Su sangre puede coronar reyes... o enterrarlos.
Cuando un omega despierta con la marca de un alfa vampiro ardiendo en su cuello, descubre demasiado tarde que no es una víctima: es la última arma que todos quieren poseer.
Y el alfa que lo reclamó no piensa soltarlo... ni vivo, ni muerto.
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Capítulo 6: La sangre no miente
La sangre no miente
Kael despertó con el olor de Damien impregnado en las sábanas.
No era un perfume. Era algo más profundo, más antiguo: sándalo, sangre fría y esa nota oscura de feromonas que parecía haberse metido bajo su piel mientras dormía. La marca en su cuello latía con un calor suave, casi complacido, como si por fin hubiera encontrado el lugar donde debía estar.
Se sentó en la cama. La habitación era más grande que la anterior. Doseles negros, cortinas pesadas, un espejo de cuerpo entero enmarcado en hierro forjado y una chimenea que aún conservaba brasas. En la mesita de noche había una jarra de agua y una nota nueva, escrita con la misma letra elegante:
*Cuando despiertes, ven al salón de mapas.
—D.*
Kael miró la nota durante varios segundos. Parte de él quería romperla. Otra parte, más traicionera, ya estaba calculando cuánto tardaría en llegar.
Se lavó, se cambió con ropa negra del armario y salió.
El salón de mapas estaba en el ala norte. Damien lo esperaba de pie frente a una mesa enorme cubierta con pergaminos y mapas antiguos. Llevaba una camisa negra simple y el cabello todavía un poco húmedo, como si se hubiera bañado hace poco. Cuando Kael entró, levantó la vista y lo recorrió con la mirada de forma lenta, deliberada.
—Dormiste —dijo. No era una pregunta.
—No tenía muchas opciones —respondió Kael, deteniéndose a una distancia segura.
Damien esbozó una sonrisa mínima.
—La marca se calmó. Eso es bueno. Significa que acepta mi presencia… aunque tú todavía no.
Kael cruzó los brazos.
—Dijiste que hoy hablaríamos de lo que viene. Entonces habla. ¿Qué soy exactamente?
Damien dejó el mapa que tenía entre las manos y se apoyó en el borde de la mesa.
—Eres el último portador de la Sangre Real. Hace más de trescientos años, la última reina de los purosangres desapareció. Su linaje se dio por extinguido. La mayoría de las casas creyeron que era el final de una era. Pero la sangre no desaparece del todo. Se esconde. Se diluye. Espera.
Se acercó un paso. El olor de sus feromonas se intensificó de inmediato.
—Tu sangre no es solo poder, Kael. Es memoria. Es llave. Puede despertar a los antiguos que duermen bajo tierra desde hace siglos. Puede devolverle la fuerza a las casas que la perdieron. Y, en las condiciones correctas… puede crear nuevos purosangres.
Kael sintió un frío en el estómago.
—¿Crear… vampiros?
—Purosangres —corrigió Damien—. No los bastardos que llenan las ciudades ahora. Verdaderos. Como yo. Como ella.
Guardó silencio un segundo, como si pesara las siguientes palabras.
—Por eso te busqué. Por eso te marqué en cuanto te encontré. Porque en el momento en que alguien más oliera tu sangre… no habrías durado ni una noche.
Kael tragó saliva.
—Entonces soy solo una herramienta.
Damien inclinó la cabeza.
—Eres muchas cosas. Herramienta. Tesoro. Peligro. Y, desde el momento en que tu sangre tocó la mía… también eres mío.
La marca latió. Fuerte. Kael tuvo que apretar los dientes para no llevarse la mano al cuello.
Damien lo notó. Por supuesto que lo notó. Se acercó más, hasta quedar a escasos centímetros. El aire entre ellos se volvió espeso.
—Tu cuerpo ya no miente, Kael —susurró—. Cada vez que me acerco, tu sangre canta. Tus feromonas se dulcifican. La marca se calienta. Puedes odiarme con la mente todo lo que quieras… pero tu sangre ya eligió.
Kael retrocedió un paso. Damien no lo siguió. Solo lo observó con esa calma peligrosa.
—¿Y si me niego? —preguntó Kael—. ¿Si nunca dejo que completes la marca?
—Entonces arderás —respondió Damien con total honestidad—. Cada vez con más fuerza. Hasta que el celo te consuma antes de tiempo. Y cuando eso pase… no sé si podré contenerme. Ni siquiera yo.
El silencio que siguió fue pesado. Kael sintió que el corazón le latía en la garganta. El olor de Damien lo envolvía por completo. Dulce. Oscuro. Adictivo.
De pronto, un sonido metálico rompió la tensión.
Alguien tocaba la puerta del salón con fuerza.
Damien se tensó de inmediato. Sus ojos rojos se oscurecieron. Giró la cabeza hacia la entrada con una expresión que Kael no le había visto nunca: pura amenaza.
—Entra —ordenó.
La puerta se abrió. Un vampiro alto, de cabello plateado y ojos ámbar, entró con paso rápido. Vestía de negro y llevaba el emblema de otra casa en el pecho. Se detuvo a varios metros de Damien y bajó la cabeza en un gesto de respeto forzado.
—Príncipe Voss. Perdón por la interrupción.
—Habla —dijo Damien. Su voz había bajado una octava.
El mensajero dudó un segundo. Su mirada se deslizó hacia Kael… y se detuvo en la marca brillante de su cuello. Los ojos se le abrieron.
—Es verdad, entonces —murmuró—. El Omega de Sangre Real…
Damien se movió tan rápido que Kael apenas lo vio. En un parpadeo estaba frente al mensajero, una mano cerrada alrededor de su garganta.
—No lo mires —gruñó—. No lo huelas. No lo nombres. Habla y vete.
El vampiro asintió con dificultad.
—Las casas… ya lo saben. Alguien filtró la información anoche. La Casa Nocturne y la Casa Draven están moviéndose. Quieren al omega. Vivos o… de la forma que sea necesario.
Damien apretó más la mano un segundo antes de soltarlo de golpe. El mensajero cayó de rodillas, tosiendo.
—Lleva este mensaje a quien necesite oírlo —dijo Damien con voz helada—. El Omega de Sangre Real ya tiene dueño. Quien intente tocarlo… no vivirá para contarlo.
El mensajero asintió, se levantó y salió casi corriendo.
Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó. Damien se quedó de pie unos segundos, respirando con calma forzada. Luego se volvió hacia Kael.
Sus ojos rojos brillaban con algo más oscuro que antes.
—Se acabó el tiempo de las reglas suaves —dijo en voz baja—. A partir de ahora, no sales de mi vista. Y esta noche… completamos la marca.
Kael sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies.
La marca en su cuello ardió con fuerza, como si hubiera escuchado las palabras y estuviera de acuerdo.