Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.
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Capítulo 10: La sombra diplomática y el vuelo invisible
La llovizna helada de Manhattan se transformaba en aguanieve cuando un sedán negro de vidrios polarizados y placas diplomáticas rojas frenó sin hacer ruido junto a la acera de la Quinta Avenida.
La puerta trasera se abrió antes de que el vehículo terminara de detenerse. Antony Harrington bajó de un salto, empuñando un paraguas oscuro con el que cubrió de inmediato la figura empapada de Antonella. Detrás de él, en el interior calefaccionado del auto, Bianca esperaba con los ojos desorbitados por la angustia y una manta de lana gruesa entre los brazos.
—Sube, rápido —ordenó Antony con una voz que había perdido cualquier rastro de indolencia británica, sustituida por la precisión marcial de quien conoce los protocolos de extracción de emergencia.
Antonella se deslizó en el asiento trasero. Bianca la envolvió de inmediato en la manta, rodeándola con un abrazo tan apretado que el aire contenido en el pecho de Antonella salió en un sollozo seco que no llegó a convertirse en llanto.
—Estás a salvo, Anto. Ya estás con nosotros —susurró Bianca, apartándole con cuidado los mechones mojados que se le pegaban a las mejillas frías—. Antony movió todo en cuanto colgaste.
El vehículo arrancó con suavidad, esquivando el tráfico pesado hacia el este. Antony ocupó el asiento del copiloto, girándose hacia atrás para evaluar a su amiga con ojos clínicos.
—Tu padre no tardó ni quince minutos en mover sus fichas —dijo Antony, mostrando la pantalla de una tableta encriptada—. Hace diez minutos se emitió una alerta confidencial en la red bancaria privada: las cuentas vinculadas al fideicomiso Belmont están intervenidas y tus tarjetas corporativas fueron canceladas por presunto extravío. Y lo que es peor: dos agencias de seguridad privada contratadas por Richard Belmont acaban de apostar camionetas en tu apartamento de Greenwich Village y en las terminales comerciales de JFK y Newark. Te están buscando como si fueras una fugitiva de cuello blanco.
Antonella apretó la manta contra su pecho, sintiendo el crujido del certificado de Nevada en el bolsillo interior de su chaqueta.
—Les arrojé el acta de matrimonio en la cara —dijo ella, con una calma tan gélida que Bianca contuvo el aliento—. Les dije que me casé con un taxista en Las Vegas. La cara de mi padre se desencajó como si hubiera visto caer un misil en su sala de juntas. Me desconoció como hija, me despojó de todo y me juró que no conseguiría empleo ni de cajera en este país.
Bianca soltó una maldición impropia de su carácter suave.
—¡Es un monstruo! Vender a su propia sangre por acciones de una empresa automotriz...
—Eso ya no importa —cortó Antony con frialdad ejecutiva—. Lo que importa es que tu padre y ese viejo Arthur Prescott subestimaron dos cosas: tu inteligencia y la red diplomática de la Corona británica. No vamos a ningún aeropuerto comercial, Antonella. No pasarás por los controles de aduanas de los Estados Unidos ni dejarás huellas digitales en los sistemas de la TSA.
—¿A dónde vamos, Antony?
—Al aeródromo militar de Teterboro. Mi padre, el cónsul, autorizó un vuelo oficial de valija diplomática que parte hacia Londres dentro de cuarenta minutos para transportar documentación reservada de la embajada. Como agregada de la misión cultural británica —Antony extrajo de una carpeta de cuero un pasaporte oficial azul marino con el escudo de armas real y una credencial sellada—, abordarás ese jet bajo inmunidad soberana. Ningún guardia de tu padre, ningún inspector federal y ningún sabueso de los Prescott tiene jurisdicción para revisar ese avión ni exigir el manifiesto de pasajeros.
Antonella tomó el pasaporte entre sus manos. Sus dedos temblaban levemente al acariciar la cubierta dorada.
