Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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Capítulo 6: Quiero demostrarte que puedo cambiar
Narrado por Kaleth Giraldo Cali, Colombia
Parce, ustedes no se imaginan lo que es estar enamorado y vivir bajo el mismo techo que esa persona. ¡Eso es una tortura, ve! Sobre todo cuando se llama Estefanía Holguín y uno lleva años diciéndole tía.
Desde aquella conversación durante el desayuno, yo no podía dejar de pensar en sus palabras. Me había dicho que necesitaba tiempo para pensar en todo lo que estaba pasando entre nosotros. No me había rechazado, pero tampoco me había dado la respuesta que tanto quería escuchar.
Y yo tenía claro que no podía obligarla a sentir lo mismo que yo.
Por eso había tomado una decisión: iba a demostrarle que podía cambiar, que podía dejar de meterme en problemas y que mis sentimientos no eran una bobada que se me iba a pasar al día siguiente.
Ese lunes llegué del colegio, me quité el uniforme y me puse una pantaloneta y una camiseta. Después saqué los cuadernos de la maleta y me senté en el escritorio de mi habitación.
Tenía un montón de deberes atrasados.
—¡Uy, gonorrea! ¿Y toda esta tarea qué? —murmuré, pasando las páginas del cuaderno—. ¡Este profesor sí cree que uno no tiene vida, ome!
Por un momento pensé en escribirle a Santiago para que me pasara las respuestas, como hacía algunas veces. Sin embargo, recordé lo que le había prometido a Estefanía.
—No, Kaleth, ponete serio, pues. Si querés cambiar, empezá por algo.
Agarré el lápiz y me puse a trabajar.
Llevaba casi una hora resolviendo ejercicios cuando escuché que tocaron la puerta.
—¿Se puede?
Levanté la cabeza inmediatamente.
Era ella.
—¡Claro, mi reina! ¡Pasá!
Estefanía entró y miró los cuadernos que tenía encima del escritorio. Después se acercó y observó lo que estaba haciendo.
—¡Ve, Kaleth! ¿Vos haciendo tareas a esta hora?
Solté una carcajada.
—¿Qué pasó, pues? ¿Tan raro es verme estudiando?
—Un poquito, no te voy a mentir —contestó, riéndose—. Últimamente vivís metido en problemas y ahora te encuentro haciendo deberes juiciosamente.
—Bueno, mujer, tampoco me humillés así.
Ella se sentó en el borde de la cama y me miró con una sonrisa.
—¿Y a qué se debe este milagro?
Dejé el lápiz sobre el escritorio y me giré hacia ella.
—Te prometí que iba a cambiar, ¿te acordás? Pues quiero empezar a cumplirte. Estoy cansado de hacer embarradas y de preocupar a mi mamá. Y también quiero que vos veás que puedo ser diferente.
Estefanía dejó de sonreír por un instante.
—Kaleth, no tenés que cambiar solamente para impresionarme. Tenés que hacerlo por vos mismo.
—Yo sé, Estefi. Pero tampoco te voy a mentir. Quiero que estés orgullosa de mí.
Me quedé mirándola, intentando encontrar las palabras adecuadas.
—Quiero que algún día me mirés y digás: «Ve, este muchacho sí se lo está tomando en serio». Quiero demostrarte que lo que siento por vos es de verdad y que soy capaz de hacer las cosas bien.
Ella se quedó callada unos segundos.
—Me alegra escucharte decir eso, mi niño. Pero acordate de que cambiar no es hacer las cosas bien durante dos días y después volver a lo mismo. Es una decisión que tenés que mantener.
—Lo voy a hacer, tía. Te lo prometo.
Estefanía se levantó y se acercó al escritorio.
—Bueno, mostrame qué estás haciendo.
Le enseñé el cuaderno y ella comenzó a revisar los ejercicios.
—Este está bien. Pero acá te faltó explicar el procedimiento.
—¿En serio? ¡Ay, no, qué pereza volver a hacerlo!
Ella me miró con una expresión seria.
—¿Y entonces? ¿No que querías cambiar?
Solté una carcajada.
—¡Bueno, pues, mi reina! No me regañés, que ya mismo lo corrijo.
—Así me gusta.
Se quedó un rato ayudándome con las dudas que tenía. Yo estaba feliz, no solamente porque compartía tiempo con ella, sino porque sentía que, por fin, estaba haciendo algo bueno con mi vida.
Cuando terminó de revisar los ejercicios, Estefanía recogió su bolso y caminó hacia la puerta.
—Voy a preparar la comida. Terminá esos deberes y después bajás, ¿bueno?
—Listo, Estefi.
Antes de salir, se giró hacia mí.
—Y, Kaleth, gracias por intentarlo. Me gusta verte así, concentrado en tus cosas.
Parce, esa frase me dejó sonriendo como un bobo durante los siguientes diez minutos.
—¡De nada, mi reina! —le respondí.
Cuando se fue, volví a mirar el cuaderno. Todavía tenía varios ejercicios pendientes, así que me puse a terminarlos sin distraerme con el celular.
Esa noche, mientras cenábamos, mi mamá también se sorprendió al verme hablando de mis deberes y de las clases.
—¿Y este milagro? —preguntó Karol—. ¿Quién sos vos y qué hiciste con mi hijo?
—¡Ay, mamá, qué cansonas son ustedes dos!
Estefanía se rio y yo terminé riéndome también.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía estar tranquilo sin necesidad de salir a tomar ni de buscar distracciones.
No sabía si algún día Estefanía me daría una oportunidad. Eso dependía de ella y de lo que realmente sintiera.
Pero yo iba a seguir esforzándome, estudiando y dejando atrás las malas decisiones.
Porque quería que, cuando ella pensara en mí, no recordara solamente al muchacho que llegaba borracho y se metía en problemas.
Quería que viera al hombre en el que estaba intentando convertirme.
Y, por primera vez, no quería cambiar para olvidar lo que sentía por Estefanía, sino para aprender a quererla sin destruirme en el intento.