Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 5: Almuerzo real y un parásito al teléfono
El rugido de las tripas de Valentina era una declaración de guerra que no podía ignorar. Tras asegurar el contrato con el hombre más poderoso de la ciudad y dejar las oficinas del buffet con la cabeza bien en alto, la Emperatriz decidió que era momento de reponer fuerzas. Se reunió con su abuela en un restaurante de fachada moderna, con paredes de cemento alisado y plantas colgantes artificiales que a la soberana le parecieron de un gusto pésimo. Sin embargo, el verdadero insulto no fue la decoración, sino el menú.
Al abrir la pequeña cartilla de papel reciclado, Valentina frunció el ceño con profunda indignación. Las páginas estaban inundadas de opciones que la antigua dueña de ese cuerpo consumía religiosamente, arrastrada por las dolorosas inseguridades que su entorno le sembraba día a día.
—¿Qué clase de tortura es esta? —preguntó Valentina, levantando la vista hacia el mozo, quien esperaba la orden con una libreta digital—. ¿"Ensalada verde hidropónica con aderezo sin calorías"? ¿"Discos de arroz inflado con queso magro"? ¿Acaso este establecimiento pretende que sus comensales mueran de inanición antes de terminar la jornada?
—Valen, mi amor... —intervino su abuela, tocándole el brazo con timidez—, siempre pedís eso para cuidar la línea... Por lo que te dicen en la oficina, ¿viste?
Valentina cerró el menú de golpe, provocando un impacto seco que hizo pestañear al mozo.
—Eso se terminó, abuela —declaró la Emperatriz, irguiendo su imponente silueta sobre la silla—. La antigua ocupante de este templo de carne permitía que unos rústicos ignorantes dictaran lo que debía ingerir. Yo no. Traiga de inmediato un plato abundante de carne asada, pan crujiente y una copa del mejor vino tinto que tengan en sus bodegas. Un cuerpo real necesita combustible real para la guerra corporativa que se avecina. No pienso enfrentar a mis enemigos con el estómago lleno de lechuga y agua tibia.
El mozo, intimidado por el tono imperioso de la clienta, anotó el pedido a toda velocidad y se retiró casi trotando hacia la cocina. La abuela la miró con los ojos abiertos, sorprendida pero secretamente feliz de ver a su nieta reclamar el espacio y la comida con semejante despliegue de orgullo.
La comida llegó y Valentina la disfrutó con la parsimonia y el decoro de una monarca en un banquete de Estado. Cortaba la carne con precisión y saboreaba el pan, ignorando por completo las miradas de reojo de otras mesas que juzgaban su apetito. Pero la paz real en la mesa duró poco.
Un chillido agudo y estridente interrumpió el almuerzo. Venía de la cartera gastada de la abuela. La anciana, sobresaltada, sacó un aparato telefónico de pantalla brillante y, al mirar el nombre del remitente, su rostro blanquecino se llenó de una angustia inmediata.
—Es... es Federico, Valen —susurró la viejita, con la voz temblorosa—. Debe estar furioso.
Antes de que la anciana pudiera apretar algún botón, el dedo de Valentina presionó la pantalla y activó el altavoz, dejando el aparato sobre la mesa. La voz del parásito inundó el espacio de inmediato, cargada de una prepotencia y una ordinariez insoportables.
—¡Escuchame una cosa, gorda inútil! —gritó el tipo desde el otro lado del auricular, con la respiración alterada—. ¿Qué carajo te pasa? Ayer fui a buscarte a la clínica y me enteré de que rompiste el teléfono que yo te estaba usando. ¡Me importa un carajo que te hayas desmayado! Necesito que me transfieras la plata para pagar mis deudas de este mes ahora mismo, ¿entendiste? ¡Movete, que no tengo todo el día para tus dramas de siempre!
La abuela encogió los hombros, con los ojos llenos de lágrimas, acostumbrada a que ese vividor maltratara a su nieta por puro deporte financiero.
Valentina, sin embargo, no pestañeó. Sus bonitas facciones blancas permanecieron inmóviles, pero sus ojos oscuros se transformaron en dos rendijas de puro odio real. Con una elegancia aterradora, extendió la mano, tomó el teléfono y lo llevó a la altura de sus labios. Cuando habló, no gritó, pero proyectó su voz con una potencia tan densa y gélida que el murmullo de todo el restaurante se extinguió en un segundo. Dos comensales de la mesa contigua se atragantaron con la comida y tuvieron que buscar agua a las apuradas.
—Escúchame bien, sabandija insolente —pronunció Valentina, y cada sílaba sonó como el filo de una guillotina cayendo—. Has estado sangrando las arcas de mi súbdita leal y usando tu lengua bífida para denigrar este cuerpo real. Tu audacia nace de tu ignorancia, pero tu ignorancia se termina hoy. Si vuelvo a escuchar tu patética voz, si te atreves a proyectar tu sombra a menos de cien metros de esta anciana o de mí, invocaré las leyes de este reino para destruir tu crédito, confiscar cada uno de tus bienes y enviarte a una mazmorra de máxima seguridad donde los guardias se encargarán de enseñarte modales. Desaparece de mi vista antes de que decida acelerar tu ejecución financiera.
Del otro lado de la línea se produjo un silencio absoluto. Se podía escuchar la respiración entrecortada de Federico, quien se había quedado completamente mudo del susto, incapaz de reconocer a la chica sumisa que solía pedirle migajas de afecto. El tipo cortó la comunicación de golpe, aterrorizado por el aura de la mujer que le había hablado.
Valentina dejó el aparato sobre la mesa con una delicadeza extrema, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta de tela, como si acabara de despachar un asunto de Estado de nula importancia.
—Listo —le dijo a su abuela con una sonrisa tranquila—. Ese parásito no volverá a molestar tu paz.
Sin embargo, antes de que la anciana pudiera responder, una sombra alta, ancha y sumamente imponente se proyectó sobre la mesa, bloqueando la luz de la lámpara colgante.
Valentina alzó la vista, manteniendo la espalda recta. Para su sorpresa, frente a ella se encontraba Alexander. El CEO millonario vestía un traje gris que resaltaba su porte de guerrero moderno y sostenía un abrigo de cachemira en el brazo. El hombre corporativo más frío de la ciudad, que casualmente se encontraba almorzando en la zona ejecutiva del mismo establecimiento, se había detenido en seco junto a su mesa.
Alexander la miraba con una intensidad renovada, con las cejas ligeramente arqueadas y una chispa de profunda fascinación en sus ojos oscuros. Acababa de presenciar toda la escena. Había visto cómo la abogada gordita de traje azul, a la que todos en los tribunales subestimaban, acababa de masacrar y arrastrar a un hombre por teléfono con la misma frialdad implacable, calculadora y peligrosa que una auténtica reina de la mafia.
—Vaya... —murmuró Alexander, con una sonrisa de medio lado que denotaba que el juego corporativo se había vuelto sumamente interesante—. Veo que sus métodos de asfixia no se limitan únicamente a las demandas judiciales, abogada Valentina.
Federico se te fue la gallina de los huevos de oro se te acabó tu suerte
no se te ocurra acercarte porque no sabes de lo que pueda ser capaz.