Carolina Ferreira creía haber encontrado el amor de su vida. Se casó llena de sueños e hizo todo lo posible para que el matrimonio funcionara. Pero, con el tiempo, empieza a sentir que algo no encaja. La distancia de Henrique Rodrigues no proviene solo de palabras duras, sino también del silencio, la frialdad y las ausencias nocturnas que hieren más que las peleas.
Henrique carga con un pasado que Carolina no conoce del todo y unas decisiones que nunca fueron realmente suyas. Mientras ella insiste en amar, él se cierra. Pero ningún corazón aguanta amar solo para siempre. Y cuando el sentimiento empieza a enfriarse, las consecuencias pueden ser irreversibles, y Henrique descubrirá que no se debe pisotear un corazón apasionado. Pero ¿será demasiado tarde?
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Capítulo 21
Carol,
Antes de terminar mi turno aquí en la cafetería, le pido a mi jefe que me libere más temprano para poder ir tras mi abogado, necesito el divorcio urgentemente. No le diré nada a Doña Vera, pues sé que ella va a acabar convenciéndome una vez más de intentar que este matrimonio funcione.
Pero es bueno cuando la pimienta está en el ojo del otro y no en el nuestro, arde en los otros, pero solo sabemos del dolor, cuando somos nosotros los que sentimos. Solo yo sé lo que estoy pasando, solo yo sé lo que estoy sufriendo aún estando con él, esperando que él cambie. Él nunca va a cambiar, nunca va a dejar de amar a su novia. Entonces, que los dos se vayan al infierno juntos. O al paraíso, eso ya no me importa más.
El problema, es que yo pensé que el divorcio saldría en el mismo día que hice el pedido, pero mi abogado dijo que llevaría tres días. Esos tres días me quedaré en la casa de él, arreglando mis cosas, para cuando salga, salir de una vez.
Después de llamar a la policía, y sentirme más sola que nunca, al punto de ni siquiera poder contar con la justicia, él mismo me ayuda saliendo de casa. Tomo una mochila de la ropa que ya dejé separada para llevarme, y la llevo a la casa de Bia. Me quedaré allá hasta encontrar una casa para alquilar.
—Hola amiga, no funcionó mismo ¿verdad?
—No, Bia, y ni va a funcionar. Pero ya tengo planes para mi futuro, voy a salir de la vida de Henrique de una vez por todas. Así que salga el divorcio, voy a mandarme para otro lugar, donde ni él ni la madre de él puedan encontrarme.
—Tú aún lo amas, ¿estás segura que no quieres luchar por él?— Sonrío, pues yo ya había pensado en eso, pero voy a dar la misma respuesta que pensé para ella.
—Una lucha por una persona que es nuestra, cuando ella es de otra persona, no adelanta nada desgastarse. ¿Puedo pasar esta noche aquí, mañana temprano me voy?
—Ya te he dicho que mi casa es tu casa. Puedes quedarte aquí tanto como necesites.— Sonrío en agradecimiento. Yo sé que debería darle el vuelto a él, del modo que él merece, pero soy una mujer de catéter, si me involucro con otra persona, será después de finalizar todo con Henrique. Eso si confío en alguien después de todo lo que estoy pasando.
Al otro día por la mañana, él aparece en la cafetería, ya llenándome la paciencia, queriendo saber dónde dormí y con quién.
—Debes estar confundiéndome con tu novia, Henrique. Yo no tengo nada contigo, y por eso no te debo ninguna satisfacción.
—¿No tienes? Somos casados, Carolina. Ca-sa-dos.— Suelto un suspiro, rodando los ojos. Anoto el pedido de él y lo llevo a su mesa. Solo espero que estos días pasen luego, pues ya no estoy aguantando más.
(...)
Tres días se pasan, y mi abogado me llama para avisar que los papeles del divorcio ya están listos, solo basta que Henrique y yo los firmemos. Tomo los papeles y los llevo para casa. Busco a Henrique en el cuarto de él, pero él no está. Busco por toda la casa, y nada. O sea, ni volver para casa él volvió después del almuerzo.
Me siento en el sofá y espero por él, esta será la última noche en claro que espero que él llegue a casa. A las dos y media de la mañana, él llega, yo me levanto, y antes de subir las escaleras, él para.
—¿Por qué estás despierta aún?— Sonrío y le muestro el papel para él. — ¿Qué es eso?
—Vamos a conversar en la sala.— Viro la espalda y ando, y él viene luego atrás. — Eso es nuestra libertad, firma y todo será como era antes de que nosotros dos hiciéramos la burrada de habernos casado.— Estiro el documento del divorcio para él, él toma y comienza a leer. Cuando él mira para mí, él da una sonrisa tan extraña, que llega hasta erizar mi espina.
—¿Quieres que yo firme eso?— Concuerdo con la cabeza y extiendo el bolígrafo para que él firme. — Tú ya has firmado, pena que no va a valer de nada.— Él simplemente comienza a rasgar el documento en pedacitos. — No vamos a divorciarnos, ¿consigues entender eso?
Me quedo mirando para los pedazos de papeles que están en el suelo, y veo él dando unos pasos para adelante, aproximándose de mí.
—Tú quisiste casarte conmigo, tú quisiste quedarte conmigo, ahora vas a quedarte hasta que yo diga que acabó.
—¿Quién dijo que eres tú quien manda? Yo voy a divorciarme de ti de cualquier modo. Y si en caso no consiga, yo simplemente desaparezco de tu vida.
—Ah, Carolina, tú no tienes idea del problema en el que te metiste al entrar donde no debías. Ahora soy yo el que no va a desistir de ti.— Siento la pared helada en mis espaldas, y él coloca cada mano de un lado de mi cabeza. — Voy a continuar con mi promesa, de solo tocarte cuando me separe totalmente de Tatiane, pero estoy con problemas ahora, por eso aún no lo he hecho.
—Disculpa por no estar más disponible, y ni interesada en esperar. Este matrimonio ya acabó para mí. Tus chances, ya se agotaron.
—¡Pero para mí no!— Él habla alto, irritado, y yo lo miro sin entender. Él desciende los ojos para mis labios, pero yo viro mi rostro, pues sé bien que él va a intentar besarme.— Y nunca va a acabar, pues sé que aún me amas, solo estás dolida y con rabia, pero voy a compensar todo eso después, puedes quedarte tranquila.
Resuelvo no hablar más nada, pues sé que mismo que él no firme, yo tengo el derecho de separarme de él con el divorcio contencioso. Él se aproxima más, huele mi cuello y después se afasta y suelto el aire que prendí, respirando ahora normalmente.
—Infelizmente tú estás engañado, Henrique Rodrigues, pues ningún amor consigue sobrevivir con tanto sufrimiento. Y tú vas a percibir eso, mismo que sea tarde demás.— Digo bajito, mientras veo él alejándose cada vez más.