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Vínculos De Sangre Y Seda

Vínculos De Sangre Y Seda

Status: En proceso
Genre:Romance / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:627
Nilai: 5
nombre de autor: Den Arg

En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.

Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.

Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.

NovelToon tiene autorización de Den Arg para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 12: EL FUEGO DE NEWARK

El convoy de camionetas negras y vehículos blindados de los Romano atravesó los túneles que conectaban Brooklyn con Nueva Jersey a una velocidad vertiginosa. Las sirenas silenciosas y los destellos intermitentes de las luces de emergencia en los salpicaderos advertían a los conductores civiles que debían apartarse del camino. En el interior del vehículo principal, la atmósfera era un estudio de concentración táctica y furia contenida.

Matteo iba sentado en el asiento trasero, revisando una tablet blindada donde las cámaras de seguridad del almacén de Newark proyectaban imágenes en bucle del momento de la explosión. La detonación había sido quirúrgica, calculada al milímetro para destruir el sistema de videovigilancia principal sin comprometer la estructura de los contenedores adyacentes.

A su lado, Elena guardaba silencio. Llevaba aún el vestido midi azul marino con el que se había presentado ante los capitanes horas antes, un recordatorio visual de que la transición entre la alta sociedad y el campo de batalla había sido instantánea.

—No tenías que subir al vehículo, Elena —dijo Matteo sin apartar los ojos de la pantalla, con un tono neutro pero firme—. Podías haberte quedado en la casona bajo la guardia de Gabriel.

Elena giró el rostro para mirarlo. Los ojos verdes brillaban con una intensidad fría y decidida.

—¿Y quedarme encerrada en esa jaula de oro esperando noticias mientras las familias deciden mi destino? —respondió ella con voz serena pero tajante—. Soy la señora Romano ahora, Matteo. Si hay una guerra en ciernes sobre las rutas que se firmaron en mi nombre, tengo el derecho y la obligación de ver la realidad de frente, no a través de un informe redactado por tus hombres.

Matteo detuvo el movimiento de sus dedos sobre la pantalla. Giró la cabeza para sostenerle la mirada y, por un instante, una leve sombra de respeto cruzó por sus oscuros ojos.

—Que no se te olvide llevar puesta esa misma armadura cuando lleguemos al puerto —respondió Matteo con sequedad, volviendo a concentrarse en los planos tácticos—. Newark no es una sala de reuniones de Brooklyn. Es la zona cero.

El complejo logístico de Newark abarcaba hectáreas de muelles, grúas gigantescas y hileras interminables de contenedores metálicos apilados bajo el cielo gris del atardecer. Cuando el convoy de los Romano cruzó los portones principales, el olor a salitre, combustible quemado y metal caliente inundaba el ambiente.

Los bomberos locales ya habían extinguido el conato de incendio provocado por la carga explosiva en el sector C-4. La garita de control de acceso estaba reducida a hierros retorcidos y cristales rotos. Varios soldados de la guardia de los Romano patrullaban el perímetro con fusiles de asalto ocultos bajo sus abrigos, manteniendo a raya a cualquier curioso.

El vehículo se detuvo con un chirrido de neumáticos junto a los restos humeantes de la garita. Gabriel abrió la puerta y Matteo descendió primero, seguido de cerca por Elena. El viento frío del estuario soplaba con fuerza, agitando el cabello castaño de la joven mientras caminaba sobre los fragmentos de vidrio esparcidos en el suelo.

—Informe, Gabriel —ordenó Matteo, avanzando hacia el capitán encargado de la zona.

—Los explosivos utilizados fueron cargas C-4 de uso militar, no dinamita callejera ni artefactos caseros —informó Gabriel con precisión quirúrgica, entregándole a Matteo una pequeña esquirla metálica recogida del suelo—. Y los tres contenedores sustraídos no contenían mercancía general ni textiles. Estaban catalogados bajo registro especial de importación directa desde los puertos del Báltico.

El rostro de Matteo se ensombreció aún más. Los contenedores del Báltico no formaban parte de las rutas habituales de contrabando local; correspondían a un cargamento de componentes electrónicos avanzados y tecnología de cifrado que los Romano utilizaban para negociar con socios internacionales de alto nivel.

