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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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Invitada de honor

Lucciana sintió el metrónomo de su pecho detenerse por un segundo, un latido helado que la llenó de una determinación sombría. Como especialista en la restauración de pergaminos antiguos, sabía que la tinta hecha a base de cenizas humanas y cal viva tenía una propiedad de retención molecular única. No era solo un escondite místico; era un borrado sistemático de la identidad a través de la tortura de los siglos.

—El palacio está blindado por el dogma —advirtió Lucciana, mirando las ventanas altas del palacio, donde se reflejaba la luz de los cirios de un altar privado—. Puedo oler el agua de rosas, la cera de abeja y el miedo.

—Por eso tú eres la invitada de honor, Condesa —Luca le extendió una carta de presentación con el sello en cera purpúrea de la Real Academia de la Historia—. El Marqués está buscando un paleógrafo de confianza para catalogar los documentos que piensa donar al Estado para sellar su mentira. Entra allí, encuentra el Libro de los Penitentes, deshace la tinta y deja que el fuego original reclame el saldo.

La biblioteca de Don Gonzalo de Alvear era una sala inmensa que olía a cuero viejo, tabaco de Cuba y polvo de archivo. Las paredes estaban cubiertas de estanterías de caoba cubana que albergaban miles de tomos encuadernados en pergamino de vitela blanca. El Marqués de Villafranca esperaba sentado en un sillón de orejas junto a un brasero de picón que esparcía un calor sofocante y ceniciento por la habitación. Era un hombre de ochenta años, de rostro aristocrático y enjuto, con una mirada de una lucidez helada y una mano derecha que no soltaba un rosario de cuentas de madera de olivo de Jerusalén.

—Condesa di Santa Croce —dijo Don Gonzalo, su voz un murmullo rancio y castellano que recordaba al crujir de las hojas secas—. Me informan mis corresponsales en Roma que es usted la mejor especialista en la restauración de palimpsestos del siglo de oro. Mi colección requiere de unas manos... discretas. Manos que sepan limpiar el polvo sin leer las verdades que el tiempo ha decidido sepultar.

—La discreción es la primera herramienta de un buen restaurador, Marqués —respondió Lucciana, adoptando una postura de gélida sumisión que desarmó de inmediato la sospecha del anciano—. El papel suele recordar lo que los hombres intentan olvidar. Si me permite examinar el catálogo de los penitenciales que menciona en su carta, podré indicarle el tratamiento adecuado para preservar el soporte.

El viejo hidalgo sonrió, una mueca delgada que no llegó a sus ojos grises. Se levantó con la ayuda de un bastón de madera de tejo y caminó hacia una esquina de la biblioteca donde un pesado mueble de sacristía de tres cerraduras permanecía custodiado por un crucifijo de marfil filipino.

—El documento está aquí, Condesa —dijo el Marqués, extrayendo tres llaves de bronce de su chaleco de seda—. Es el Libro de los Penitentes de la Archidiócesis de Toledo, de 1642. Contiene las sentencias de los reconciliados y los relajados al brazo secular. Un texto sagrado... y legal.

Al abrir las puertas de la sacristía, el corazón helado de Lucciana dio un vuelco sordo. El libro no era un tomo común; era un volumen inmenso, encuadernado en piel de cerdo curtida y reforzado con cantoneras de hierro oxidado. Al activar su visión alterada por el pacto, el cuero del libro no se veía blanco, sino cubierto de una costra de humo gris que formaba una muralla de oraciones y condenas que bloqueaban cualquier intento de intrusión mística. La tinta de ceniza del quemadero estaba operando, asfixiando la runa de Lucifer bajo el peso de los miles de muertos del Santo Oficio.

—Es una pieza soberbia —murmuró Lucciana, acercándose a la mesa de trabajo donde el Marqués depositó el tomo—. El soporte está sufriendo por la humedad del sótano. Necesito luz directa y... aislamiento para iniciar el raspado de las capas superiores.

—Tendrá toda la noche, Condesa —dijo el Marqués, retrocediendo hacia la puerta con el rosario entre los dedos—. Pero recuerde... el sello del Santo Oficio se aplicará a la medianoche por el capellán de la familia. Después de esa hora, el libro se cerrará para siempre y se trasladará al Archivo Histórico Nacional. Procure terminar su inventario antes de que suene la última campana de las Comendadoras.

La pesada puerta de roble se cerró con un cerrojo seco, dejando a Lucciana sola con el testamento de la culpa española.

Lucciana no perdió un segundo. Se quitó la mantilla negra y el guante izquierdo, revelando la runa del pacto que en esta habitación se sentía apagada, como un carbón cubierto de ceniza. Se inclinó sobre el inmenso Libro de los Penitentes y abrió las páginas de vitela áspera.

Las hojas estaban cubiertas de una caligrafía procesal, una letra intrincada y apretada que registraba los nombres de los condenados de hacía tres siglos. Al llegar a la última página, la que correspondía a los apéndices de adiciones modernas, Lucciana encontró la inserción de Don Gonzalo: “Yo, Gonzalo de Alvear y Mendoza, declaro mi fe santa y entrego este registro para la absolución perpetua de mi linaje, borrando cualquier nota de sujeción al enemigo...”

La tinta morada de la adición estaba hecha con el polvo del quemadero. Al rozarla con sus dedos descubiertos, una oleada de dolor ajeno la golpeó: el grito de las hogueras de la Plaza Mayor, el olor a carne quemada mezclado con el azufre del miedo de los inocentes que habían muerto bajo el dogma. La trampa del Marqués utilizaba el sufrimiento de los antiguos condenados como un escudo místico para desviar el cobro de su propia deuda.

—Un uso ingenioso del dolor ajeno, Don Gonzalo —dijo Lucciana entre dientes, sintiendo que la locura de los autos de fe intentaba nublar su vista—. Pero la ceniza sigue siendo carbón. Y el carbón es el mejor conductor para el fuego del Infierno.

Lucciana extrajo el bisturí de cirujano de su bastón de ébano con la mano derecha. Sabía que no podía simplemente raspar la tinta; el encantamiento de olvido eclesiástico destruiría el pergamino antes de revelar el contrato original. Tenía que aplicar un disolvente que reaccionara contra la cal y la ceniza.

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Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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