Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
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16
El silencio en el salón del consejo era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Cada noble, cada cortesano, cada guardia mantenía la mirada fija en Valeria, sus ojos una mezcla de miedo, curiosidad y hostilidad predestinada. El escenario estaba montado, los actores en sus lugares, y ella, la protagonista inesperada, acababa de improvisar una línea que cambiaría por completo el guión.
—¿Traición?—repitió Harrington, su voz llena de una falsa indignación que resonó perfectamente en la acústica de la sala—. ¿Acusa usted a alguien de traición, Lady Montrose? ¡Una mujer acusada de brujería, de conspirar contra el imperio, de manipular al príncipe heredero! ¡La audacia!
Un murmullo recorrió la multitud, una oleada de aprobación para las palabras de Harrington. Valeria sintió el peso de sus miradas, pero no retrocedió. En su lugar, avanzó lentamente hacia el centro de la sala, sus pasos seguros y deliberados, como si fuera la dueña del lugar y no una prisionera a punto de ser encaminada al cadalso.
—No acuso, Lord Harrington. Demuestro—dijo Valeria, su voz clara y firme, sin una pizca de la vacilación que esperaban—. Y no es contra el imperio contra quien conspiro. Es por él. Por el futuro de un reino que hombres como usted están desangrando lentamente para satisfacer su propia sed de poder.
Se detuvo junto a una pequeña mesa de madera, donde reposaba un jarro de agua y varios vasos. Con una calma que desafiaba la lógica, se sirvió un vaso y lo bebió lentamente, sus ojos nunca abandonando los de Harrington. El gesto era simple, mundano, pero en ese contexto, era un acto de desafío tan poderoso que varios nobles se removieron inquietos en sus asientos.
—¿Teatro?—preguntó Thornton, su voz cargada de desdén—. ¿Es esto lo que nos ofrece, Lady Montrose? ¿Un espectáculo de mala calidad para distraernos de sus crímenes?
—No, Lord Thornton—respondió Valeria, dejando el vaso con un delicado tintineo—. Le ofrezco la verdad. Una verdad que usted conoce muy bien, aunque se esfuerce en ocultarla.
Mientras hablaba, Valeria sintió el libro oculto bajo su vestido vibrar con una energía extraña, como si respondiera a la tensión de la sala. Cerró los ojos por un instante, abriendo su mente a las corrientes de tiempo que el libro le había mostrado, y vio. Vio los hilos que conectaban a Thornton con Harrington, los secretos que compartían, las promesas que se habían hecho. Y vio la debilidad de Thornton, su miedo a ser abandonado, su terror a perder el poder que tanto anhelaba.
—Hace dos noches—comenzó Valeria, su voz baja pero clara, atrayendo la atención de todos en la sala—, Lord Thornton me invitó a su mansión. No para arrestarme, como él afirmaría, sino para negociar. Para ofrecerme un trato.
Thornton se puso rígido, su rostro enrojeciendo ligeramente. —¡Mientes! ¡Nunca te invité a mi casa!
—¿No?—preguntó Valeria, con una falsa sorpresa—. ¿Entonces fue una alucinación mía cuando discutimos en su biblioteca privada? ¿O cuando le mostré el mapa de alianzas secretas que tanto codiciaba? ¿O cuando me prometió que traicionaría a Lord Harrington a cambio de un lugar en el nuevo orden que estábamos construyendo?
La revelación sacudió la sala como un terremoto. Los nobles se miraron entre sí, sus susurros ahora llenos de incredulidad y sospecha. Harrington lanzó una mirada de furia a Thornton, cuyo rostro había pasado del rojo al pálido.
—¡Eso es absurdo!—gritó Thornton, su voz temblando—. ¡Nunca he visto ese mapa! ¡Nunca he hablado contigo de tratos ni de nuevos órdenes!
—¿No?—preguntó Valeria, ya sacando el Libro de los Destinos de su vestido—. ¿Y qué diría si les dijera que este libro, este libro que Lord Harrington acusa de ser un instrumento de brujería, contiene no solo mapas del futuro, sino también pruebas del pasado? ¿Pruebas de reuniones secretas, de acuerdos clandestinos, de traiciones que amenazan con destruir nuestro imperio desde dentro?
Abrió el libro en una página específica, una que el libro mismo le había mostrado momentos antes. Los símbolos parecían brillar con una luz propia, capturando la atención de todos en la sala.
—Esto—dijo Valeria, señalando un diagrama complejo—, es un registro de una reunión que tuvo lugar hace tres semanas. Una reunión entre Lord Harrington, Lord Thornton y varios otros nobles prominentes. Una reunión donde discutieron no solo cómo desacreditar al príncipe, sino también cómo dividir el imperio entre ellos una vez que hubiera sido debilitado.
