Amar es lindo, que te ame y elija vez tras vez la misma persona que amas, es inexplicable. Pero lamentablemente, en este mundo, hay demasiadas personas rotas, demasiadas personas tratando de curar sus heridas, demasiadas personas sin saber reconocer cuando son amadas y cuando solamente son un paso en la vida. Y muchas personas olvidan lo más importante, para amar a otros sin lastimar, primero debemos amarnos nosotros mismos
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CAPÍTULO 2 La herida de las preguntas
El amanecer encontró a Ana Laura sentada junto a la ventana de su habitación.
No había dormido.
Ni un solo minuto.
Las primeras luces del día se filtraban entre las cortinas mientras observaba los jardines de la mansión. Todo parecía exactamente igual al día anterior.
Los rosales.
La fuente.
Los senderos de piedra.
El problema era que ella ya no era la misma.
Sentía como si alguien hubiera arrancado una parte de su identidad durante la noche.
La joven abrazó sus rodillas y apoyó la frente sobre ellas.
Durante horas había intentado ordenar sus pensamientos.
Sin éxito.
Porque por cada respuesta que obtenía aparecían diez preguntas nuevas.
¿Quién era realmente?
¿Por qué había sido abandonada?
¿Sus padres biológicos seguían vivos?
¿Pensaban en ella alguna vez?
¿La habían amado?
O peor aún...
¿La habían rechazado?
Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.
Aquella última pregunta era la que más miedo le daba.
Escuchó unos suaves golpes en la puerta.
No respondió.
Los golpes se repitieron.
—Ana... ¿puedo entrar?
Era Gabriela.
Su madre.
O al menos la mujer que la había criado durante veintiún años.
Ana cerró los ojos.
Aún dolía.
Pero sabía que Gabriela no era la culpable de todo.
—Pasa.
La puerta se abrió lentamente.
Gabriela entró llevando una bandeja con café, frutas y tostadas.
Su rostro mostraba claramente que tampoco había dormido.
Dejó la bandeja sobre una mesa y se acercó despacio.
Como si temiera asustarla.
—Buenos días.
Ana soltó una sonrisa amarga.
—No sé si son buenos.
Gabriela bajó la mirada.
—Lo entiendo.
Silencio.
Durante varios segundos ninguna habló.
Finalmente Ana tomó aire.
—¿Desde cuándo pensaban decírmelo?
La mujer suspiró.
—Desde hace años.
—¿Y por qué no lo hicieron?
—Porque siempre encontrábamos una excusa.
—¿O porque era más fácil ocultarlo?
Aquellas palabras golpearon a Gabriela.
Ana lo vio.
Y se arrepintió al instante.
Porque podía notar el dolor en sus ojos.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
Gabriela tomó asiento frente a ella.
—Tienes derecho a estar molesta.
—Estoy más que molesta.
—Lo sé.
Ana apartó la vista.
—Me siento perdida.
La voz le tembló.
—Como si no supiera quién soy.
Gabriela se inclinó hacia adelante.
—Tú eres Ana Laura Ventura.
—Pero no nací siendo una Ventura.
—Los apellidos no hacen una familia.
La joven sintió un nudo en la garganta.
—Lo sé.
Y realmente lo sabía.
Porque si había algo que nunca podía negar era el amor que había recibido.
Samuel y Gabriela la habían amado desde el primer día.
Nunca le había faltado nada.
Cariño.
Protección.
Apoyo.
Todo.
Pero aun así...
El vacío estaba ahí.
Y cada minuto parecía hacerse más grande.
—¿Tienen alguna fotografía de cuando llegué?
Gabriela pareció sorprenderse.
—Sí.
—Quiero verla.
La mujer dudó unos segundos.
Luego asintió.
—Voy a buscarla.
Cuando salió de la habitación, Ana volvió a quedarse sola.
Miró sus manos.
Las mismas manos que había tenido toda la vida.
Pero de pronto parecían pertenecerle a una desconocida.
