Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.
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Capítulo 22: El filo de los siete días
El calor de los dedos de Andrew pareció quedarse grabado a fuego sobre la piel de Antonella mucho después de que él retirara la mano.
La puerta del patio trasero se abrió con un chirrido suave y Patrick entró corriendo a la sala, ajeno a la tormenta que acababa de sellar el destino de su familia. Llevaba una manzana a medio morder en la mano izquierda y la cara manchada de jugo dulce.
—¡Drew! —exclamó el pequeño, corriendo directo hacia las piernas del magnate—. La tía Bianca me dio una manzana roja. ¿Quieres la mitad?
Andrew bajó la mirada hacia su hijo. En una fracción de segundo, la frialdad implacable con la que acababa de dictar su ultimátum se derrumbó por completo. Se inclinó, apoyando una mano sobre su propia rodilla para quedar a la altura del niño, y le dedicó una sonrisa limpia, desprovista de cualquier arrogancia corporativa.
—Guárdate la manzana para ti, campeón —dijo Andrew, acariciándole el cabello oscuro con una torpeza que delataba lo nuevo que era todo esto para él—. Los pilotos de carreras necesitan energía para ganar.
Patrick asintió con una seriedad cómica y metió la mano libre en el bolsillo de su suéter, asegurándose de que el pequeño taxi amarillo siguiera en su sitio.
—¿Cuándo me vas a enseñar a mover el caballo como en Oxford? —preguntó el niño, clavando sus ojos dorados en los de su padre.
Andrew levantó la vista hacia Antonella. La sostuvo con la mirada unos segundos interminables, dejando que ella leyera la promesa tácita que ardía en sus pupilas antes de responderle al pequeño:
—Muy pronto, Patrick. Más pronto de lo que tu mamá cree.
Se puso de pie con elegancia, cuadró los hombros y caminó hacia el recibidor. Tomó su abrigo negro del perchero, se lo colocó sobre los hombros sin prisas y abrió la puerta principal. El viento fresco de la mañana entró al corredor, trayendo el murmullo lejano de la ciudad.
—El reloj ya está corriendo, Antonella —dijo Andrew antes de cruzar el umbral, sin girarse a mirarla—. Siete días. No me obligues a comprar Mayfair.
El chasquido del cerrojo al cerrarse tras él sonó como el inicio de una cuenta regresiva implacable.
Treinta minutos más tarde, el despacho del primer piso olía a tabaco de pipa y a tensión contenida.
Antony Harrington permanecía sentado detrás de su escritorio de caoba, con las mangas de la camisa arremangadas y la pantalla de su terminal financiera parpadeando con gráficos en tiempo real. Frente a él, Antonella caminaba de un lado a otro sobre la alfombra persa, abrazándose a sí misma con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. En la esquina, Bianca sostenía una taza de té que nadie había tocado, observando a su amiga con el alma en un hilo.
—No puede comprar St. James Capital —dijo Antonella por tercera vez, con la voz entrecortada por la desesperación—. Es una firma británica tradicional, protegida por fideicomisos locales. No está en la bolsa pública de Nueva York.
Antony levantó la vista de la pantalla. Su semblante, habitualmente distendido por la diplomacia aristocrática, estaba ensombrecido por una gravedad que Antonella jamás le había visto.
—Antonella... mira esto —dijo Antony en voz baja, girando el monitor hacia ella.
Antonella se inclinó sobre la mesa. Lo que vio en los balances de transacciones transatlánticas le heló la sangre en las venas.
—Prescott Global no necesita comprar la firma entera —explicó Antony con frialdad quirúrgica—. Durante las últimas cuarenta y ocho horas, una serie de empresas pantalla con sede en Delaware y Zúrich adquirieron el treinta y cuatro por ciento de la deuda sindicada de los socios mayoritarios de St. James. Andrew tiene el control sobre la liquidez del banco custodio. Si él aprieta el gatillo financiero el viernes por la mañana, la junta directiva no solo te despedirá para salvar sus cuellos; te entregarán con honores y le pedirán disculpas a Wall Street por haberte dado refugio.
