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COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

COMPRADA POR 50.000 DÓLARES El Mafioso Y La Estudiante

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.

Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.

Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.

Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?

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Entre la vida y la muerte

Gino caminó tranquilo hacia ella, paso lento, deliberado, como si supiera que cada segundo que pasaba en silencio era un tormento peor que cualquier golpe. Candance temblaba, temblaba por su vida entera, temblaba tanto que sus dientes castañeteaban y sentía que el corazón se le detendría en cualquier instante. Solo había sentido ese mismo miedo una vez antes: cuando su padre la entregó a los usureros sin siquiera mirarla a los ojos, sabiendo que probablemente nunca volvería a verla. Pero al menos entonces existía la remota esperanza de que alguien pudiera ayudarla. Ahora no. No tenía a dónde correr. Nadie vendría a salvarla. Estaba completamente sola, a su merced absoluta, encerrada entre cuatro paredes que ella misma había aprendido a odiar y a temer con cada fibra de su ser.

Sintió el frío metal del cuchillo deslizándose suavemente por su cuello, justo debajo de la mandíbula, donde la piel es más sensible y más vulnerable. No cortaba todavía, solo amenazaba con hacerlo con el menor movimiento equivocado, y esa incertidumbre era peor que el dolor mismo.

—¿Cómo debería eliminarte, Candance? —susurró Gino, casi distraído, como si realmente estuviera sopesando distintas opciones en su mente—. ¿Qué debería hacer contigo? Tengo muchas opciones. Todas definitivas. Ninguna te dejaría volver a mirarme con esos ojos que me desarman sin querer hacerlo.

Candance levantó los ojos, llenos de lágrimas que corrían sin control por sus mejillas pálidas y sucias, mojando incluso la camisa que llevaba puesta. Con voz quebrada y apenas audible, intentó que él la escuchara, aunque fuera por última vez.

—Gino, te juro que no lo volveré a hacer —dijo, con un hilo de voz que apenas lograba salir de su garganta cerrada por el llanto y el miedo—. Por favor. No lo hagas. Te lo suplico con toda mi alma. No me conviertas en alguien que desaparece sin dejar rastro. No merezco eso. Por favor.

Gino empezó a reír. Una risa seca, amarga, que sonó demasiado tarde, demasiado oscura en aquella sala silenciosa donde solo resonaban sus propias palabras y el latido desbocado de su propio corazón.

—¿Te lo dije o no te lo dije desde el primer día que llegaste aquí? Yo no doy segundas oportunidades. Quien me falla… es la última vez que lo hace. Porque ya no tiene vida para seguir adelante. Tú misma cruzaste esa puerta. Tú misma decidiste que no valía la pena quedarte. Tú misma me elegiste la espalda cuando más necesitaba saber que estabas aquí conmigo. ¿Por qué ahora me pides clemencia? ¿Crees que mis reglas cambian porque tú llores bonito? No, Candance. En mi mundo las lágrimas no borran errores. Solo los demuestran con más claridad.

El terror se apoderó de ella en cuanto escuchó esas palabras. Cerró los ojos, esperando el final, deseando que fuera rápido y no doloroso, y entonces sintió un pinchazo agudo y cortante en el brazo izquierdo.

—¡Ay! —gritó, abriéndolos de golpe al ver cómo la sangre brotaba oscura y cálida sobre su piel, resbalando lentamente por su antebrazo hasta caer gota a gota sobre el suelo de piedra—. Me duele… por favor…

—¿Te dije que no me provoques y qué hiciste? —dijo él, con voz helada, mientras volvía a apoyar la punta de su zapato italiano bajo su barbilla obligándola a mantener la cabeza en alto y mirarlo directamente a esos ojos oscuros que ya no reconocía—. No obedeciste. Hiciste lo que te vino en gana y creíste como una tonta que habías ganado. Pensaste que podías irte y yo te dejaría ser feliz lejos de mí. Pensaste que eras libre. Pero no eres libre. No mientras yo respire. Y no eres más que mía, quieraslo o no.

¡Paf! —la bofetada sonó fuerte y seca, rebotando en las paredes desnudas de la sala. Candance cayó de espaldas contra el suelo, aturdida, con el rostro ardiendo y el sabor metálico de la sangre en la comisura de los labios. Le dolía la cabeza y le dolía más el pecho, donde algo se había roto definitivamente entre los dos.

—¿Crees que soy un hombre fácil? —continuó, con frialdad absoluta, sin rastro de emoción en su rostro—. ¿Un hombre débil que puede ser abandonado como si fuera un perro viejo que ya no sirve? No sé qué es lo que crees que soy, Candance, pero esto es la última vez que lo haces. No me lo vuelvas a probar. No me pongas a prueba, porque la próxima vez no será solo un corte en el brazo ni una bofetada. Y no quiero ser yo quien te destruya. Pero si me obligas… lo haré. Sin dudarlo ni un segundo. Y dormiré tranquilo sabiendo que lo hice porque tú me dejaste sin otra salida.

Se giró bruscamente hacia los dos hombres que esperaban inmóviles en la entrada, como si fueran parte de las sombras mismas de la casa.

