Si alguien me hubiera dicho que la persona que más iba a marcar mi vida comenzaría siendo solo un amigo, jamás lo habría creído.
NovelToon tiene autorización de Yuri.T para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que encontré entre en su teléfono.
Después de que solucionamos nuestro problema, las cosas parecían haber vuelto a la normalidad.
La distancia había desaparecido.
Las conversaciones volvieron.
Las risas también.
Y por unos días sentí que todo estaba bien entre nosotros.
Hasta que la curiosidad apareció.
Una tarde tomé su teléfono.
No estaba buscando nada en específico.
Simplemente comencé a revisarlo.
Mientras avanzaba entre las aplicaciones, noté que tenía algunos chats restringidos.
Ocultos.
Aquello llamó mi atención.
Intenté entrar.
Pero estaban protegidos.
—Amor —lo llamé.
—¿Qué pasó? —preguntó él.
—¿Me desbloqueas esto?
Keiler levantó la mirada.
Por unos segundos pareció pensarlo.
Luego tomó el teléfono.
Y lo desbloqueó.
—Ya puedes entrar —dijo.
Comencé a revisar.
Al principio no encontré nada extraño.
Hasta que llegué a una conversación.
Era con una exnovia.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Seguí leyendo.
Ella le decía que necesitaba ayuda.
Que tenía un problema.
Y que necesitaba cien mil pesos.
Leí cómo él le respondía que estaba trabajando y que en ese momento no podía ayudarla directamente.
Pero después añadió que intentaría buscar a un amigo para hacerle llegar el dinero.
Continué bajando.
Y encontré los mensajes donde efectivamente le había enviado la ayuda.
Mi molestia comenzó a crecer.
Pero lo que encontré después fue peor.
Habían hablado de verse.
Leí cada mensaje una y otra vez.
Él le preguntaba cuándo iba a ir.
Ella respondía que sí pensaba hacerlo.
Y entonces apareció un mensaje que me hizo hervir la sangre.
No hablaban de verse en una casa.
Hablaban de verse en un hotel.
Sentí un nudo en el pecho.
Apagué la pantalla.
Lo miré.
Y él supo inmediatamente que algo pasaba.
—¿Qué tienes? —preguntó.
—¿En serio me lo preguntas? —respondí.
—¿Qué pasó?
Le mostré la conversación.
—Esto pasó.
Su expresión cambió.
—Déjame explicarte.
—¿Explicarme qué? —pregunté molesta—. ¿Qué le enviaste dinero? ¿Qué querías verla? ¿O qué estaban hablando de encontrarse en un hotel?
—No es como parece.
—Siempre dicen lo mismo.
La discusión comenzó.
Y rápidamente se volvió mucho más fuerte de lo que esperaba.
Durante varios minutos ninguno quiso ceder.
Yo le reclamaba.
Él intentaba explicarse.
Yo volvía a leer los mensajes.
Y cada vez me molestaba más.
—¿Cómo querías que reaccionara al ver esto? —pregunté.
—Escúchame primero.
—Ya leí suficiente.
—No pasó nada entre nosotros.
—Pero pensabas verla.
—Sí, pero no pasó.
—Eso no cambia lo que leí.
El ambiente se volvió pesado.
Tenso.
Por un momento pensé que aquella discusión no tendría solución.
Pero después de desahogar todo lo que sentía, poco a poco fui calmándome.
Y él también.
Entonces comenzamos a hablar.
De verdad.
Sin gritos.
Sin reproches.
Escuchándonos.
Keiler me explicó lo ocurrido.
Respondió cada una de mis preguntas.
Y aunque seguía dolida, comprendí mejor la situación.
Al final logramos llegar a un acuerdo.
Y dejar atrás aquella pelea.
Para despejar la mente decidimos salir.
Tomamos la moto.
Y recorrimos las calles durante un buen rato.
El aire fresco ayudó a que ambos nos tranquilizáramos.
Cuando regresamos a casa nos sentamos juntos.
Vimos videos.
Conversamos.
Nos reímos.
Y poco a poco la tensión desapareció.
La noche llegó sin que nos diéramos cuenta.
Y después de tantos momentos difíciles, volvimos a encontrarnos en la tranquilidad de nuestro cariño.
Nos abrazamos.
Nos quedamos juntos.
Y dejamos que el amor hablara por nosotros más que las palabras.
Los días siguientes transcurrieron en calma.
Sin discusiones.
Sin secretos.
Simplemente disfrutando de nuestra compañía.
Y fue precisamente en uno de esos días cuando Keiler decidió enseñarme algo que llevaba tiempo prometiéndome.
Aprender a manejar moto.