En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 11: LA PRIMERA MAÑANA EN EL IMPERIO ROMANO
Los primeros rayos de sol de la mañana atravesaban los pesados cortinajes de terciopelo burdeos de la suite nupcial, proyectando líneas doradas sobre el suelo de roble oscuro. Elena abrió los ojos despacio, desorientada por un instante antes de que la realidad la golpeara con la fuerza de un martillo: ya no estaba en su estudio de Long Island, rodeada de sus lienzos y la relativa paz de su antiguo hogar. Estaba en el corazón de la casona Romano, en Brooklyn, convertida oficialmente en la esposa de Matteo.
Se incorporó en la gran cama con dosel, frotándose las sienes. El vestido de novia de seda Mikado reposaba doblado con pulcritud sobre un sillón al fondo de la habitación, convertido ya en una reliquia del día anterior. Se puso de pie y caminó en silencio hacia el baño principal, donde una ducha de agua templada ayudó a calmar el nudo de tensión que sentía en la boca del estómago.
Al salir envuelta en una bata de baño de tono marfil, escuchó un ruido tenue proveniente del estudio contiguo. La puerta estaba entreabierta. Elena se detuvo un segundo y empujó el panel de madera con la punta de los dedos.
Matteo ya estaba vestido. Llevaba un traje de sastre gris oscuro impecable, con la corbata perfectamente ajustada y las mangas de la camisa ligeramente arremangadas mientras revisaba unos documentos en la pantalla de su ordenador portátil. Sobre la mesa auxiliar descansaba una taza de espresso humeante. No había ni rastro de cansancio en su rostro; proyectaba la misma concentración implacable de un ejecutivo que lleva horas analizando el mercado antes de que abra la bolsa.
—Buenos días —dijo Matteo sin apartar los ojos de la pantalla, como si supiera exactamente el momento en que ella había entrado en la habitación.
Elena se cruzó de brazos, apoyándose contra el marco de la puerta.
—Madrugas demasiado para ser el primer día de recién casados —respondió ella con un tono de ironía velada.
Matteo detuvo el movimiento de sus dedos, giró la silla de cuero y la miró fijamente. Sus oscuros ojos recorrieron la silueta de Elena con una calma evaluadora antes de detenerse en su rostro.
—En este negocio no existen los días de descanso, y mucho menos las lunas de miel —contestó Matteo con voz grave—. Los capitanes de las facciones del sur ya están pidiendo reuniones para discutir el control de las nuevas rutas de importación en Newark. El mundo exterior no se detiene porque nos hayamos casado ayer.
—No esperaba menos —replicó Elena, dando un paso hacia el interior del estudio—. No vine a buscar una luna de miel, Matteo. Vine a ocupar el lugar que me impusiste en este tablero.
Una sombra de lo que parecía una ligera diversión cruzó por los labios de Matteo. Se puso de pie con parsimonia y caminó hacia ella, deteniéndose a escasa distancia.
—Me gusta que lo tengas claro —dijo en un murmullo bajo—. Hoy a las dos de la tarde habrá una comida oficial en el comedor principal con los jefes de sección y sus esposas. Es tu presentación formal ante el círculo interno de los Romano. Quieren ver a la mujer que logró sellar la paz con los Moretti.
Elena levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada sin mostrar la menor señal de intimidación.
—Estaré lista. No les daré el gusto de verme como una prisionera asustada.
—No tenía la menor duda de ello —asintió Matteo, tomando su chaqueta del respaldo de la silla—. Tengo que salir al puerto a revisar los contenedores de carga que llegaron esta madrugada. Gabriel se quedará en la casona con un equipo asignado a tu disposición. Si necesitas algo, la casa es tuya.
Sin añadir una sola palabra más, Matteo pasó a su lado, rozando ligeramente el hombro de Elena con el suyo, y salió del estudio rumbo al ascensor privado.
A las dos de la tarde en punto, el gran comedor de la planta baja de la casona Romano hervía en una actividad contenida. Doce personas —los capitanes más influyentes del clan junto a sus respectivas esposas— ocupaban la mesa de caoba, charlando en voz baja y observando con curiosidad disimulada el asiento principal que aún permanecía vacío a la derecha de Don Vincenzo.
Don Vincenzo presidía la mesa con su habitual expresión pétrea, apoyando las manos sobre el bastón de ébano. A su lado, Matteo acababa de sentarse, manteniendo el rostro sobrio y distante.
Las puertas dobles del comedor se abrieron y Elena hizo su entrada.
Había elegido un vestido midi de corte estricto en tono azul marino, de mangas largas y cuello alto, acompañado por unos discretos zapatos de tacón negro. Llevaba el cabello castaño recogido en un peinado pulcro y elegante que realzaba la línea de su cuello. Su andar era sereno, con la espalda recta y una expresión de fría serenidad que imponía respeto de inmediato.
