luz tenue de la luna. Podía sentir su aliento, cálido, cerca de su rostro.

—Creo que los dos sabemos lo que queremos —respondió ella, deslizando una mano por su pecho, sintiendo los músculos firmes bajo la tela de la camisa.

Alexander la atrajo hacia sí, y esta vez no pidió permiso. La besó con una pasión contenida, como si hubiera estado esperando ese momento durante años. Ayzel correspondió al beso, enredando sus dedos en su cabello, sintiendo cómo su lengua encontraba la de él en una danza familiar y nueva a la vez.

—Subamos —murmuró él contra sus labios.

Ella asintió, sin palabras.

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El dormitorio principal era tan imponente como el resto de la casa. Una cama enorme, con dosel de madera oscura, ocupaba el centro de la habitación. Las ventanas ofrecían vistas al jardán nevado, y una chimenea encendida calentaba el ambiente.

Alexander la tomó en brazos y la depositó suavemente sobre la cama. Luego se quedó de pie, mirándola, como si contemplara una obra de arte.

—Eres increíblemente hermosa —dijo, con voz ronca—. Pero no es solo eso. Es tu fuego, tu determinación. Nunca he conocido a nadie como tú.

Ayzel se incorporó sobre los codos, desafiante.

—¿Vas a quedarte ahí toda la noche mirándome, o vas a hacer algo al respecto?

Él sonrió, una sonrisa lenta, peligrosa.

—Me gusta que seas directa. —Se desabrochó los botones de la camisa, dejando al descubierto su torso. Era musculoso, definido, con ese toque de madurez que lo hacía aún más atractivo—. Pero también me gusta tomar el control.

Ayzel sintió un escalofrío de anticipación. Estaba acostumbrada a dominar, a tener la sartén por el mango. Pero con Alexander, algo era diferente. Había una autoridad natural en él que la hacía querer rendirse, solo por una noche.

Él se acercó a la cama, lentamente, como un depredador. Se arrodilló sobre el colchón, colocándose sobre ella, enmarcando su cuerpo con los brazos.

—¿Estás segura de esto? —preguntó, con seriedad—. Una vez que crucemos esa línea, no hay vuelta atrás.

—Estoy segura —susurró ella.

Y entonces, él la besó.

Esta vez no hubo suavidad. Fue un beso voraz, hambriento, que le robó el aliento. Las manos de Alexander recorrían su cuerpo con una seguridad que la hacía temblar. Sus dedos encontraron el cierre del vestido y lo bajaron con destreza, dejando al descubierto su piel.

Ayzel gimió, arqueando la espalda. Perdida en la sensación, sintió cómo él la despojaba del vestido, de la ropa interior, hasta que no quedó nada entre ellos.

—Eres perfecta —murmuró él, recorriendo su cuello con besos—. Maldita sea, eres perfecta.

Ella no respondió con palabras. Lo atrajo hacia sí, guiándolo, y cuando finalmente se unieron, un gemido escapó de ambos.

La noche se fundió en una danza de cuerpos y caricias. No hubo prisa, ni timidez. Fueron dos almas que, finalmente, se encontraban después de años de negación. Alexander la amó con una pasión que Ayzel nunca había experimentado. Cada movimiento, cada beso, cada suspiro, parecía diseñado para llevarla al límite y más allá.

Y ella se dejó llevar, olvidando por un instante las razones que la habían llevado hasta allí.

---

Horas después, yacían enredados entre las sábanas, la respiración entrecortada. Ayzel apoyaba la cabeza en el pecho de Alexander, escuchando los latidos de su corazón, fuertes y rítmicos.

—Nunca había sentido algo así —dijo ella, en voz baja.

—Yo tampoco —respondió él, acariciando su cabello—. Y he estado con muchas mujeres, pero ninguna me ha hecho sentir así.

Ella levantó la cabeza para mirarlo.

—¿Te arrepientes?