—¿Alguien vio a los operarios o los vehículos de transporte? —preguntó Matteo, examinando la esquirla metálica.

—Los ladrones sabían exactamente el cambio de turno —intervino un capitán de la sección de Newark, con el rostro sudoroso y tenso—. Entraron en dos camiones con placas falsas de una empresa de distribución de alimentos, neutralizaron las cámaras con un pulso electromagnético portátil en cuestión de tres segundos y cargaron los contenedores en las plataformas antes de que la garita pudiera activar la alerta silenciosa. Esto no fue un robo al azar, Matteo. Fue un golpe milimétrico ejecutado por profesionales.

En ese momento, Elena, que había estado caminando unos metros más atrás inspeccionando los restos de la garita destruida, se detuvo junto a una de las paredes de contención de hormigón donde la onda expansiva había dejado marcas de hollín. Su mirada se fijó en un detalle que los hombres de seguridad habían pasado por alto en la prisa por asegurar el perímetro.

Se inclinó ligeramente y recogió un pequeño objeto metálico que brillaba tenuemente entre la gravilla mojada.

—Matteo —llamó Elena con voz clara, levantándose y sosteniendo el objeto entre las yemas de sus dedos.

Matteo y Gabriel se giraron de inmediato. El heredero de los Romano caminó hacia ella a zancadas y extendió la mano para recibir la pieza. Era un pequeño pin de solapa fabricado en plata vieja, con el diseño grabado de un halcón cerniéndose sobre una corona de laurel: el emblema distintivo de los cárteles y mercenarios de la vieja guardia siciliana que operaban en el sur de Italia.

Matteo examinó el pin con una fijeza letal. Los músculos de su mandíbula se tensaron hasta marcarse con fuerza.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó en un murmullo grave.

—Estaba semienterrado en la base del muro, justo en el ángulo ciego donde el pulso electromagnético no alcanzó a apagar una de las cámaras secundarias de la parte alta —explicó Elena con absoluta calma, sosteniéndole la mirada

—. Los hombres que robaron esos contenedores no son locales ni facciones independientes. Son la vieja guardia de Palermo... los leales al clan de los Barzini que creíamos exterminados en los noventa.

Gabriel frunció el ceño, incrédulo.

—¿Los Barzini? Creíamos que tras la caída de su capo en Sicilia, los sobrevivientes se habían dispersado por Europa del Este.

—No se dispersaron; se reagruparon —respondió Matteo con una frialdad glacial, guardándose el pin metálico en el bolsillo de su saco—. Y alguien en Nueva York los acaba de invitar a cenar a nuestra casa.

Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Comprendió con absoluta claridad que la tregua firmada en la catedral y la eliminación de su hermano Marco no habían sido más que el prólogo de una tormenta mucho mayor. Alguien estaba utilizando la aparente debilidad del matrimonio entre los Romano y los Moretti para abrir las puertas de la ciudad a una facción extranjera dispuesta a arrasar con todo.

Matteo se giró hacia Gabriel con una autoridad implacable.

—Moviliza a los contactos en Nápoles y Palermo. Quiero el registro completo de cada miembro de la familia Barzini que haya pisado suelo norteamericano en los últimos sesenta días —ordenó Matteo sin titubear—. Y duplica la seguridad en todas las rutas de importación de Brooklyn y Queens. La paz se terminó.

Miró luego a Elena, que permanecía erguida frente al viento helado de Newark, y dio un paso hacia ella.

—¿Sigues pensando que fue buena idea subir al coche, Elena? —preguntó él en voz baja, con una mezcla de advertencia y profunda fascinación.

Elena levantó la barbilla, sin ceder un solo centímetro ante la sombra de la guerra que se avecinaba.

—Nunca he tenido tanta certeza de estar en el lugar correcto, Matteo —respondió ella con una firmeza que resonó por encima del ruido del puerto—. Si van a quemar este imperio, prefiero ver las llamas desde adentro que enterarme por los periódicos.

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