—Antony... si descubren esto, tu padre podría tener problemas diplomáticos.
Antony esbozó una sonrisa aristocrática, arrogante y afilada como un florete.
—Mi padre detesta a Arthur Prescott desde que intentó presionar a la cancillería por unos astilleros en el Mar del Norte hace diez años. Firmó esta autorización con una sonrisa de oreja a oreja. Además, en Londres te espera un departamento discreto en Kensington que pertenece a mi familia y una oferta formal de empleo en una administradora de fondos de cobertura en Mayfair que no responde a Wall Street. Te daremos una nueva vida, Antonella. Pero una vez que esa compuerta se cierre, no podrás volver a pisar suelo estadounidense hasta que seas lo bastante poderosa para que no puedan tocarte.
Antonella miró a través de la ventanilla empapada de lluvia. A lo lejos, la silueta gris de Manhattan parecía desvanecerse como un decorado de cartón piedra. El dolor del desprecio de sus padres aún le ardía en la carne, pero debajo de la herida crecía un acero indestructible.
—No voy a volver como una víctima, Antony —aseguró con voz firme—. Si vuelvo algún día, será para comprar sus imperios por un centavo y verlos doblar la rodilla.
Bianca le apretó la mano, sellando la promesa con una mirada cargada de orgullo y complicidad.
A casi cuatro mil kilómetros de distancia, en el piso cuarenta y dos del hotel en Las Vegas, la tormenta despertaba con un estruendo muy diferente.
Andrew Prescott abrió los ojos despacio. El brazo derecho buscó instintivamente la calidez del cuerpo de Antonella sobre las sábanas, pero solo encontró la frialdad del lino arrugado.
Se incorporó de golpe, con los sentidos alerta como los de un depredador que huele el peligro.
—¿Antonella?
El silencio de la suite fue la primera respuesta. El baño estaba vacío, la ducha seca y la puerta del vestidor entreabierta. La maleta de lona había desaparecido.
Andrew saltó de la cama con el ceño fruncido y los músculos tensos. Al acercarse a la mesa de noche, se detuvo en seco. Sobre la madera pulida, colocado con una precisión humillante bajo un vaso de agua vacío, reposaba un fajo impecable de cien billetes de cien dólares. Diez mil dólares exactos. Y a su lado, la carpeta dorada del condado de Clark ya no estaba.
Se había llevado el acta de matrimonio legal. Y le había dejado su paga de chofer.
—Maldita insensata... —masculó Andrew entre dientes, pasándose una mano por el cabello con furia contenida.
No necesitó más de tres segundos para deducir la catástrofe que ella estaba a punto de desatar. Antonella había tomado el primer vuelo comercial de la mañana hacia Nueva York con el papel en la mano para lanzárselo a la cara a Richard Belmont. Creía que con eso se libraba del compromiso; no tenía la más remota idea de que estaba firmando su propia sentencia de guerra contra dos de los clanes más despiadados de la costa este.
Ella no sabía que el "taxista" con el que se había casado era el mismo hombre que su abuelo Arthur estaba esperando en el sótano de Wall Street.
Andrew tomó su teléfono satelital, desactivó el modo avión y el aparato comenzó a vibrar como si fuera a estallar: cuarenta y dos mensajes de texto, cincuenta llamadas perdidas y una alerta roja de la oficina de seguridad de Prescott Global.
Marcó directamente a la línea privada de su abuelo. Arthur Prescott atendió al primer tono, con una voz que sonaba como grava triturada.
—¿Estás muerto o simplemente decidiste destruir cien años de reputación familiar en un solo día, Andrew? —espetó el anciano sin mediar saludo.
—Estoy en Las Vegas, abuelo. Y más te vale escucharme con mucha atención antes de que muevas un solo dedo —respondió Andrew, con una autoridad que rara vez utilizaba contra el patriarca—. ¿Qué pasó en Nueva York?