—¿Arrepentirme? —Él soltó una risa suave—. Es la mejor decisión que he tomado en años. La única de la que no me arrepiento.

Ayzel sonrió, pero en el fondo de su mente, una sombra se cernía. Había logrado su objetivo. Había seducido a Alexander. Pero la sensación de triunfo se mezclaba con algo más, algo que no quería reconocer.

Se incorporó y buscó su teléfono en la mesita de noche. Eran las tres de la madrugada. Tenía varios mensajes sin leer. Uno de ellos, de un número desconocido, incluía una foto.

Era ella y Alexander, besándose en la puerta del restaurante.

El mensaje decía: "El detective de Axel trabaja para mí ahora. Bien jugado, señorita Hudson. Pero no confíes demasiado en tu suegro."

Ayzel sintió un escalofrío. Alguien la estaba vigilando. Alguien sabía lo que estaba haciendo.

—¿Algo malo? —preguntó Alexander, notando su tensión.

Ella borró el mensaje rápidamente y puso el teléfono boca abajo.

—No. Solo spam. —Se volvió hacia él y lo besó suavemente—. ¿Dónde está el baño?

—Al fondo del pasillo. ¿Necesitas algo?

—No, vuelvo en un momento.

Salió de la cama, cubriéndose con una sábana, y caminó hacia el baño. Una vez dentro, cerró la puerta y apoyó las manos en el lavamanos, mirándose al espejo.

Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer despeinada, con los labios hinchados, los ojos brillantes. Pero también vio el miedo.

«¿Quién te envió ese mensaje? ¿Y qué quiere?»

No lo sabía. Pero una cosa era cierta: su juego se había vuelto más peligroso de lo que imaginaba. Y ahora, no solo tenía que enfrentar a Axel, sino a un enemigo desconocido que la observaba desde las sombras.

Cuando regresó a la cama, Alexander dormía. Su respiración era profunda y regular. Ayzel se acostó a su lado, acurrucándose contra él, pero no pudo conciliar el sueño.

Pasó la noche en vela, escuchando el ulular del viento, preguntándose en qué se había metido.

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A la mañana siguiente, Alexander la despertó con un beso en la frente y una bandeja de desayuno.

—Buenos días, durmiente.

Ella sonrió, frotándose los ojos. El aroma del café recién hecho y los croissants calientes llenaba la habitación.

—¿Siempre eres tan atento?

—Solo con las mujeres que valen la pena.

Ayzel tomó la taza de café, agradecida. Pero antes de que pudiera beber, su teléfono sonó. Era una llamada de Axel.

Lo ignoró. Volvió a sonar. Y otra vez.

Finalmente, contestó, con voz fría.

—¿Qué quieres, Axel?

—Tú —respondió él, con una voz quebrada que no le conocía—. Necesito verte. Por favor, Ayzel. Cometí un error. Déjame explicarte.

—No hay nada que explicar. Terminamos.

—Por favor. Solo una vez. Te lo ruego.

Ella dudó. Miró a Alexander, que la observaba en silencio.

—Está bien. Nos vemos en el café de siempre, a las doce. Pero no esperes que cambie de opinión.

Colgó. Alexander la miró, con una ceja levantada.

—¿Vas a verlo?

—Sí. Para cerrar el ciclo. Y para decirle que su padre y yo estamos juntos.

Alexander asintió lentamente.

—Ten cuidado. Conozco a mi hijo. Cuando se siente acorralado, puede ser peligroso.

—No te preocupes. Puedo cuidarme sola.

Ayzel se levantó, buscando su ropa. Pero en su interior, las palabras del mensaje anónimo resonaban en su cabeza.

"Bien jugado, señorita Hudson. Pero no confíes demasiado en tu suegro."

¿Qué significaba eso? ¿Y quién era el misterioso remitente?

No lo sabía, pero estaba decidida a descubrirlo.

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1
Jipsianay Garcia
gracias autora
Aura Prieto MPH
😈
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