El es abandonado por su alfa y encuentra refugio en otro
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Capitulo 11
Darian suspiró profundo y miró a Luca.
—Lo... lo lamento mucho —dijo con voz culpable, apretando el puño—. Lamento haberte pegado.
Luca se tocó la mejilla donde el golpe había impactado. Una pequeña sonrisa se asomó en su rostro.
—Está bien. Te entiendo, estabas nervioso y asustado.
Evan, que iba en el asiento de atrás, observaba en silencio cómo esos dos se miraban. Había algo en la forma en que Luca sostenía la mirada de Darían, algo en la forma en que Darían se mordía el labio inferior, que no encajaba con la historia de "solo amigos".
Al llegar al edificio de Darían y Evan, se bajaron del automóvil.
—Mañana te llamaré —dijo Luca, con la voz más suave de lo que Evan le había escuchado jamás.
Darían sonrió y asintió, sin soltar su mano hasta el último momento.
—Entra —dijo Luca—. Necesitas descansar.
Darían obedeció, y Evan lo siguió en silencio.
Al cerrar la puerta del departamento, Evan se plantó frente a su amigo con los brazos cruzados.
—¿Qué fue eso? —preguntó con una ceja levantada.
—¿Qué? —respondió Darían, fingiendo inocencia—. Solo somos amigos.
Evan agarró una almohada del sofá y comenzó a golpearlo sin piedad.
—¡Basta! ¡Detente! —gritaba Darían mientras corría por todo el departamento.
Pero Evan estaba furioso y no pensaba perdonarlo tan fácilmente. Lo persiguió por la cocina, por el pasillo, hasta que finalmente lo acorraló contra la pared.
—¿Dijiste que no debíamos acercarnos a la mafia? —lo increpó, la almohada aún en alto—. ¿Y te metes con un sicario de Caius? ¿Es en serio, Darían?
Darían estaba rojo como un tomate, sin saber dónde esconderse.
—¡No es así! ¡Solo somos amigos! —exclamó, levantando las manos en señal de rendición.
—¿Amigos? —Evan soltó una risa sarcástica—. ¿Desde cuándo los amigos se miran como si quisieran devorarse el uno al otro?
Darían abrió la boca para negarlo, pero las palabras no salieron.
Evan bajó la almohada y suspiró.
—Darían, soy tu mejor amigo. Conozco esa mirada. La conozco porque yo mismo la he tenido.
Darían se quedó en silencio. Luego, con la voz apenas un susurro, dijo:
—Es imposible, Evan. Él es un beta y yo soy un Omega. No podemos estar juntos.
Evan lo miró con tristeza.
—¿Y eso qué importa?
—¡Importa! —Darían se llevó las manos al cabello, despeinándose—. Los betas no pueden marcar a los Omegas. No hay vínculo. No hay garantía de que se quede. ¿Qué pasará cuando se aburra de mí?
Evan se acercó y le tomó las manos.
—¿Y si no se aburre? —preguntó en voz baja—. ¿Y si él te mira como si fueras el centro de su universo? ¿Y si está dispuesto a arriesgarlo todo por ti, aunque sea un beta?
Darían lo miró a los ojos, y por primera vez, su miedo se mezcló con una pequeña esperanza.
—Tienes razón —murmuró—. Tengo miedo... pero tienes razón.
Evan lo abrazó con fuerza.
—Siempre la tengo —dijo con una sonrisa—. Ahora ve a bañarte, apestas a llanto y desesperación.
Darían soltó una risa y le dio un golpecito en el hombro.
—Eres un idiota.
—Pero tu idiota —respondió Evan con orgullo.
Darían se fue al baño, y Evan se quedó solo en la sala.
Su sonrisa se desvaneció lentamente.
Se llevó una mano al pecho, donde el corazón le latía con fuerza.
Caius.
¿Por qué no podía dejar de pensar en él?
Afuera, en la calle, un automóvil negro se estacionó frente al edificio.
Caius bajó del vehículo, con el traje impecable y la mirada fría. Luca lo esperaba junto a la puerta.
—¿Dónde está? —preguntó Caius, sin preámbulos.
—Arriba. Con su amigo —respondió Luca.
Caius levantó la vista hacia la ventana iluminada del cuarto piso.
—No voy a subir.
Luca lo miró sorprendido.
—¿No?
—No —repitió Caius—. Si subo, volverá a huir. Y no quiero que huya otra vez.
Luca guardó silencio.
—Pero quiero que sepas una cosa, Luca —Caius lo miró con dureza—. Si vuelves a hacer algo a mis espaldas, no importa lo mucho que te haya apreciado, te arrepentirás.
Luca sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Lo sé, jefe.
Caius subió al automóvil sin mirar atrás.
Luca se quedó solo, mirando la ventana del cuarto piso, donde la silueta de Darían se movía detrás de la cortina.
Y por primera vez en su vida, supo que estaba dispuesto a arriesgarlo todo.