—La mocosa de los Belmont apareció hace dos horas en la mansión de su padre —relató Arthur con un veneno corrosivo—. Armó un escándalo grotesco. Le arrojó a Richard un certificado de matrimonio diciendo que se casó con un muerto de hambre en Nevada para no poner un pie en mi casa. Richard la desconoció en el acto, la desheredó y la echó a la calle como a una vagabunda. Yo acabo de revocar todas las líneas de crédito del Grupo Belmont. Los voy a quebrar antes de que termine el trimestre fiscal por este insulto.
A Andrew se le heló la sangre en las venas.
La echaron a la calle.
La imagen de Antonella sola, sin dinero, perseguida por los guardias de su padre y despojada de su nombre por una mentira que él mismo había alimentado, le desgarró el pecho como una garra al rojo vivo.
—Detén la cacería de inmediato, Arthur —rugió Andrew, y el tono de su voz hizo que el anciano al otro lado de la línea guardara un silencio tenso por primera vez en años—. Cancela a los investigadores y no toques un solo activo de los Belmont hasta que yo llegue.
—¿De qué estás hablando, muchacho? ¿Por qué defiendes a esa malagradecida?
Andrew respiró hondo, mirando el fajo de diez mil dólares sobre la mesa y la sombra vacía en las sábanas donde ella había dormido entre sus brazos.
—Porque ese taxista de Las Vegas con el que se casó... era yo.
El silencio al otro lado de la línea fue tan sepulcral que pareció congelar la señal satelital.
—¿Qué... dijiste? —la voz de Arthur Prescott tembló por un milisegundo, algo inaudito en el Lobo de Acero.
—Tuviste la brillante idea de entrar solo al sótano y su abuelo le dijo que tú eras el novio. Creyó que la iban a casar con un anciano al borde de la tumba, huyó despavorida y se subió al auto que yo acababa de comprar en la calle. No le dije quién era. Me siguió el juego, nos casamos anoche bajo la ley de Nevada y esa mujer es legalmente mi esposa.
—¡Pedazo de imbécil! —estalló el anciano, aunque en su rugido se mezclaba una furia monumental con una pizca de perverso asombro—. ¡Hiciste que desterraran a la heredera de nuestro consorcio creyendo que era una deshonra! ¡Richard Belmont la expulsó pensando que es una ramera!
—Prepara mi helicóptero en Teterboro —cortó Andrew, vistiéndose a toda velocidad con la camisa negra y arrojando el dinero dentro de su maletín de cuero—. Voy para allá. Y si Richard Belmont o sus matones le tocaron un solo pelo a Antonella, no va a quedar nada de su maldito banco cuando termine con ellos.
Dos horas después, sobre la pista secundaria de Teterboro, las turbinas del jet ejecutivo británico comenzaron a rugir en medio de la tormenta.
Antonella, sentada junto a la pequeña ventanilla ovalada, vio cómo la silueta de Antony y Bianca se desvanecía detrás de los reflectores del hangar privado. Tenía el pasaporte diplomático en el regazo y los ojos secos, fijos en la pista que se aceleraba bajo el fuselaje.
El tren de aterrizaje se despegó del asfalto. El avión cortó la capa densa de nubes grises, elevándose hacia los cielos negros del Atlántico Norte.
Abajo, Manhattan se convirtió en un puñado de brasas distantes que se apagaban en la oscuridad. Antonella se llevó una mano al bolsillo de su chaqueta y apretó con fuerza la pequeña arandela de goma negra que guardaba como único recuerdo de una noche de neón, mentiras y fuego.
No sabía que a esa misma hora, los radares corporativos de Nueva York ardían buscando su rastro en vano, ni que el hombre al que creyó un chofer audaz acababa de poner en jaque a la dinastía más poderosa del país para encontrarla.
Antonella cerró los ojos, dejando que el rugido de los motores la arrullara hacia un abismo de cinco mil kilómetros de distancia.
Estaba libre. Estaba desterrada.
Y el mundo que dejaba atrás estaba a punto de estallar en llamas sin que ella pudiera imaginarlo.