Elena busca el orden y la perfección; Julián vive bajo sus propias reglas. Cuando sus caminos se crucen en la academia, descubrirán que el destino tiene un plan completamente diferente para los dos. ¿Podrá el amor romper sus defensas?
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Lazos inesperados
Elena caminó por el pasillo de la Academia San Agustín con la respiración aún un poco agitada, pero manteniendo la frente en alto. Se acomodó la mochila gastada sobre el hombro, sintiendo el peso de los cuadernos cuyos apuntes ahora lucían las marcas del tropiezo con Julián. Aunque el dolor de la humillación seguía latente en su pecho, se negó a derramar una sola lágrima. No les daría el gusto de verla derrotada en su primer día. Ella no había llegado a esa prestigiosa institución para encajar con la élite adinerada; estaba allí para estudiar, destacar y asegurar un futuro para ella y su madre.
Al llegar al salón de clases, el murmullo de los estudiantes disminuyó levemente. Elena buscó un asiento libre y eligió uno cerca de la ventana, un lugar apartado que le permitiera concentrarse en las lecciones sin llamar la atención. Sacó su cuaderno maltratado, alisó con la palma de su mano la hoja que Julián había pisado y trató de concentrarse.
A los pocos minutos, el profesor de Metodología de la Investigación entró al aula. Era un hombre mayor, de aspecto estricto y gafas cuadradas, que de inmediato impuso silencio en el salón.
—Buenos días a todos —dijo el profesor, acomodando unos densos folletos sobre el escritorio—. Bienvenidos al nuevo año escolar. En esta materia no perderemos el tiempo. Desde hoy daremos inicio al proyecto de investigación principal, un trabajo que representará la mitad de su nota final y que requerirá un esfuerzo absoluto. Debido a la complejidad del tema, este proyecto se realizará estrictamente en parejas.
Un murmullo generalizado recorrió el salón.
Elena suspiró aliviada para sus adentros; al no conocer a nadie, esperaba que el profesor asignara los equipos al azar o que pudiera trabajar con algún otro estudiante concentrado. Sin embargo, antes de que pudiera pensar en una estrategia, la puerta del aula se abrió de golpe.
Julián de la Vega entró con su habitual paso despreocupado, la chaqueta de cuero colgada con ligereza en un hombro y esa sonrisa de suficiencia que a Elena tanto le irritaba.
—Disculpe el retraso, profesor. El tráfico de la ciudad estuvo insoportable —explicó Julián, sin mostrar un ápice de verdadera vergüenza.
El profesor lo miró con severidad por encima de sus gafas, pero terminó señalando los asientos del fondo.
—Que no se repita, De la Vega. Precisamente estaba por anunciar las parejas para el proyecto de investigación. Y ya que acaba de llegar, resolveré el último equipo.
El docente tomó su lista digital, deslizó el dedo por la pantalla y luego miró fijamente hacia la ventana donde se encontraba Elena.
—Señorita Ramírez, usted trabajará con el señor De la Vega. Confío en que su excelente récord académico sea el impulso que su compañero necesita para tomarse esta materia en serio.
El corazón de Elena dio un vuelco, pero esta vez no de timidez, sino de pura frustración. Volteó la cabeza lentamente y se encontró con la mirada de Julián. Él también la observaba, y por un breve segundo, la sorpresa cruzó sus ojos oscuros, desarmando su expresión arrogante. Sin embargo, tardó muy poco en recuperar su postura. Le dedicó una sonrisa de medio lado, una mirada cargada de intriga y un ligero asentimiento con la cabeza, como si estuviera aceptando un desafío.
Elena apretó el bolígrafo entre sus dedos.
Trabajar con el chico que acababa de pisotear sus apuntes e imponerle su arrogancia iba a ser una prueba de fuego para su paciencia. Pero no se iba a rendir. Si Julián pensaba que la iba a intimidar o que ella haría todo el trabajo sola mientras él se burlaba, estaba muy equivocado. El umbral de la humildad se había cruzado, y ahora comenzaba la verdadera batalla de voluntades en la Academia San Agustín.
Al sonar el timbre que anunciaba el final de la clase, Elena guardó sus cosas con rapidez, decidida a salir del salón antes de tener que cruzar palabras con él. Sin embargo, antes de que pudiera colgarse la mochila, una sombra alta se proyectó sobre su pupitre. Julián estaba de pie frente a ella, bloqueándole el paso, mirándola con una intensidad que hizo que el aire en el salón se sintiera de pronto muy denso.