Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.
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Capítulo 1
Capítulo 1. Un corazón que nunca pudo conquistar
—Lucía, ¿lo has pensado bien? ¿De verdad quieres trasladarte al Hospital de Puerto Claro?
Con la solicitud de traslado en las manos, Ramírez la miraba con sorpresa. A Lucía Morales le temblaron las pestañas y esbozó una sonrisa amarga.
—Ya lo decidí.
Ante su determinación, Ramírez dejó escapar un suspiro y terminó firmando la solicitud.
Al salir del despacho, Lucía se encontró en el pasillo con Alejandro Valdés y con Valeria Ortega, que llevaba bata blanca e iba acompañada de su hijo. Se detuvo.
Parecían una hermosa familia de tres.
Valeria caminaba junto a Alejandro, de la mano del pequeño. El niño, radiante, sujetaba con la otra mano la de él. La imagen le dolió a Lucía. Su esposo les dedicaba una paciencia y una ternura que ella nunca había recibido.
Sabía que Alejandro la odiaba. Valeria había sido su primer amor; Lucía solo supo que habían terminado después de hacer un trato con la abuela de él y conseguir casarse con Alejandro, como tanto deseaba. Para él, ella era una mujer sin escrúpulos que había aprovechado su vulnerabilidad y recurrido a otras artimañas para convertirse en su esposa.
Pero había algo que él ignoraba: Lucía había conocido a Alejandro antes de que Valeria lo conociera. Solo que Alejandro ya no la recordaba…
Había creído que, al casarse con él, lograría que se acordara de ella y se ganaría un lugar en aquel corazón frío. Se había equivocado por completo.
Si la odiaba, ¿cómo iba a amarla?
De lo contrario, no llevaría seis años presentándose como soltero ni fingiría no conocerla.
—¿Doctora Morales? —Valeria acababa de verla.
Alejandro frunció el ceño y se quedó mirándola, como si temiera que revelara el vínculo entre ellos. Aquella distancia volvió a herirla, aunque enseguida recuperó la calma.
—Doctora Ortega. Señor Valdés.
Alejandro había comprado recientemente una participación en el Hospital Central y ahora era uno de sus accionistas. Lucía sabía que no lo había hecho por ella, sino por Valeria. Cuando su primer amor regresó al país, él le consiguió un puesto en el hospital: entró directamente como jefa de cirugía.
Todos sabían que contaba con su respaldo. Y Alejandro nunca había desmentido los rumores que circulaban últimamente por el hospital, según los cuales era el novio de Valeria.
Ella se aferró con naturalidad a su brazo.
—No hace falta tanta formalidad, doctora Morales. Usted tiene más experiencia aquí. Yo acabo de llegar y todavía hay cosas que tendré que consultarle.
Antes de que Lucía pudiera responder, el niño abrazó a Alejandro.
—Papá, estoy cansado. ¿Me cargas?
El rostro de Lucía se descompuso.
¿Aquel niño lo había llamado papá?
—Nico, eso no se dice —lo reprendió Valeria, fingiendo enojo. Luego miró a Alejandro con expresión de disculpa—. Perdón, Alejandro. Es pequeño, no entiende.
Él miró de pasada a Lucía, sin mostrar ninguna molestia, y levantó con cuidado a Nicolás Ortega.
—No pasa nada.
—¡Yo quiero mucho a papá Alejandro! —El niño le rodeó el cuello con los brazos y añadió, mimoso—: ¡Ojalá papá Alejandro fuera mi papá de verdad!
—Ay, este niño… —Valeria le dio un toquecito en la cabeza.
Lucía cerró los puños. Nunca había conocido esa faceta tan atenta y cariñosa de su marido. Mejor dejarlo. Por mucho que hiciera, no conseguiría que la amara. Tal vez fuera mejor así.
Contuvo a la fuerza la amargura, pasó junto a los tres y entró en el ascensor.
Lucía no había hecho pública su solicitud de traslado. Tampoco se lo había dicho a Alejandro: no le veía sentido. Quizá él ni siquiera quisiera saberlo.
Condujo hasta la residencia de los Valdés y tocó el timbre. Poco después, Teresa, una de las empleadas de la casa, fue a abrirle.
—Señora, qué bueno que vino.
—¿Está la abuela?
—Sí, doña Beatriz está en casa. Pase, por favor.
Teresa la trataba con mucho respeto. Beatriz era la figura de mayor autoridad de los Valdés y, desde la muerte del abuelo de Alejandro, estaba al frente de todos los asuntos familiares.
Era originaria del sur, de una familia que dominaba los negocios en aquella región. De joven había sido una empresaria decidida y enérgica. Aunque la suegra de Lucía no quería a su nuera, no se atrevía a hacerle la vida difícil delante de Beatriz.
Teresa la condujo al oratorio de la casa. La anciana estaba arrodillada sobre un cojín y pasaba entre los dedos las cuentas de su rosario.
—Doña Beatriz, ha venido la señora Lucía.
La abuela abrió los ojos despacio y volvió la cabeza.
—Ven, siéntate aquí.
Una vez que Teresa se retiró, Lucía se arrodilló a su lado y se persignó con devoción ante la imagen de la Virgen. Beatriz era una mujer religiosa, apegada a las normas de conducta familiar; a menudo se marchaba a una casa de retiros para rezar y se quedaba allí dos semanas.
—Abuela, quiero divorciarme de Alejandro.