Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
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Capítulo 11. Una conversación que Alejandro no debía escuchar
—No puedes aparecer así en mi trabajo, Mateo —dijo Valentina en voz baja.
—Necesitaba verte.
—¿Para qué? ¿Para volver a desaparecer después?
Mateo bajó la mirada.
—Sé que te hice daño. Valentina soltó una risa triste.
—No, Mateo. Tú no sabes lo que significa esperar a alguien que te promete que estará contigo y descubrir que, cuando más lo necesitas, ya no está.
Él se pasó una mano por el cabello.
—Cometí un error.
—Cometiste varios.
Mateo guardó silencio.
—Mi padre se enfermó y tuve que irme. Todo ocurrió muy rápido. No supe cómo explicártelo.
—Podías haberme llamado.
—Lo sé.
—Podías haberme enviado un mensaje.
—Lo sé, Valentina.
—Entonces no me digas que no supiste cómo explicármelo. Simplemente decidiste no hacerlo.
Mateo la miró con tristeza.—¿Hay alguien más?
La pregunta la tomó desprevenida.
—¿Qué?
—¿Estás con alguien?
Valentina negó inmediatamente con la cabeza.
—No. Y aunque lo estuviera, no tendría que darte explicaciones.
Mateo asintió, pero la expresión de su rostro cambió.
—Supongo que llegué demasiado tarde.
—No sé a qué te refieres.
—A que quizá ya no tengo un lugar en tu vida.
Valentina respiró profundamente.
—No puedes regresar después de tantos meses y esperar que todo siga igual.
—No te estoy pidiendo eso. Solo quiero que me des la oportunidad de explicarte las cosas.
Ella iba a responder cuando escuchó una voz detrás de ellos.—Señorita Mendoza, la necesito en mi despacho. Ahora.
Valentina se volvió.
Alejandro estaba de pie junto a la puerta, con el rostro completamente serio.
—Pero, señor, solo estaba…
—¿Tiene algún problema para entender mis instrucciones?
Ella apretó los labios.
—No, señor.
Se volvió hacia Mateo.
—Tengo que regresar al trabajo.
—¿Podemos hablar después?
Valentina dudó unos segundos.
—No lo sé, Mateo.
Se alejó sin despedirse.
Cuando entró en el despacho, Alejandro cerró la puerta.—¿Qué relación tiene con ese hombre?
Valentina lo miró incrédula.
—¿Otra vez con eso?
—Le he hecho una pregunta.
—Y yo le recuerdo que mi vida personal no forma parte de mis funciones.
Alejandro apretó la mandíbula.
Aquella frase le resultaba demasiado familiar.
—No me gusta que los asuntos personales interfieran con el trabajo.
—Entonces puede estar tranquilo. No permitiré que eso ocurra.
Valentina dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Si no necesita nada más, me gustaría regresar a mis funciones.
Alejandro la observó.
Había algo en sus ojos que no había visto antes. No era miedo ni inseguridad. Era decepción.
Y lo peor era que él sabía que la había provocado.
—Puede retirarse —dijo finalmente.
Valentina salió sin mirarlo.
Alejandro permaneció inmóvil.
No tenía derecho a preguntarle quién era aquel hombre.
No tenía derecho a exigirle explicaciones.
Y, sin embargo, la idea de que Mateo pudiera formar parte de su vida le resultaba insoportable.
Se sentó detrás de su escritorio y abrió un documento.
Intentó trabajar.
No pudo.
Finalmente, llamó a su asistente de confianza, Daniel Rivas.
—Necesito que averigües algo.—¿Qué cosa, señor?
Alejandro miró hacia la puerta por la que acababa de salir Valentina.
—Quiero saber quién es Mateo.
Daniel guardó silencio un momento.
—¿El joven que vino a buscar a la señorita Mendoza?
Alejandro levantó la mirada.
—¿Cómo sabes que se llama Mateo?
—Escuché cuando se presentaron en recepción.
Alejandro se recostó en su silla.
—No quiero rumores. Solo información que sea relevante para la seguridad de l empresa.
Daniel conocía a su jefe desde hacía años.
Sabía reconocer cuándo una investigación respondía a una necesidad empresarial y cuándo había algo más detrás. Pero no hizo comentarios.
—Entendido, señor.
Cuando Daniel salió, Alejandro se quedó mirando la ciudad a través de los ventanales.
—¿Qué me estás haciendo, Valentina? —murmuró.
Y por primera vez, la pregunta no le produjo rabia.
Le produjo miedo.