Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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5-El esposo
La puerta se abrió y el aire de la biblioteca cambió. Se volvió espeso, rancio. Olía a tierra mojada, a cigarro barato y a esa colonia dulzona que se me pegó en la piel durante meses.
Ramiro Varela.
No era alto como Nahuel. Era fibroso, compacto, con la energía de un animal callejero. Pelo negro, cortado al ras, barba de tres días y los ojos... los ojos eran lo peor. Claros, casi transparentes, y vacíos. Ojos de tiburón. Llevaba un jean gastado y una campera de cuero rajada en el hombro. No se parecía en nada al hombre que me describía como "esposo" en la cabaña. Ese era meloso. Este era un cuchillo.
Se frenó en seco cuando me vio. Y sonrió. Fue una sonrisa lenta, que no le llegó a los ojos. Una sonrisa que decía te encontré.
—Amor —dijo, y su voz era la misma. La misma que me decía "querida" mientras me daba la pastilla con el desayuno—. Dios, amor. Estás viva.
Dio un paso hacia mí.
No me moví. No porque fuera valiente. Porque el cuerpo no me respondió. Las piernas se me clavaron al piso. La náusea me subió hasta la garganta. El corte de la sien me latió. Trauma, habría dicho Daniel. Mi cuerpo recordaba lo que mi mente no.
Nahuel no lo dejó dar el segundo paso. Se cruzó delante mío, tapándome por completo. La espalda ancha, los hombros en tensión. Pasó de ser un heredero molesto a ser un muro.
—No te acerques —la voz de Nahuel era baja, pero cada sílaba era una bala—. Ni un paso más.
Octavio no se levantó de su sillón. Juntó las manos sobre el escritorio, fascinado. Esto era mejor que cualquier junta de directorio. Era un espectáculo. Y él tenía primera fila.
—Oficial —dijo, mirando detrás de Ramiro.
Dos policías uniformados entraron. Un hombre mayor, canoso, y una mujer joven, con cara de pocos amigos. Héctor cerró la puerta tras ellos.
—Soy el comisario Giménez —dijo el hombre—. Recibimos una denuncia por privación ilegítima de la libertad y lesiones. El señor Varela —señaló a Ramiro— dice que su esposa desapareció hace cuatro dias después de un accidente. Que la estuvo buscando por sus medios. La reconoció por una foto que subió el hospital local cuando la atendieron por el atropello de hoy.
"Mentira"
"Todo mentira"
El hospital. Daniel. La había cagado. O la había subido a propósito.
—Ella no es su esposa —escupió Nahuel—. No tiene ni un puto papel que lo pruebe.
—Tengo fotos —Ramiro metió la mano en la campera. Todos se tensaron. Los policías, Héctor, Nahuel. Sacó un celular viejo, rajado—. De nuestro casamiento. De nuestra casa. De... De nosotros.
Lo desbloqueó y le mostró la pantalla al comisario. No vi qué era. No quería ver.
—Señorita —la oficial mujer se dirigió a mí, bordeando a Nahuel—. ¿Usted conoce a este hombre?
Todos me miraron. Octavio, con cálculo. Los policías, con procedimiento. Ramiro, con hambre. Y Nahuel... Nahuel se giró apenas, lo justo para que yo viera su cara. No había súplica. Había una orden silenciosa: Negálo. Negálo aunque te mueras por dentro.
Abrí la boca. No salió nada. La voz se me había atascado en el pecho junto con el asco. El terror de volver a esa cabaña me tenia paralizada.
—Está asustada —dijo Ramiro, aprovechando mi silencio. Dio otro paso—. Amor, soy yo. Pasaste por mucho. El accidente, el golpe en la cabeza... Yo te expliqué que podías tener episodios, que ibas a olvidarte de cosas. Por eso te cuidaba tanto. Por eso te daba la medicación. El doctor dijo...
—¡Cerrá la boca! —le grité. La voz me salió rota, pero mía. Me solté de atrás de Nahuel y le enfrenté—. ¡Vos no sos mi esposo! ¡Vos me drogabas! ¡Me encerrabas!
Ramiro parpadeó. Por un segundo, la máscara de "esposo preocupado" se le cayó. Y vi al de la cabaña. Al que pateaba las cosas cuando la comida estaba fría. Al que me decía que el exterior me daba ansiedad.
—Elena, mi amor —bajó la voz, intentando esa melosidad que me daba escalofríos—. Estás confundida. El golpe... Los médicos dijeron que podías tener recuerdos falsos. Paranoia. Yo solo...
¿Cómo me llamo?
Él nunca me nombro.
—Ella se llama Elena —lo interrumpió Octavio, por primera vez metiéndose. Su voz era seda y veneno—. Qué interesante que usted lo sepa, señor Varela, cuando la señorita sufrió amnesia y no recuerda su propio nombre. ¿O acaso usted se lo puso?
Ja. Jaque. El viejo era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta ahora.
Ramiro se trabó.
—Yo... Yo siempre la llamé así. Es su nombre.
—¿Ah, sí? —Octavio se recostó—. Porque en la denuncia que hizo hoy en la comisaría tercera, dijo que su esposa se llamaba Laura Pereyra. Tengo un amigo en esa comisaría. Me gusta estar informado. —Sonrió—. ¿Laura o Elena? Decídase, Varela. Me está mareando.
