Tras una vida de maltrato, Akira consigue una beca para la universidad más prestigiosa del continente. Allí descubre que los seis príncipes de las bestias están ligados a su destino y que ella es la última Vinculadora. Un antiguo poder ha despertado... y todos la están buscando.
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capitulo 2
La carta seguía apretada contra el pecho de Akira cuando cruzó la vieja reja de su casa. Durante todo el camino había imaginado, aunque fuera por un instante, que su familia se alegraría por ella. Tal vez su padre sonreiría. Tal vez su madrastra dejaría de verla como una carga.
Pero apenas abrió la puerta, la ilusión desapareció.
—¡¿Recién llegás?! —gritó su madrastra desde la cocina—. Los platos siguen sucios y la ropa todavía no está tendida.
Akira bajó la mirada.
—La directora me retuvo porque...
—¡No me interesan tus excusas!
Su hermanastro apareció apoyado contra el marco de la puerta con una sonrisa burlona.
—¿Qué escondés ahí?
Antes de que pudiera reaccionar, le arrebató el sobre de las manos.
—¡Devuélvemelo! —exclamó Akira, intentando recuperarlo.
Él abrió la carta y comenzó a leer en voz alta.
—"Universidad Imperial de Asteria..." —soltó una carcajada—. ¡Escuchen esto! La inútil consiguió una beca.
La madrastra dejó de lavar los platos y tomó la carta.
—¿Una universidad? ¿Y quién va a pagar el viaje? ¿Quién va a hacer el trabajo de la casa?
—Es una beca completa... —susurró Akira.
—¿Y pensás que voy a creer semejante mentira?
En ese momento apareció su padre.
Akira sintió una pequeña esperanza.
—Papá...
Él tomó la carta, la leyó unos segundos y luego levantó la vista.
—¿Esto es real?
—Sí... estudié mucho para conseguirla.
Por un instante pareció orgulloso.
Pero la mirada de su esposa bastó para que bajara nuevamente la cabeza.
—Será mejor que no te hagas ilusiones.
Aquellas palabras dolieron más que cualquier insulto.
Akira sintió un nudo en la garganta.
Sin decir nada, subió corriendo a su habitación.
Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella mientras las lágrimas caían en silencio.
—Solo necesito resistir un poco más...
Se acercó a la ventana.
El cielo comenzaba a oscurecerse y una luna enorme iluminaba el bosque que rodeaba el pueblo.
No sabía por qué, pero aquella noche todo parecía diferente.
Como si el aire estuviera cargado de electricidad.
A cientos de kilómetros de allí...
En el corazón del continente se levantaba la Universidad Imperial de Asteria.
Un lugar donde solo estudiaban los hijos de las familias más poderosas.
En el enorme patio central, cientos de alumnos se entrenaban con magia y armas.
Pero lejos del bullicio, seis jóvenes se encontraban reunidos en una sala privada.
Ninguno hablaba.
Todos tenían el ceño fruncido.
—¿Ustedes también lo sintieron? —preguntó finalmente Kael, el príncipe lobo.
—Sí —respondió Raizen, el príncipe dragón—. Fue como un latido.
—No era magia común —murmuró Lysander, el príncipe serpiente.
El príncipe zorro jugueteaba con una moneda entre los dedos.
—Por primera vez en años... mi bestia quiso salir.
El príncipe león cruzó los brazos.
—La mía también.
Todos dirigieron entonces la mirada hacia el único que permanecía completamente inmóvil.
El príncipe Varkhan.
Sus ojos plateados permanecían fijos sobre la ventana.
—¿Y vos? —preguntó Kael.
Después de unos segundos respondió con una voz fría.
—Ella despertó.
Toda la habitación quedó en silencio.
—¿Estás seguro? —preguntó el dragón.
El Varkhan asintió lentamente.
—La reconocí.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de todos.
Durante siglos habían escuchado la misma leyenda.
La Vinculadora.
La única persona capaz de crear un lazo con las seis bestias ancestrales.
Muchos pensaban que era solo un cuento.
Pero sus instintos jamás mentían.
Ella existía.
Y acababa de despertar.
—Tenemos que encontrarla —dijo Kael levantándose.
—Antes que los demás reinos —añadió el león.
—Si cae en manos equivocadas... será una guerra —murmuró Lysander.
El Varkhan cerró los ojos.
Por un instante vio el rostro de una joven desconocida.
Cabello rosa.
Ojos llenos de tristeza.
Y una marca brillante sobre su pecho.
Abrió los ojos de golpe.
—No está sola.
Los otros cinco lo observaron confundidos.
—¿Qué viste?
—Miedo...
Su mandíbula se tensó.
Un sentimiento desconocido comenzó a invadirlo.
Necesidad.
Protección.
Rabia.
No entendía por qué, pero una sola idea ocupaba su mente.
Nadie debía hacerle daño.
Y si alguien lo intentaba...
Lo destruiría sin dudar.
Muy lejos de allí, sin saberlo, Akira levantó la vista hacia la luna.
Sintió un extraño calor recorrer su pecho.
Como si alguien estuviera observándola desde la distancia.
Como si seis corazones hubieran comenzado a latir al mismo ritmo que el suyo.