La sala explotó en un caos de acusaciones y negaciones. Harrington gritaba órdenes de arresto, pero sus palabras se perdían en el tumulto. Thornton negaba todo con una desesperación que sonaba falsa incluso a oídos sordos. Y los nobles, divididos entre lealtad y supervivencia, comenzaban a tomar partido.
Pero mientras el caos se extendía, Valeria sintió una punzada de miedo. No en el pánico de los nobles, no en la furia de Harrington, sino en la serena calma de Alistair, que observaba el espectáculo con una expresión de casi... aburrimiento.
Y entonces, lo entendió. Esto no era el plan de Alistair. Era demasiado... simple. Demasiado predecible. Él no quería simplemente derribar a Harrington. Quería que el imperio se consumiera en el fuego de su propia paranoia. Y su plan, por brillante que fuera, solo estaba creando más caos, más desconfianza, más... destrucción.
—¡Silencio!—gritó una voz que cortó a través del tumulto como un cuchillo afilado.
Todos se giraron hacia la fuente de la voz, encontrándose con el príncipe Kaelan, de pie en la entrada del salón, flanqueado por guardias leales. Su expresión era severa, su presencia una autoridad innegable incluso para los nobles más poderosos.
—¿Qué significa este espectáculo?—exigió el príncipe, su mirada fija en Harrington—. ¿Por qué está la nobleza del imperio discutiendo como mercaderes en un mercado de segunda mano?
Harrington se irguió, recuperando parte de su compostura. —Alteza, le agradezco su llegada. Estábamos... procesando a una traidora. Una bruja que ha utilizado magia oscura para manipular los eventos y conspirar contra su corona.
—¿Bruja?—preguntó el príncipe, su mirada desplazándose hacia Valeria, una mirada que contenía una advertencia silenciosa—. ¿Y qué pruebas tiene de tales acusaciones, Lord Harrington?
—¡Tiene el libro!—gritó Thornton, señalando el objeto en las manos de Valeria con un dedo tembloroso—. ¡El Libro de los Destinos! ¡Un instrumento de brujería que le permite ver y manipular el futuro!
El príncipe se acercó lentamente a Valeria, sus ojos evaluando el libro con una curiosidad calculada. —¿Es cierto, Lady Montrose? ¿Es este libro lo que dicen que es?
Valeria lo miró, su corazón martilleando contra sus costillas, pero su rostro inexpresivo. Sabía que este era el momento crucial. El momento en que su plan podía triunfar o fracasar estrepitosamente.
—Alteza—dijo, su voz clara y firme—, este libro es muchas cosas. Es un registro de la historia, un mapa de las posibilidades, una guía para navegar las corrientes del tiempo. Pero no es un instrumento de brujería. Es una herramienta. Y como cualquier herramienta, puede ser utilizada para construir o para destruir.
Hizo una pausa, su mirada recorriendo la sala, deteniéndose brevemente en el rostro sereno de Alistair. —Lord Harrington y Lord Thornton lo ven como una amenaza a su poder. Yo lo veo como una esperanza para el imperio. Una esperanza de que podemos evitar las guerras, las traiciones y la destrucción que nos esperan si continuamos por el camino actual.
—¿Y qué me dice de las acusaciones de Lord Thornton?—preguntó el príncipe, su voz neutra, aunque Valeria podía ver la inteligencia trabajando detrás de sus ojos azules—. ¿De esta supuesta reunión, de este supuesto trato?
—Le digo que son verdad—respondió Valeria, su decisión tomada—. Le digo que Lord Thornton está tan asustado de Lord Harrington como lo estoy yo. Le digo que hizo un trato conmigo, no porque creyera en mi causa, sino porque temía por su propia vida. Y le digo que su traición, aunque nacida del miedo, es la única verdad que se ha dicho en esta sala hoy.
Mientras hablaba, Valeria sintió una extraña sensación, como si el tiempo se estirara y se encogiera a su alrededor. Vio futures posibles, corrientes de tiempo que se bifurcaban y volvían a unirse. Vio a Harrington, arrestado y humillado, su poder desvaneciéndose como el humo. Vio a Thornton, perdonado pero despojado de su influencia, un hombre roto y arrepentido. Vio al príncipe, consolidando su poder, preparándose para la guerra que se avecinaba.
Y vio a Alistair. De pie en las sombras, su sonrisa intacta, su plan no frustrado, sino... acelerado. El caos que ella había creado no era un obstáculo para él. Era el combustible que necesitaba.
—¿Y qué pruebas tienes de todo esto, Lady Montrose?—preguntó Harrington, su voz llena de un desafío desesperado—. ¿Además de tus palabras y este... libro sospechoso?
