Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
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TACOS
La tensión en la recepción era tan espesa que se podía cortar con tijeras. Carolina y Alejandro seguían mirándose de reojo, con las mejillas de ella ardiendo y el corazón de él latiendo con fuerza.
De pronto, las puertas del ascensor se abrieron de golpe y entró Rebecca como un torbellino. Era la jefa de Sofía, morena, alta, con cabello negro muy rizado pero perfectamente peinado y controlado. Vestía un traje sastre negro impecable que gritaba “poder empresarial”. Caminaba con la seguridad de quien está acostumbrada a conquistar juntas, clientes y contratos.
—¡Miguel! ¡Qué gusto verte! —exclamó con una sonrisa amplia y profesional, extendiendo la mano.
Miguel reaccionó al instante, recuperando su actitud extrovertida.
—Rebecca, ¡el gusto es mío! Justo veníamos a buscarte. ¿Cómo estás?
Se saludaron con un apretón de manos firme. Rebecca miró al resto del grupo y sonrió con cortesía.
—¿Y estos son tus socios?
Miguel hizo las presentaciones rápidas:
—Él es Alejandro Rivera, nuestro director creativo. — y luego en tono de broma: —Y ella es Sofía López, tu encargada de Marketing — los dos rieron y Rebecca saludó a todos con un gesto elegante. Luego miró su reloj.
—Perfecto, estamos todos aquí. ¿Les parece si adelantamos la junta? Tengo la sala lista y así no perdemos tiempo.
Sofía se quedó helada. Miró a Carolina con cara de culpa absoluta. Cuando caminaron hacia la sala de juntas Sofía regresó rápidamente a la recepción
—Caro… lo siento muchísimo —susurró rápidamente—. No pensé que esto iba a pasar. En cuanto me desocupe nos vamos, te lo juro. Espérame aquí, ¿sí?
Carolina solo pudo asentir con la cabeza, muda de nervios.
Los cuatro (Rebecca, Miguel, Alejandro y Sofía) entraron a la sala de juntas y desaparecieron tras la puerta de vidrio.
Para Carolina, esos minutos se sintieron como una eternidad. El corazón le latía tan fuerte que lo sentía en los oídos. “Se volvió a encontrar conmigo… otra vez”, ese pensamiento le daba vueltas en la cabeza. Se sentía expuesta, vulnerable y terriblemente tímida. No sabía dónde meterse.
Después de unos minutos, salió del edificio y se dirigió al auto de Sofía. Se paró junto a la puerta del copiloto y, en un acto casi infantil de vergüenza, se sentó en cuclillas, con las rodillas juntas y la cabeza baja, escondiéndose lo mejor que podía detrás de su largo cabello castaño.
Así permaneció unos 20 minutos, con las manos abrazando sus rodillas y el rubor todavía en las mejillas, buscando algo en el celular para distraerse, aunque sin mucha suerte.
Dentro de la sala, la junta fue sorprendentemente fluida. Todo salió bien: los comentarios de Rebecca fueron positivos, los ajustes menores y la campaña quedó aprobada en principio.
Alejandro prácticamente no habló. Solo asentía o negaba con la cabeza cuando le preguntaban algo directo. Pero tenía una sonrisa enorme, casi infantil, que le iluminaba toda la cara. Miguel lo notó de reojo y tuvo que contenerse para no reírse en medio de la reunión.
Cuando terminaron, los cuatro salieron de la sala. Rebecca se despidió con elegancia y volvió a su oficina.
Apenas cerraron la puerta, Miguel le dio una palmada en la espalda a Alejandro.
—Claro que estás contento, salió todo bien, ¿no?—dijo riendo—. Vayamos al despacho por Ricardo y salgamos a celebrar. Te lo mereces, carnal.
Alejandro solo sonrió más y asintió, todavía sin decir mucho.
Los dos bajaron en el ascensor y salieron del edificio. Al acercarse al estacionamiento, se toparon de frente con Sofía, que estaba ayudando a Carolina a ponerse de pie.
Carolina se levantó torpemente, sacudiéndose un poco el polvo de los jeans, con el cabello revuelto y la cara todavía roja. Sus ojos se encontraron de nuevo con los de Alejandro.
Sofía, al ver la escena, suspiró y miró a su amiga con una mezcla de ternura y diversión.
—No me digas nada… —le dijo en voz baja a Carolina—. Ese Alejandro del que me hablaste… era ESTE Alejandro. Ay, amiga… vamos, te llevo a casa.
Miguel levantó una ceja, divertido, y miró a Alejandro, quien seguía con esa sonrisa imposible de borrar.
Respiró hondo, dio un paso adelante y luego otro.
Sus piernas se movieron casi de forma automática, como si su cuerpo actuara por cuenta propia mientras su mente intentaba no colapsar de nervios.
Todos se quedaron pasmados: Miguel con la boca ligeramente abierta, Sofía congelada con la mano todavía en el brazo de su amiga y la propia Carolina con los ojos muy abiertos.
Se detuvo como a un metro de distancia de ella, respetando su espacio, pero mirándola directamente.
Su voz salió firme, aunque con un leve temblor de emoción:
—Perdón si esto te parece apresurado, pero… ¿te gustaría salir a cenar tacos conmigo?
El silencio fue absoluto.
Miguel y Sofía se miraron de reojo con una rapidísima mirada cómplice, casi divertida.
Luego los dos voltearon hacia Carolina, esperando.
Carolina sintió que el mundo se volvía borroso. Su corazón latía tan fuerte que le zumbaban los oídos.
La voz amable de Alejandro resonaba en su cabeza, pero todo empezó a girar: las luces del estacionamiento, las caras de todos, su propio cuerpo temblando ligeramente.
Las luces del estacionamiento se deformaron.
Las voces se alejaron.
Y entonces… nada.