Todos los murmullos en la mesa cesaron al instante. Las esposas de los capitanes la observaban con una mezcla de envidia, evaluación y cautela; sabían perfectamente de dónde venía y qué representaba esa unión.
Elena caminó sin prisa hasta el asiento asignado, justo al lado de su esposo. Matteo se puso brevemente de pie para retirarle la silla, un gesto de cortesía tradicional que no pasó desapercibido para nadie en la sala.
—Bienvenida a la mesa de la familia, Elena —dijo Don Vincenzo con su voz ronca y dominante, rompiendo el silencio inicial—. Espero que el servicio de la casona esté a la altura de lo que estabas acostumbrada en Long Island.
—Gracias, Don Vincenzo —respondió Elena con voz clara y templada, acomodándose la servilleta de tela sobre el regazo—. La casona tiene una historia fascinante... aunque el ambiente es considerablemente más pesado que el de mi antiguo estudio.
Un murmullo de asombro contenido recorrió algunos extremos de la mesa. Nadie, ni siquiera los capitanes más veteranos, solía responderle al patriarca con semejante mezcla de elegancia y desafío sutil.
Don Vincenzo frunció el ceño por una fracción de segundo, pero luego una sonrisa seca y desprovista de calidez apareció en las comisuras de sus labios arrugados.
—El peso de este hogar lo sostienen los cimientos, muchacha —repuso el viejo patriarca—. Y los cimientos aquí se construyen con cemento y sangre. Espero que tus manos sean lo suficientemente fuertes para soportarlo.
—Mis manos han sostenido cosas mucho más frágiles y complejas que un imperio criminal, Don Vincenzo —contestó Elena con absoluta naturalidad, sirviéndose un poco de agua en la copa de cristal.
Matteo, a su lado, desvió la mirada hacia ella. En sus oscuros ojos brillaba una chispa de profunda aprobación que intentó ocultar rápidamente tomando su propia copa de vino.
El banquete transcurrió entre platos de cocina italiana y conversaciones controladas sobre los negocios del puerto, las licencias de importación y la estabilidad de las fronteras territoriales. Las esposas de los capitanes intentaron en varios momentos arrastrar a Elena a conversaciones triviales sobre la alta sociedad o los eventos benéficos de Manhattan, pero Elena respondió con la justa medida de educación y distancia, dejando claro que no era una mujer moldeable a capricho.
Hacia el final del almuerzo, cuando los criados retiraban los platos principales y servían el café, la puerta lateral del comedor se abrió de manera imprevista.
Un joven soldado de seguridad de la guardia exterior entró apresuradamente con el rostro pálido y la respiración agitada. Se acercó a pasos rápidos hacia Gabriel, que custodiaba la esquina de la estancia, y le susurró algo al oído con urgencia extrema.
El rostro de Gabriel se endureció al instante. Cruzó una mirada rápida con Matteo y dio dos pasos al frente.
—Matteo —interrumpió Gabriel en voz alta, rompiendo el protocolo de la reunión—. Acaban de reportar una incidencia en el almacén secundario de Newark.
Don Vincenzo dejó caer la taza de café sobre el platillo con un golpe seco.
—¿Qué clase de incidencia? —preguntó el patriarca con voz de trueno.
—Un grupo desconocido atacó la garita de control de acceso hace quince minutos —informó Gabriel con absoluta frialdad táctica—. Usaron explosivos plásticos para volar la puerta trasera. No hay bajas de nuestros hombres porque el turno acababa de rotar, pero se llevaron tres contenedores específicos de la zona de tránsito internacional.
El comedor entero quedó sepultado en un silencio de muerte. Los capitanes se miraron unos a otros con expresiones de alarma contenida. Un ataque directo a los almacenes de Newark justo el día después de la boda y tras el exilio de Marco significaba una sola cosa: la tregua había sido desafiada abiertamente.
—¿Fueron los colombianos? —preguntó uno de los capitanes mayores, golpeando la mesa con los nudillos.
—Negativo —respondió Gabriel, mirando de reojo a Matteo—. Los metadatos de las cámaras de seguridad destruidas muestran tácticas que no pertenecen a los cárteles sudamericanos. Es un mensaje directo.
Matteo se puso lentamente de pie. Su rostro se había transformado en una máscara de hielo puro; la calma ejecutiva había dado paso al ejecutor letal que gobernaba las sombras de la ciudad. Miró a su padre y luego a los capitanes.
—La paz duró exactamente veinticuatro horas —dijo Matteo con una voz tan baja y gélida que hizo temblar el aire de la sala—. Preparen los vehículos y movilicen a las células de respuesta rápida. Vamos a Newark.
Elena observó a Matteo desde su asiento. Vio cómo la tensión de su cuerpo se convertía en pura energía contenida para la batalla. Comprendió en ese instante que el mundo al que acababa de unirse mediante un contrato matrimonial nunca le permitiría un solo día de tregua real.
La guerra había vuelto a tocar las puertas del imperio Romano, y esta vez, ella estaba atrapada en el centro exacto del fuego cruzado.