Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 1: El precio de una Ducati y el peso del taller
El aire en los vestidores del ala deportiva olía a cloro, linimento y a la testosterona barata de un viernes por la tarde. Sobre los casilleros metálicos, una revista de motociclismo abierta mostraba la joya en cuestión: una Ducati Panigale V2 negra, brillante, obscena, el tipo de capricho que el padre de Dante jamás le compraría con dinero, pero que valía la pena ganar solo para ver la cara de decepción en el despacho de su viejo cuando la estacionara frente a la mansión.
—Diez mil dólares en piezas y fibra de carbono pura si logras que la capitana de voleibol te diga al menos tres palabras seguidas sin que intervenga el instinto de asesinato —soltó Leo, arrojando una toalla húmeda directo al pecho de Dante.
Dante ni siquiera parpadeó. Estaba sentado en la banca, terminando de encintarse las muñecas con movimientos mecánicos, los nudillos marcados por la fricción del balón y los tatuajes del antebrazo tensándose con cada respiración.
—¿Sara Viera? —intervino Bruno desde la esquina, revisando los porcentajes de asistencias en su tablet como si calculara una inversión de riesgo—. Es una pérdida de tiempo. No asiste a las fiestas, no contesta mensajes de desconocidos y su única ruta conocida es de la cancha al taller mecánico de su hermano mayor. No tiene tiempo para jueguitos de ego, Dante.
—Por eso es el reto, idiota —saltó Gabriel, riendo con esa urgencia desbocada que siempre lo metía en problemas—. Si fuera una de las porristas que se le tiran a los zapatos cada vez que cruza la cafetería, no habría apuesta. Queremos ver si el gran Dante Kaelen puede romper el muro de hielo o si su encanto de chico malo se estrella contra una tuerca aflojada.
Dante levantó la vista. Sus ojos oscuros recorrieron a sus tres amigos con una expresión de absoluto aburrimiento, aunque el tic en la comisura de su labio delataba que el desafío ya había encendido la chispa. Para él, las mujeres nunca habían sido un misterio; eran una ecuación simple de impulso y respuesta, un juego de poder donde él siempre tenía el control absoluto. El amor era una mentira que los débiles usaban para justificar su dependencia. Tocar era fácil. Poseer era un deporte.
—¿La fiesta de fin de año deportivo? —preguntó Dante con voz ronca, la garganta seca por el tabaco.
—Ahí es donde tienes que llevarla —respondió Leo con una sonrisa de tiburón—. Y no solo eso. Tienes que besarla frente a todo el campus. Que todos vean cómo la intocable Viera cae redonda. Tienes dos meses.
Dante se puso de pie, su metro noventa recortándose contra la luz fluorescente del pasillo. Se acomodó la campera de cuero sobre los hombros, dejando a la vista el collar de plata fría que colgaba sobre sus clavículas.
—Comiencen a apartar el espacio para la Ducati —dijo sin una pizca de duda—. Esa chica va a estar rogando por ir conmigo antes de que acabe el semestre.
A doscientos metros de ahí, el ambiente era radicalmente distinto.
El taller mecánico olía a aceite quemado, gasolina y metal caliente. Sara limpiaba la grasa de sus manos con un trapo viejo, con el cabello sujeto en un desprolijo rodete que dejaba al descubierto su cuello delgado y firme. A su lado, su hermano mayor, Mateo, apretaba una tuerca con una llave francesa mientras se secaba el sudor de la frente con el antebrazo.
—Mara volvió a llamarte, Sara —dijo Mateo sin levantar la vista de la culata del motor—. Dice que este año deberías ir a la maldita fiesta de fin de año de la facultad. Tienes veintidós años. Te pasas el día entre las bancas de ingeniería y este maldito lugar.
Sara dejó caer el trapo sobre la mesa de trabajo con un golpe seco. Su mandíbula se tensó, marcando esa línea dura que la caracterizaba.
—No tengo tiempo para perderlo en ceremonias estúpidas donde los idiotas de la facultad de deportes van a emborracharse y presumir sus trofeos —respondió con voz cortante, aunque sus ojos ámbar reflejaban un cansancio profundo—. Que vayan los que tienen la vida arreglada. Yo tengo que pagar la refacción del elevador hidráulico antes del lunes, Mateo.
—No te pido que te cases con nadie, solo que respires un poco de aire que no tenga plomo —insistió su hermano con una sonrisa comprensiva, dejando la herramienta a un lado para mirarla con fijeza—. Te estás consumiendo aquí, y lo sabes.
Sara se cruzó de brazos, ignorando el nudo que se le formaba en el estómago. No respondió. Se volvió hacia la motocicleta, apretando los dientes, sin imaginar que en el otro extremo del campus, el capitán de básquet ya tenía su nombre en la mira.