este es una novela que habla de una chica que es en el salón de clases es muy tranquila pero afuera es todo lo contrario y además tiene a tres chicos y se queda con los tres por eso el nombre
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Capítulo 19: Lo que corre en la sangre
El tiempo no se detuvo.
Se fracturó en mil partes.
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Valentina no podía apartar la mirada.
Su cuerpo parecía responder al entrenamiento: quieto, firme, preparado. Pero su mente… su mente se desbordaba. Cada recuerdo, cada duda, cada pregunta sin respuesta regresaba al mismo punto.
A él.
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—No puede ser… —repitió, esta vez con más fuerza, como si al decirlo pudiera volverlo mentira.
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La figura avanzó otro paso hacia la luz.
No había apuro.
No había tensión.
Solo una calma que resultaba insoportable.
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—Sabía que reaccionarías así —dijo.
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Valentina apretó los dientes.
—Esto es un truco.
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—No —respondió él—. Esto es lo que siempre fue.
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Y entonces, sin dramatismo… sin esfuerzo…
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—Hola, Valentina.
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Silencio.
Pero no fue el saludo lo que la quebró.
Fue la voz.
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Una voz que había escuchado de niña.
Una voz que había desaparecido sin explicación.
Una voz que nunca pudo olvidar.
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—No… —susurró.
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Su respiración se volvió irregular.
Su pecho se tensó.
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—Estás muerto.
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Él negó suavemente.
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—Eso es lo que necesitaban que creyeras.
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El aire se volvió más pesado.
Más denso.
Más real.
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Porque no era solo parecido.
No era solo una ilusión.
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Era él.
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Su padre.
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Valentina retrocedió un paso.
Luego otro.
Como si la distancia pudiera devolverle el control.
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—No… esto no es real.
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Pero él no la siguió.
No la presionó.
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Solo la observó.
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Como si la estuviera viendo por primera vez en años.
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—Creciste —dijo, casi en un susurro.
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Esa frase…
La misma.
La misma que había escuchado antes.
Pero ahora…
Tenía sentido.
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Y eso la desarmó más que cualquier otra cosa.
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—Si sos él… —comenzó Valentina, obligándose a sostener la mirada— entonces explicame.
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Sus ojos se endurecieron.
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—Explicame por qué me abandonaste.
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Silencio.
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No hubo respuesta inmediata.
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Y por primera vez…
Él no parecía tener el control.
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—Nunca te abandoné.
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Valentina soltó una risa seca.
Dolorosa.
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—Desapareciste.
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—Para protegerte.
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—Eso no es protección —respondió con frialdad—. Eso es cobardía.
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La palabra quedó flotando.
Pesada.
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Pero él no reaccionó con enojo.
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—No entendías lo que estaba pasando.
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—Entonces decímelo ahora —exigió ella—. Sin mentiras.
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Un segundo de silencio.
Luego otro.
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Y finalmente…
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—No estaba luchando contra una organización.
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Valentina lo observó sin parpadear.
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—Estaba luchando contra un sistema.
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Se acercó apenas.
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—Uno que no se puede destruir desde afuera.
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Valentina sintió cómo las piezas empezaban a moverse.
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—¿Entonces…?
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—Tenía que entrar.
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El golpe fue inmediato.
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—No…
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—Sí.
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Su voz fue firme.
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—Me convertí en parte de ellos.
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El mundo se inclinó.
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—Eso no tiene sentido…
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—Es la única forma.
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Silencio.
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—¿Así que todo este tiempo…? —murmuró ella— ¿Estuviste con ellos?
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—Dentro —corrigió él—. Nunca con ellos.
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—Es lo mismo.
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—No.
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Sus miradas chocaron.
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—Porque yo no olvidé quién soy.
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Valentina respiró hondo.
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—¿Y yo?
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Silencio.
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—¿Qué soy yo en todo esto?
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Esa pregunta…
No era táctica.
No era política.
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Era personal.
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Y por primera vez…
Él dudó.
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—Eras lo único que no podía perder.
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Valentina cerró los ojos un segundo.
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Porque lo sintió real.
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Pero también…
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—Y aun así me perdiste.
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El silencio se rompió con un sonido seco.
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Una alerta.
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Su padre desvió la mirada apenas.
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—No tenemos mucho tiempo.
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Valentina no se movió.
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—No me voy sin saber la verdad completa.
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Él la miró fijamente.
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Y entonces dijo algo que cambió todo.
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—Vos no sos una consecuencia, Valentina.
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Una pausa.
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—Sos el origen.
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El mundo dejó de tener forma.
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—¿Qué significa eso…?
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Pero no hubo respuesta.
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Porque en ese instante…
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Las puertas explotaron.
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Lautaro entró primero.
Respiración agitada.
Herido.
Pero firme.
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—¡Valentina!
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Thiago detrás.
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Adrián cubriendo.
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Todos listos para pelear.
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Y entonces lo vieron.
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Al hombre frente a ella.
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Silencio.
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—No puede ser… —murmuró Thiago.
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Adrián no habló.
Pero su mente ya estaba trabajando.
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Lautaro dio un paso adelante.
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—Aléjate de ella.
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El padre de Valentina lo observó.
Con interés.
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—Así que ustedes son los tres.
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Una leve sonrisa.
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—Los caminos.
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Valentina avanzó un paso.
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—Nadie se mueve.
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Su voz fue firme.
Inquebrantable.
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Y todos obedecieron.
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Porque en ese momento…
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Ella era el centro.
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—Esto no es lo que creen —dijo él.
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—Entonces explicalo —respondió Adrián.
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Thiago cruzó los brazos.
—Y rápido.
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Lautaro no habló.
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Solo observaba.
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Analizando.
Midiendo.
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Y algo no cerraba.
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—Ellos ya saben que estás acá —continuó el padre—. Este lugar ya no es seguro.
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Valentina frunció el ceño.
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—¿Cómo lo sabrían?
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Silencio.
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Y entonces…
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Lautaro habló.
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—Porque alguien los guió hasta acá.
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El aire se volvió hielo.
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Todos entendieron.
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Valentina giró lentamente.
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—¿Quién?
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Pero en el fondo…
Ya lo sabía.
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Mateo.
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El silencio fue devastador.
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—No… —susurró Thiago.
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Adrián cerró los ojos un segundo.
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Lautaro no se movió.
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Pero su mirada se volvió más dura.
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—No es tan simple —dijo el padre.
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Valentina no apartó la mirada.
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—Entonces hacelo simple.
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Silencio.
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—Mateo no te traicionó.
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Una pausa.
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—Pero tampoco está de tu lado.
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Esa verdad…
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Fue peor que cualquier traición.
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Porque significaba algo mucho más peligroso.
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Que el juego…
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Era mucho más grande de lo que imaginaban.
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Y que incluso ahora…
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No sabían en quién confiar.
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Valentina respiró profundo.
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Y cuando habló…
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Su voz ya no temblaba.
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—Entonces se terminó.
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Todos la miraron.
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—Se terminó jugar a medias.
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Sus ojos brillaron.
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—Quiero la verdad completa.
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Silencio.
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—Aunque me destruya.
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Porque en ese momento…
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Valentina entendió algo.
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No se puede ganar una guerra…
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Si no estás dispuesto a perderlo todo.
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Y ella…
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Ya estaba lista.
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Continuará…