Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
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Capitulo 17: Anabel
La luz del sol entraba suavemente por las cortinas semitransparentes, tiñendo la habitación de un tono dorado y cálido que contrastaba con el torbellino de sentimientos que se agitaba dentro de Elisa. Abrió los ojos despacio, y lo primero que vio fue a Marco durmiendo a su lado: su respiración era pausada, su rostro, normalmente tan duro y vigilante, aparecía ahora relajado, casi vulnerable. El corazón se le llenó de una satisfacción inmensa, de una alegría tranquila al saber que aquel hombre tan poderoso y apasionado le pertenecía, que había elegido estar con ella por encima de todo. Pero esa misma felicidad trajo consigo una sombra pesada que le apretó el pecho con fuerza: la realidad de lo que tenía que hacer.
Con movimientos lentos y casi invisibles para no despertarlo, se apartó de su lado, se envolvió en una bata ligera y bajó descalza hacia la cocina. El silencio de la casa parecía ampliar cada uno de sus pensamientos. Llenó la cafetera con agua fresca, tomó el café recién tostado y lo molió despacio, dejando que ese aroma intenso y reconfortante llenara el aire, pero no lograba calmar la angustia que le recorría el cuerpo.
—¿Cómo voy a mirarlo a los ojos? —susurró con voz quebrada, apoyándose en la encimera mientras las lágrimas empezaban a asomar—. ¿Cómo le digo a Luis que ya no quiero estar con él? Y lo peor… lo más doloroso y cruel de todo… ¿cómo le explico que lo dejo por otro? Por el mismo hombre que le dio el ascenso, que le prometió un futuro mejor, que él admira y respeta tanto.
Sentía una culpa que le quemaba por dentro, una tristeza profunda y una frustración que le cerraba la garganta. Luis no se merecía nada de esto. Siempre había sido bueno con ella, atento, cariñoso, leal. Le daba una compasión inmensa imaginar el momento en que se enteraría, ver cómo se le rompería el corazón, y más aún cuando supiera quién era la persona que lo había desplazado. Se sentía una traidora, y al mismo tiempo sabía que seguir mintiendo, seguir fingiendo que todo estaba bien, sería mucho más cruel y doloroso para los tres.
Estaba perdida en esos pensamientos, con la taza de café caliente entre las manos, cuando el timbre de la puerta sonó de golpe, fuerte y claro, rompiendo el silencio de la mañana. Elisa dio un salto del susto, el corazón se le puso a latir con fuerza desbocada y se acercó despacio a la entrada, preguntándose quién podría ser tan temprano. Al girar el pomo y abrir, se quedó helada de golpe: era Anabel, la hermana de Luis.
Anabel era mucho más alta que ella, casi una cabeza entera de diferencia, de piel muy blanca y cabello castaño largo que siempre llevaba suelto y algo revuelto, con un flequillo que caía sobre su frente y que, según decían todos, era lo que le daba ese aire atractivo y llamativo que volvía locos a los hombres. Tenía una mirada aguda y penetrante, y un carácter que Elisa siempre había respetado y temido por igual; nunca se habían llevado bien, y ella siempre sentía que Anabel la observaba con juicio severo, como si estuviera esperando el menor error para criticarla.
—Hola —dijo Anabel con voz seca y cortante, sin apenas mover los labios en una sonrisa—. Te mandé un mensaje ayer diciendo que vendría, pero veo que no te dignaste contestar. Así que decidí venir de sorpresa. ¿Me vas a dejar parada en la puerta o paso?
—¡Claro que sí, Anabel! Pasa, por favor —respondió Elisa con voz temblorosa, abriéndole de golpe—. Perdona, es que… se me pasó el mensaje, no lo vi.
En cuanto Anabel cruzó el umbral, el pánico se apoderó de Elisa con una fuerza terrible. ¡Marco estaba arriba! Si lo veía, todo se acabaría antes de que pudiera decir una sola palabra, y el daño sería irreparable. Su mente empezó a correr desesperada buscando cualquier excusa que sirviera:
—Espera un momento, por favor —soltó de golpe, con el rostro pálido—. Acabo de recordar que dejé el grifo de la tina abierto y se me va a desbordar el agua por todas partes. No te muevas, ya vuelvo en un segundo, por favor.