El comisario Giménez frunció el ceño y miró a Ramiro.
—¿Es cierto eso? ¿Declaró otro nombre?
—Yo... Fue el shock —Ramiro empezó a sudar—. Hace meses... Me confundí. Ella...
Se contradice asi mismo, de tanto que miente.
—Basta —Nahuel se me puso al lado y me pasó un brazo por los hombros. No me preguntó. No fue suave. Fue un acto de posesión delante de todos. Me apretó contra su costado y sentí su corazón bombear fuerte contra mi brazo—. Ella está conmigo. Vive en mi casa. Bajo mi protección. Y si tenés un puto papel que diga que es tu esposa, lo mostrás ahora. Si no, te vas de mi propiedad antes de que llame a mis abogados y te entierre en denuncias por acoso, por fraude y por lo que se me cante.
El calor de su cuerpo me quemaba a través de la blusa. Su olor a jabón caro y a rabia me llenaba la nariz. No era consuelo. Era una declaración. Mía. Lo había dicho en la biblioteca. Ahora lo estaba firmando con el cuerpo.
Ramiro nos miró. A su "esposa" en brazos de otro. La vena del cuello le latió. La máscara se le cayó del todo. Nunca lo deje aproximarse tanto. Pero con Nahuel no siento rechazo y eso lo debe estar carcomiendo por dentro a Ramiro.
—Te metiste con la mujer equivocada, pibe —siseó, y el "esposo preocupado" murió ahí mismo—. Ella es mía. Siempre fue mía. La saqué de esa chatarra en la ruta. Le salvé la vida. La cuidé. Le di un techo cuando no tenía nada.
—Me drogaste —le escupí yo, y me solté un poco de Nahuel para poder gritarle—. Me decías que el manzano era peligroso pero no tiene ni ramas bajas. Me decías que el mundo me daba ansiedad para que no saliera. ¡Me robaste la vida!
—¡Te salvé la vida! —rugió él, perdiendo la compostura—. ¡Tus padres estaban muertos! ¡Ibas a morir ahí también! ¡Hice lo que pude!
El silencio que cayó fue peor que los gritos.
Mis padres estaban muertos.
Lo dijo. Lo dijo en voz alta. En esta biblioteca, delante de estos desconocidos. La verdad que mi mente no quería darme, me la escupió el monstruo.
Las piernas me fallaron. Me fui para atrás. Nahuel me sostuvo, sin dejar de mirar a Ramiro como si quisiera matarlo con los ojos.
—Suficiente —dijo Octavio, y se paró por fin. El poder en la habitación cambió—. Comisario, el señor Varela acaba de confesar que encontró a la señorita después de un accidente donde hubo muertos y no llamó a la policía. Eso es omisión de auxilio. También acaba de admitir que la retuvo. Eso es privación ilegítima de la libertad. Le sugiero que se lo lleve ahora, antes de que mi nieto cometa una estupidez y yo tenga que limpiar su sangre del tapizado.
El comisario Giménez asintió. Todo había cambiado.
—Señor Varela, va a tener que acompañarnos. —La oficial mujer le puso una mano en el brazo.
Ramiro no se resistió. Pero sus ojos... Sus ojos no se apartaron de mí.
—Esto no se termina acá, Laura —dijo, usando el nombre falso a propósito, para herirme—. Volviste a mí una vez. Vas a volver otra vez. Siempre volvés.
Se lo llevaron. La puerta se cerró. El aire volvió a entrar en mis pulmones.
Me derrumbé. No lloré. No grité. Simplemente me caí. Las rodillas me pegaron contra la alfombra persa de Octavio Ibarra.
Nahuel se arrodilló conmigo al instante. Me agarró la cara, igual que antes. Pero esta vez no había farsa. Había pánico real en sus ojos.
—Respirá —me ordenó—. Elena, mirame. Respirá conmigo. No estás allá. Estás acá. Conmigo.
Conmigo.
Octavio carraspeó.
—Emocionante —dijo, secándose una lágrima imaginaria—. Casi me lo creo. —Se acercó y me tiró un pañuelo de seda bordado con sus iniciales—. Limpiate la cara, nena. Y subí a la habitación de Nahuel. Héctor te va a llevar. Los dos tienen que descansar. Mañana vamos a tener que hablar con la prensa antes de que ese infeliz venda la historia.
—¿Prensa? —la voz de Nahuel sonó peligrosa.
—"Heredero millonario le roba la esposa amnésica a un pobre hombre" —Octavio se encogió de hombros—. No suena bien para las acciones de la empresa. Así que vamos a contar nuestra versión primero. "Joven empresaria es rescatada por valiente novio de las garras de un secuestrador". Suena mejor. —Me miró—. Y vos, Elena, vas a sonreír en la foto. ¿Entendido?
No contesté. No podía.
Héctor me ayudó a levantarme. Nahuel no me soltó la mano.
—Dormís en mi cuarto —me dijo al oído, para que solo yo escuchara—. Con la puerta con llave. Y yo en el sillón. No dejo que ese hijo de puta se te acerque ni en sueños.
No era una pregunta. No era parte del trato. Era él.
Y por primera vez, no me dio miedo la idea de dormir bajo el mismo techo que Nahuel Ibarra. Me dio miedo lo que pasaría si no lo hacía.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