Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: La herida y el secreto compartido
Las pesadas puertas de madera de la biblioteca oculta se cerraron detrás de ellos, amortiguando por completo los gritos distantes y el eco del caos que aún reinaba en el gran salón. El lugar estaba en penumbra, iluminado únicamente por los tímidos hilos de plata de la luna que se filtraban a través de los altos ventanales. El olor a polvo, pergamino viejo y cuero llenaba el ambiente, pero fue el penetrante olor metálico de la sangre lo que encendió las alarmas de Sophia.
Christopher se apoyó contra uno de los enormes estantes de libros, soltando un bufido ronco. Su respiración seguía siendo acelerada y la tela de su manga izquierda estaba completamente empapada, goteando con constancia sobre el suelo de madera.
Olvidándose por completo de los filtros aristocráticos, de las rígidas normas de etiqueta de la corte y del hecho de que estaba frente al mismísimo heredero al trono, Sophia reaccionó con la mente fría de su vida pasada.
—Siéntate. Ahora mismo —ordenó con una firmeza que no admitía réplicas.
Antes de que el príncipe pudiera soltar una de sus respuestas burlonas, Sophia sujetó el dobladillo de su espectacular vestido de satén azul medianoche y, con un tirón violento y certero, rasgó una tira larga y ancha de la tela. Se arrodilló frente a él, tomándole el brazo herido sin el menor rastro de timidez o reverencia.
—Eres un completo idiota, Christopher —lo regañó sin mirarlo, concentrada en examinar el corte. Sus manos se movían con rapidez, aplicando los conocimientos modernos de primeros auxilios que recordaba con total precisión—. Te las das de un asesino infalible y letal, el gran líder inalcanzable, ¿y dejas que un mercenario de segunda te deje este recuerdo en el brazo? Podría haber tocado una arteria. Fuiste un imprudente allá adentro. No tenías por qué cubrirme todo el tiempo de esa manera tan estúpida.
Limpió el exceso de sangre y, posicionando el trozo de satén, comenzó a vendar la herida con una presión firme y constante para detener la hemorragia, asegurando el nudo con la destreza de quien sabe perfectamente lo que hace.
Christopher se quedó completamente mudo. No se quejó por la fuerza del agarre ni por el tono autoritario de la duquesa. Sus ojos azules, ocultos a medias tras la máscara de cuervo que terminó por quitarse con la mano libre, la observaban con una estupefacción absoluta. El príncipe contemplaba la cabeza agachada de Sophia, sus dedos manchados con su propia sangre, y la falta total de asco o reproche en sus facciones. Aquella mujer lo estaba regañando como si fuera un niño testarudo en lugar del verdugo del Imperio.
En un movimiento imprevisto, Christopher la sujetó de los hombros y la obligó a ponerse en pie, arrinconándola con suavidad pero con una intensidad abrumadora contra los estantes de libros. La distancia entre ellos simplemente desapareció. Sus pechos subían y bajando al mismo ritmo, tan cerca que Sophia podía sentir los latidos acelerados del corazón del príncipe golpeando contra el suyo.
—¿Por qué haces esto? —pregúntalo él, con una voz rota, despojada de cualquier cinismo. Sus manos permanecían apoyadas a los lados de la cabeza de Sophia, atrapándola en su espacio—. Se supone que me odias. Se supone que me ves como una amenaza para tu supervivencia en esta corte. Deberías estar celebrando que estoy sangrando.
Sophia alzó la mirada, sosteniéndole el pulso de forma desafiante, pero sus palabras se congelaron cuando vio la expresión de Christopher. Detrás del monstruo letal, esos ojos azules mostraban, por primera vez, una grieta de pura y cruda vulnerabilidad.
—haber, Sophia... —susurró él, acortando la distancia hasta que su aliento rozó sus labios—. Eres la primera persona en todo este maldito Imperio que ve mis manos verdaderamente manchadas de sangre, que me ve matar sin piedad, y no me mira con asco, con horror o con ganas de salir corriendo. Me estás curando. Me estás regañando por mi imprudencia en lugar de temerme.
Sophia lo miró directo a los ojos, y en ese instante de silencio absoluto en la biblioteca, sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El torbellino de emociones la golpeó con la fuerza de un impacto limpio. Ya no era la trama de una novela lo que importaba, ni las estrategias de supervivencia. Al ver al lobo herido buscando una conexión real en medio de la oscuridad, Sophia se dio cuenta, con un vuelco en el corazón, de que se estaba enamorando perdidamente del hombre más peligroso y letal del reino.
El juego del gato y el ratón, las amenazas veladas en los pasillos y las sospechas de espionaje habían llegado a su fin definitivo esa noche. Ya no eran dos enemigos midiéndose las fuerzas; las sombras los habían unido, y ahora, para bien o para mal, estaban atrapados juntos en el mismo bando.