Antonella cayó sentada en el sillón de cuero frente al escritorio, sintiendo que el aire se negaba a entrar en sus pulmones.
—Lo calculó todo —susurró, con un hilo de voz—. No vino a negociar. Vino con la soga preparada.
Bianca se arrodilló a su lado, tomándole la mano con fuerza.
—Anto, hablemos con la verdad —intervino Bianca con suavidad, mirándola a los ojos—. Olvídate por un segundo del orgullo, de tu padre y de la humillación de ese taxi. ¿Viste cómo Patrick lo miró? Ese niño nunca se ha sentido intimidado por nadie, pero con Andrew... era como si estuviera mirándose en un espejo gigante. Le ofreció su manzana, Anto. Patrick no le da su comida a ningún extraño.
—¡Porque le mentí durante cuatro años! —estalló Antonella, con las lágrimas ardiéndole en los párpados—. Le conté la historia de un chofer valiente, de un hombre libre que manejaba por el desierto... ¡y resulta que ese hombre es el dueño de la corporación más sanguinaria de Manhattan! ¡El nieto de Arthur Prescott! ¿Cómo se supone que viva bajo el mismo techo que el hombre que engañó mi desesperación para meterme en su cama?
Antony cerró la portátil con un golpe seco. Se reclinó en su asiento y apoyó los codos sobre los apoyabrazos, clavando su mirada perspicaz en ella.
—¿Y qué vas a hacer, Antonella? —preguntó el británico con una calma lapidaria—. ¿Vas a pelear contra él en los tribunales de Londres? Te lo advierto como abogado diplomático: Andrew Prescott no es Richard Belmont. Si vamos a juicio por la custodia, él filtrará el acta de Nevada a la prensa. Los tabloides británicos y los periódicos de Manhattan convertirán la vida de Patrick en un circo mediático. Habrá fotógrafos acampando en la puerta de la escuela, peritos psicológicos interrogando al niño sobre quién es su padre y un juez ordenando pruebas genéticas públicas.
Antonella cerró los ojos con fuerza. La sola imagen de Patrick asustado, rodeado de flashes y micrófonos, le desgarraba las entrañas.
—No voy a permitir que destruyan su infancia —murmuró, con la voz quebrada.
—Entonces cambia de estrategia —sentenció Antony, inclinándose hacia adelante—. Llevas cinco años huyendo de una jaula de oro creyendo que eras una fugitiva desterrada. Pero ya no eres la muchacha ingenua de veintidós años a la que su padre podía arrinconar. Eres una de las mejores analistas de fondos de cobertura de Europa. Tienes un patrimonio personal intocable, tienes prestigio propio y, ante la ley de los Estados Unidos, eres la señora Prescott.
Antonella levantó la cabeza despacio, procesando las palabras de su amigo.
—¿Qué estás insinuando, Antony?
Una sonrisa aristocrática, peligrosa y afilada se dibujó en los labios del diplomático.
—Que si Andrew Prescott quiere que vuelvas a Nueva York, volverás. Pero no como la novia sumisa que huyó por una puerta de servicio, ni como la esposa arrepentida que busca el perdón del patriarca. Volverás como la dueña absoluta del tablero. Si él quiere su familia bajo su techo, tendrá que pagar el precio más alto de su vida: tendrá que darte el poder que tu padre te negó.
Bianca sonrió entre lágrimas, apretando los dedos de su amiga.
—Haz que se arrodille, Anto. En su propio terreno.
Un fuego oscuro y adictivo comenzó a desplazar al miedo en el pecho de Antonella. Se puso de pie despacio, alisándose el suéter, con la columna rígida como el acero.
Tenía seis días por delante. Seis días para redactar el contrato más despiadado de su carrera.
Al otro lado de la ciudad, en la biblioteca de la mansión de Wilton Crescent, la atmósfera era de triunfo absoluto, pero Andrew no estaba descansando.
Permanecía de pie frente al ventanal que daba al jardín interior, con el teléfono satelital pegado a la oreja. Afuera, la llovizna de Londres comenzaba a caer nuevamente sobre los setos podados.