¿A quién se parecían?
¿A su madre?
¿A su padre?
¿Tenían sus mismos ojos?
¿Su misma sonrisa?
La puerta volvió a abrirse.
Gabriela regresó con un álbum viejo.
Muy viejo.
Se sentó junto a ella.
Las dos lo observaron durante unos segundos.
Como si aquel objeto guardara algo sagrado.
Finalmente lo abrió.
La primera fotografía arrancó una lágrima inmediata de los ojos de Ana.
Era una bebé.
Pequeña.
Delgada.
Con enormes ojos oscuros.
Envuelta en una manta blanca.
Y sostenida en brazos por Samuel.
—Ese fue el día que llegaste.
Ana tomó la fotografía con manos temblorosas.
Samuel parecía más joven.
Más delgado.
Y sonreía como un hombre que acababa de encontrar el mayor tesoro del mundo.
—Estaba tan feliz... —susurró Gabriela.
Ana tragó saliva.
Pasó la página.
Había más fotos.
Su primer cumpleaños.
Su primer día de escuela.
Vacaciones.
Navidades.
Momentos felices.
Momentos reales.
Y por primera vez desde la noche anterior comprendió algo.
Aquella vida no era una mentira.
Era su vida.
Los recuerdos eran auténticos.
El amor también.
Lo único falso había sido el silencio.
—Los quiero mucho.
Gabriela comenzó a llorar.
—Nosotros también te queremos.
—No quiero que piensen que los rechazo.
—Nunca lo pensamos.
Ana tomó la mano de su madre.
—Pero necesito entender.
—Lo sé.
—Necesito saber quién soy.
Gabriela asintió lentamente.
—Y si decides buscar respuestas, no te detendremos.
Aquellas palabras la sorprendieron.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Aunque encuentren a mis padres biológicos?
Gabriela sintió un dolor evidente.
Pero sonrió.
—Aunque los encuentres.
Ana se lanzó a abrazarla.
Las dos rompieron a llorar.
Porque ambas entendían que aquel momento cambiaría sus vidas.
Pero también entendían algo más importante.
Nada rompería el vínculo que habían construido durante veintiún años.
Más tarde, cuando bajó a desayunar, encontró a Samuel sentado en el comedor.
El hombre levantó la vista inmediatamente.
Parecía nervioso.
Como si temiera verla alejarse.
Ana se acercó.
Y lo abrazó.
Samuel cerró los ojos.
Aliviado.
—Creí que estabas enojada conmigo.
—Lo estoy.
Él soltó una pequeña risa.
—Lo merezco.
—Pero también te quiero.
El hombre la abrazó con fuerza.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
—¿Por qué?
Ana se separó y lo miró directamente.
—Quiero ir al orfanato.
Samuel quedó inmóvil.
—Ana...
—Necesito hacerlo.
—Sabía que llegaría este momento.
—¿Te molesta?
—No.
—Entonces...
Samuel respiró profundamente.
—Te ayudaré.
La joven sintió un inesperado alivio.
—¿De verdad?
—Eres mi hija.
—Siempre dices eso.
—Porque siempre será verdad.
Ana sonrió por primera vez en muchas horas.
Pero aquella sonrisa desapareció rápidamente.
Porque una nueva pregunta acababa de instalarse en su mente.
Una pregunta que no la dejaría tranquila.
Si realmente había sido abandonada...
¿Por qué conservaron su nombre?
¿Por qué nadie había reclamado a una bebé que aparentemente provenía de una familia desconocida?
Algo no encajaba.
Y cuanto más lo pensaba...
Más convencida estaba de ello.
Aquella historia escondía algo.
Algo importante.
Algo que llevaba veintiún años enterrado.
Y por primera vez desde que conoció la verdad, Ana Laura tomó una decisión.
Iba a descubrir quién era.
Aunque eso significara remover secretos que alguien había intentado ocultar durante décadas.
Y aunque la verdad terminara cambiando para siempre todo lo que conocía.