Valeria sonrió, una sonrisa fría y calculadora. Sabía que este era el momento. El momento de jugar su última carta, la carta que podría cambiarlo todo o condenarla para siempre.
—Por supuesto—dijo, ya deslizando su mano por el interior de su vestido y sacando un pequeño pergamino—. Tengo el testimonio de alguien que estuvo presente en esa reunión. Alguien que ha estado trabajando en secreto para exponer la traición que amenaza con consumir nuestro imperio. Alguien que... está dispuesto a arriesgarlo todo por la verdad.
Desplegó el pergamino lentamente, sus ojos encontrando los de Harrington, que habían pasado de la furia al pánico puro. No había testigos. No había nadie más en esa reunión. Era su palabra contra la de ella. Y con el libro, su palabra tenía peso.
—Leo—dijo Valeria, su voz resonando en el silencio de la sala—: "Yo, el firmante, testifico que Lord Harrington y Lord Thornton se reunieron en secreto en la fecha indicada para discutir el derrocamiento del príncipe Kaelan y la partición del imperio entre sus aliados. Testifico que planearon usar la amenaza de Cassian y sus mercenarios como justificación para declarar la ley marcial y consolidar su poder. Y testifico que están dispuestos a traicionar a cualquiera, incluyéndose el uno al otro, para lograr sus objetivos".
Hizo una pausa, su mirada fija en Harrington, cuyo rostro estaba ahora cubierto por una capa de sudor frío. —Y este testimonio, firmado y sellado, no es de un sirviente anónimo o de un espía desesperado. Es de Lord Alistair Vance.
La revelación sacudió la sala con una fuerza que Valeria ni siquiera había anticipado. Los nobles se miraron entre sí, sus ojos llenos de shock. Harrington se quedó sin palabras, su boca abriéndose y cerrándose como un pez fuera del agua. Y Thornton, simplemente se desplomó en su silla, derrotado.
Pero lo más impactante fue la reacción de Alistair. No negó. No se defendió. Simplemente sonrió. Una sonrisa amplia, genuina, casi... de orgullo.
—Es verdad—dijo él, su voz calmada y clara, cortando a través del silencio de la sala—. Yo testifiqué. Porque creo que el imperio necesita un cambio radical. Un cambio que el príncipe, con todo su respeto por la tradición y la ley, no puede proporcionar.
La sala explotó de nuevo, esta vez no en caos, sino en pura histeria. Los nobles gritaban, los guardias corrían de un lado a otro, y el príncipe se quedó de pie, su rostro una máscara de incredulidad y furia.
Pero Valeria no estaba prestando atención a nada de eso. Estaba mirando a Alistair, tratando de entender. ¿Por qué? ¿Por qué admitirlo? ¿Por qué entregarse?
Y entonces, lo entendió. No se estaba entregando. Estaba tomando el control. Al admitir su traición, estaba desacreditando todo el proceso. Al confesar, estaba convirtiendo el juicio de Valeria en una farsa. Estaba demostrando que el consejo, la nobleza, incluso el príncipe, eran impotentes para detenerlo.
Mientras los guardias se acercaban para arrestar a Alistair, él se giró hacia Valeria, sus ojos brillando con una intensidad que la heló hasta los huesos. Y le hizo un gesto, un pequeño movimiento de la cabeza que contenía una promesa aterradora.
No has ganado, parecía decir. Solo has comenzado el juego. Y yo siempre gano.
Mientras se lo llevaban, Valeria sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Había ganado la batalla, expuesto a Harrington y Thornton, salvado su propia vida por ahora. Pero en el proceso, había liberado a un monstruo. Había dado a Alistair exactamente lo que quería: caos, destrucción, y un escenario desde el cual podía comenzar su verdadera revolución.
—¿Qué has hecho?—susurró el príncipe a su lado, su voz llena de una mezcla de gratitud y horror—. ¿Sabías que él haría eso?
Valeria sacudió la cabeza, su mente tratando de procesar lo que acababa de suceder. —No. No sabía que se entregaría. Pero sospechaba que tenía un plan. Un plan mucho más grande y peligroso de lo que imaginábamos.
Mientras la sala se calmaba lentamente, con Harrington y Thornton bajo arresto y Alistair camino a las mazmorras, Valeria sintió el peso de su victoria. Una victoria que se sentía extrañamente como una derrota.
Había derrotado a un enemigo, pero en el proceso, había creado uno mucho más peligroso. Había expuesto una traición, pero había desencadenado una revolución. Y mientras el príncipe le agradecía su servicio, prometiéndole protección y un lugar en su nuevo consejo, Valeria no podía evitar sentir que el verdadero juego, el juego por el futuro del imperio, apenas estaba comenzando.