Al otro lado de la línea, la voz rasposa de Arthur Prescott sonaba cargada de una impaciencia feroz.
—¿Es cierto lo que me dijeron mis fuentes en Mayfair, Andrew? —bramó el anciano desde su ático en Manhattan—. ¿La encontraste? ¿Esa mocosa sigue viva?
Andrew sostuvo el aparato con calma, contemplando su propio reflejo en el cristal oscuro.
—Está viva, Arthur. Y es más hermosa y peligrosa de lo que era hace cinco años.
—¡Tráela de regreso inmediatamente! —ordenó el patriarca, haciendo resonar su bastón de lobo contra el suelo al otro lado del océano—. Richard Belmont se enteró de los rumores y vino a arrastrarse a mi oficina otra vez, rogando por una reunión. Cree que si Antonella vuelve, le devolveré sus líneas de crédito. Quiero que esa chiquilla firme la ratificación matrimonial en Manhattan antes de que termine el mes.
Andrew apretó la mandíbula. El tono autoritario de su abuelo, el mismo que durante años había manejado las vidas de todos a su alrededor, ya no tenía ningún poder sobre él.
—Richard Belmont no volverá a acercarse a Antonella jamás —dijo Andrew con una frialdad que congeló la línea—. Y en cuanto a ti, Arthur... más te vale medir tus palabras antes de darme órdenes. Hay algo que no sabes.
El silencio de Arthur al otro lado fue tenso, cargado de sospecha.
—¿Qué estás ocultando, muchacho?
Andrew metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sintió la superficie metálica y fría del pequeño taxi amarillo que Patrick le había entregado en el parque. Una sonrisa feroz, llena de un orgullo primitivo, curvó sus labios.
—No voy a volver solo con mi esposa, Arthur. Tienes un bisnieto de cuatro años.
El crujido de la empuñadura de plata del bastón chocando contra el escritorio se escuchó con total claridad a través del satélite. Por primera vez en sus ochenta y dos años de vida, el Lobo de Acero de Wall Street se quedó completamente sin palabras.
—¿Un... un bisnieto? —tartamudeó el anciano, con la voz quebrada por un impacto monumental—. ¿Un varón? ¿Un heredero de mi sangre?
—Se llama Patrick —continuó Andrew, marcando cada sílaba con fuego—. Tiene mis ojos, mi mente y tus peores mañas para el ajedrez. Antonella lo crió sola en Londres. Y si intentas usar tus viejos trucos corporativos con ella, o si intentas tratar a mi hijo como una ficha de intercambio en la bolsa, juro por Dios que transferiré todos los activos de Prescott Global a Europa y te dejaré gobernando una torre vacía en Wall Street.
—Andrew... es un Prescott legítimo... —murmuró Arthur, y por debajo de la conmoción, una risotada ronca, triunfal y casi demencial brotó de su garganta—. ¡Esa mujer te dio un heredero mientras se escondía de mí! ¡Esa insolente se llevó el futuro de esta dinastía en el vientre!
—Volveremos a Nueva York bajo mis términos, abuelo —sentenció Andrew con voz de mando—. Prepara el ático familiar. Prepara los mejores colegios y ordena a los abogados que preparen la transferencia del fideicomiso principal a nombre de Patrick. La guerra por el poder se terminó.
Andrew cortó la llamada sin esperar respuesta.
Dejó el teléfono sobre la mesa de caoba y se sirvió dos dedos de whisky en un vaso bajo. Miró la ciudad envuelta en la niebla a través del cristal.
Sabía que Antonella estaba conspirando en Notting Hill en ese mismo instante. Conocía su orgullo, su mente matemática y el rencor que aún le ardía por el engaño del taxi. Ella no se rendiría fácilmente; volvería armada con cláusulas, condiciones y exigencias de hierro.
Andrew levantó el vaso hacia la penumbra de la noche londinense, brindando en silencio contra su propio reflejo.
—Ven con todo lo que tengas, Antonella —susurró con una media sonrisa desafiante—. Esta vez... no pienso dejarte escapar.