Sin esperar respuesta, subió las escaleras de dos en dos, casi tropezando con los peldaños, entró en la habitación y sacudió a Marco con manos temblorosas. Él abrió los ojos confundido, estirándose con esa calma de quien despierta en su propio terreno, pero antes de que pudiera preguntar nada, ella se le acercó al oído y le susurró con desesperación:
—¡Es la hermana de Luis! ¡Está abajo mismo! Tienes que esconderte ya, por favor, no preguntes nada. ¡Métete debajo de la cama, rápido, te lo ruego!
Marco se quedó mirándola con los ojos muy abiertos, totalmente atónito. Él, el hombre que mandaba sobre miles de personas, que imponía respeto con solo una mirada, dueño de una de las empresas más grandes de la región, le estaban ordenando esconderse como un niño travieso. La dignidad y el orgullo se le rebelaron por un instante… pero luego vio el miedo verdadero en los ojos de ella, y sin decir una sola palabra, hizo algo que jamás en su vida hubiera imaginado hacer: se arrastró desnudo bajo el colchón, se acomodó lo más pegado a la pared que pudo y se quedó allí, inmóvil, sintiendo cómo la vergüenza le subía por la cara hasta las orejas.
Elisa bajó de nuevo, tratando de acomodarse la bata y recuperar algo de compostura, aunque las manos le seguían temblando.
—¿Qué te trae por aquí tan temprano? —preguntó con voz que intentó sonar natural.
—He venido a ver la casa —respondió Anabel, recorriendo cada rincón de la sala con esa mirada crítica que lo examinaba todo—. Al fin y al cabo, fui yo quien se la regaló a mi hermano como regalo de bodas. Me costó mucho conseguirla, y quería asegurarme de que la cuidan como se merece, de que no se desperdicia nada.
Elisa sintió que se le caía la cara de la vergüenza y el miedo.
—Claro que sí, todo está muy bien cuidado —dijo rápidamente—. Pero ven, te enseño el resto. Primero pasemos al baño que está justo al lado de la habitación principal, y luego vemos el jardín y las demás habitaciones.
Sin embargo, al decir esto, Anabel se levantó del sofá y caminó con paso firme hacia las escaleras, y luego directo hacia la habitación donde Marco seguía agazapado debajo de la cama. Entró, miró a su alrededor, y sin decir nada se sentó justo en el borde del colchón, con todo su peso, mientras sacaba el celular para revisar algo.
Allí abajo, Marco se quedó helado. Podía sentir el movimiento de la cama, escuchar su respiración, y sentía que la humillación era la más grande que había vivido jamás: él, con su cuerpo fuerte y atlético, acurrucado en el suelo polvoriento, totalmente desnudo, esperando que la hermana de su empleado y esposo de su amante se fuera de una vez.
En cuanto Anabel se levantó para entrar al baño que estaba al lado, Elisa se agachó de golpe junto a la cama y le susurró con desesperación casi inaudible:
—¡Ahora! ¡Por la ventana! ¡Tienes que salir por la ventana ya mismo antes de que salga! ¡Te lo ruego!
Marco no dudó ni un segundo más. Se arrastró hasta el alféizar, abrió la ventana con cuidado y miró hacia abajo: no era muy alto, pero la situación era ridícula. Se miró a sí mismo: totalmente desnudo, sin una sola prenda con la que cubrirse, el hombre al que todos respetaban y temían, escapando como un ladrón en plena mañana. Bajó con mucho cuidado, casi resbalando por la pared, y en cuanto tocó el suelo corrió como nunca hacia su coche que estaba aparcado a unos metros. Se metió de un salto al asiento del conductor, cubriéndose lo mejor que pudo, metió la llave y arrancó a toda velocidad, alejándose con la cabeza gacha, sintiendo que a pesar de la humillación absurda, por primera vez en su vida había hecho algo tan tonto solo por amor.
Arriba, Elisa se quedó apoyada en el alféizar un instante, soltando todo el aire que había estado reteniendo en sus pulmones, con el corazón todavía golpeándole fuerte contra el pecho. En ese momento Anabel salió del baño y le preguntó con sequedad:
—¿Te quedarás ahí mirando la calle todo el día o me vas a enseñar el resto de la casa?