Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17 – Cara a cara con el monstruo
Pasaron tres semanas hasta que Valentina volvió a ver a Adrián. No fue en el juzgado, como ella esperaba. Fue en la cárcel, en una sala de visitas especial para encuentros con abogados, porque él había solicitado verla. Ella dudó. Leonardo le dijo que no fuera. La fiscal Valdés también. Pero Valentina sabía que necesitaba mirarlo a los ojos una última vez. No por él. Por ella.
La sala era gris, con una mesa larga de metal en el centro y dos sillas a cada lado. Un vidrio blindado los separaba, pero Adrián no estaba esposado. Ese privilegio se lo habían concedido como parte del trato para que hablara. Valentina se sentó frente a él. Lo miró.
Adrián había cambiado. Las tres semanas en prisión preventiva le habían borrado la arrogancia. Llevaba la barba crecida, el pelo sucio, la ropa de preso colgándole de un cuerpo que había perdido músculo. Pero sus ojos seguían siendo los mismos. Fríos. Calculadores. Una serpiente herida sigue siendo una serpiente.
—Gracias por venir —dijo.
—No vine por ti. Vine por Rocío.
—Lo sé. Por eso pedí verte.
Adrián se inclinó hacia el vidrio. Acercó la cara tanto que su aliento empañó la superficie.
—Vamos a hacer un trato —dijo—. Tú retiras los cargos de homicidio. Solo dejas los de estafa y tentativa. Yo salgo en cinco años en lugar de quince. Y a cambio, te digo dónde está Rocío.
—No puedo retirar los cargos de homicidio. No es decisión mía. Es del fiscal.
—Puedes presionar. Puedes decir que no estás segura de que yo matara a Rocío. Que solo tienes sospechas. La fiscal te escucha. Eres la viuda. Bueno, la casi viuda.
—No voy a mentir para que salgas antes.
—Entonces no sabrás nunca dónde está. Y ella seguirá allí, pudriéndose, mientras tú te muerdes las uñas preguntándote si podrías haber hecho algo más.
Valentina apretó los puños bajo la mesa. Tenía la mandíbula tensa, los labios apretados. Adrián la miraba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. La serpiente había vuelto.
—¿Sabes qué es lo peor de todo? —dijo ella, con una voz tan baja que Adrián tuvo que pegar la oreja al vidrio—. Lo peor no es que me mintieras. No es que quisieras matarme. Lo peor es que nunca supe quién eras. Durante cinco años dormí al lado de un desconocido.
—Te equivocas —respondió Adrián—. Siempo supo quién era. Solo que no quisiste verlo.
—¿Ah, sí? ¿Y quién eras?
—Soy el hombre que te salvó de la ruina. El que pagó tus deudas. El que te dio una vida que nunca habrías tenido sola. Sin mí, Valentina, no eres nada.
Valentina se quedó en silencio. No por las palabras. Por la absoluta desconexión de la realidad que demostraban. Adrián realmente creía lo que decía. Realmente pensaba que haberla salvado de la pobreza le daba derecho a matarla. Era un psicópata. Y los psicópatas no negocian. Se rinden o mueren.
—No voy a retirar los cargos —dijo, levantándose.
—Si te vas ahora, no sabrás nunca dónde está.
—Ya lo sé.
Adrián parpadeó. Fue la primera vez que lo vio descolocado desde que entró en la sala.
—¿Qué?
—Rocío está en el patio trasero de tu antigua casa. La que tenías antes de casarte conmigo. La que sigue a tu nombre. La que nunca vendiste. Un juez acaba de firmar una orden de registro. En este momento, hay una docena de policías cavando tu jardín.
El rostro de Adrián se descompuso. Por primera vez, Valentina vio miedo verdadero en sus ojos. No el miedo a la cárcel. El miedo a ser vencido.
—¿Cómo lo supiste?
—No lo sabía. Pero Daniela sí. Antes de irse, me dijo que habías movido el cuerpo. Y que el único lugar que conservabas era esa casa. Lo demás lo deduje yo.
—¿Dedujiste? —La voz de Adrián se quebró—. ¿Adivinaste?
—No soy tonta, Adrián. Tú siempre pensaste que lo era. Pero no. Solo estaba enamorada. Y el amor no es lo mismo que la estupidez.
Adrián se dejó caer en la silla. Tenía los brazos colgando a los lados, la mirada perdida en el techo. Parecía un peleador que acababa de recibir el golpe de gracia y aún no sabía que estaba en el suelo.
—Te gané —dijo Valentina—. En tu propio juego. Con tus propias reglas. Y ahora te pudrirás en la cárcel mientras yo sigo viva. Eso es lo que duele, ¿verdad? No la cárcel. El saber que yo gané.
—¿Y crees que eso te hace feliz? —preguntó él, sin mirarla.
—No. Pero me hace libre.
Valentina dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo. No se volvió.
—Una última cosa —dijo—. Lo del otro hombre… el que te dije que tenía en la cama, esa noche… fue mentira. Nunca hubo nadie más. Solo quería que sintieras por un momento lo que yo he sentido todos estos años: celos. Pero los míos eran reales. Los tuyos, inventados. Así que ahora ya sabes: ni siquiera en eso me ganaste.
Salió de la sala sin mirar atrás. El pasillo olía a desinfectante y a desesperación. Caminó hasta la salida con pasos firmes. Afuera, Leonardo la esperaba en el coche. La miró con una pregunta en los ojos.
—¿Lo hiciste? —preguntó él.
—Lo hice.
—¿Dónde está Rocío?
—La están desenterrando en este momento.
Leonardo cerró los ojos. Por un momento, Valentina pensó que iba a llorar. Pero no. Solo respiró hondo, asintió, y arrancó el coche.
—¿A dónde vamos ahora? —preguntó.
—Al taller. Tengo un cuadro que terminar.
—¿Después de todo esto, todavía pintas?
—Después de todo esto, solo me queda pintar.
El coche se alejó de la cárcel. Valentina miró por la ventana trasera los muros grises, las alambradas, las torres de vigilancia. Dentro de uno de esos muros estaba Adrián. Solo. Enfadado. Derrotado.
No sintió alegría. No sintió tristeza. Sintió algo que no sabía cómo nombrar. Un vacío limpio. Como una casa después de una mudanza. Todo lo que había estado allí ya no estaba. Y ahora había espacio para cosas nuevas.
O no.
Ella decidiría más tarde.
Por ahora, solo quería llegar a su taller, coger un pincel, y perderse en un lienzo en blanco. Porque los cuadros, a diferencia de los hombres, nunca mienten.
Y los cuadros, cuando se rompen, pueden restaurarse.
Ella también iba a restaurarse. Pero a su manera. Y a su tiempo