—Llévensela —ordenó con un gesto de mano que no admitía objeciones—. Ya saben cómo hacerlo. Limpio. Sin rastro. Que parezca un accidente o una desgracia cualquiera. Nada que nos vincule. Nadie debe saber que exististe, ni que exististe aquí.

Candance entendió al instante lo que significaban esas palabras. La ahogarían en algún río lejano. La arrojarían desde algún puente o edificio abandonado a las afueras de la ciudad. Y todos creerían que ella… que ella misma había puesto fin a su vida, cansada de un mundo que nunca le dio oportunidades. Nadie buscaría la verdad. Nadie sabría que sus últimos días fueron encerrada en una jaula de piedra y miedo.

—¡No! ¡Por favor, no! —gritó con todas sus fuerzas, arrastrándose por el suelo frío y sucio lo más que pudo hasta llegar a sus piernas, abrazándose con desesperación a ellas como si de ese agarre dependiera literalmente su vida—. No lo hagas. No me hagas desaparecer como si nunca hubiera existido. Te lo ruego. Te lo suplico con todo lo que tengo. Me quedaré. No volveré a intentar irme. Seré todo lo que quieras que sea. Solo déjame vivir. Por favor, Gino, déjame vivir.

Gino se detuvo. Bajó la mirada hacia ella aferrada a su pierna, llorando contra su pantalón, y por un instante su expresión se quebró. Algo se agitó en el fondo de esos ojos oscuros, algo que él intentó reprimir con todas sus fuerzas. Pero entonces gritó, con una furia que le sacudió el pecho y que hizo retroceder a los hombres de la entrada:

—¡Candance, te di muchas oportunidades! Fui más tolerante contigo que con nadie en mi vida. Te permití leer, caminar por el jardín, hablarme cuando nadie más se atrevía. Y tú… tú me pagaste huyendo como una ladrona en la oscuridad. Pero esto se acaba. Cruzaste una línea que nadie cruza y debes pagar las consecuencias. ¡Llévensela ahora mismo antes de que cambie de opinión y sea peor para todos!

Con un movimiento brusco y desgarrador, le dio una patada en el hombro, soltándola de su agarre con violencia. Candance cayó hacia un lado, golpeándose la sien contra el borde de una losa, y se quedó allí, tendida boca arriba, llorando desconsoladamente sin fuerzas para seguir suplicando. Las lágrimas se mezclaban con la sangre de su labio y con el polvo del suelo. Y en medio del agotamiento extremo, del miedo y del dolor, sus ojos se cerraron lentamente y su cuerpo se desplomó pesadamente. Quedó inmóvil sobre las piedras frías, pálida como la muerte misma.

Gino se quedó mirándola unos segundos, con el pecho subiendo y bajando con agitación, con las manos todavía cerradas en puños a los costados.

—Tienes valor para fugarte —dijo con desprecio, aunque su voz tembló apenas un instante—, pero eres débil cuando llega el momento de enfrentar lo que has hecho. Mujer débil y patética. Fingir desmayos… eso no funciona conmigo. No me hagas caer en tus juegos baratos. Conmigo no funcionan.

Se arrodilló a su lado con brusquedad y le puso dos dedos sobre el pulso de la muñeca izquierda. Esperó. Nada. Buscó de nuevo, con más presión, con más insistencia. Su respiración se detuvo un instante. El pulso estaba allí, pero era demasiado débil. Demasiado lento. Casi imperceptible. Sus ojos se abrieron con una alarma repentina que lo recorrió de pies a cabeza. Se incorporó de golpe, dejando caer el cuchillo al suelo con un estrépito metálico que resonó en toda la sala, y gritó con voz quebrada por el pánico, un sonido que no parecía venir de él mismo:

—¡Llamen al médico! ¡Llamen al doctor Linares ahora mismo! Lo quiero aquí en cinco minutos, ¡en tres minutos! ¡Que corran! ¡Que corran por sus vidas si es necesario!

Minutos que parecieron una eternidad después, la puerta se abrió de golpe y entró un hombre con maletín en la mano, sin aliento, con el cabello desordenado y el rostro pálido por la prisa.

—Sí, señor Gino —dijo el doctor Linares, arrodillándose rápidamente junto a Candance, abriendo su maletín con manos expertas—. Corrí todo el camino. ¿Qué pasó? ¿Qué le hizo?

—Revísala —ordenó Gino, con la voz tensa y ronca, dando un paso hacia atrás como si no soportara estar tan cerca y a la vez no pudiera apartarse ni un centímetro—. Dime qué tiene. Ahora. No me mientas. No me ocultes nada. Dime la verdad aunque me duela.

El médico tomó el pulso en ambas muñecas, le abrió un párpado para examinar la pupila con una pequeña linterna, escuchó su corazón y sus pulmones con el estetoscopio, le limpió suavemente la sangre del brazo con una gasa, y finalmente levantó la vista hacia él. Gino lo miró, esperando, con los puños cerrados con tanta fuerza que los nudos se le habían vuelto blancos, con el miedo más grande de su vida instalado en el pecho, esperando esa respuesta que podía cambiarlo todo para siempre.

—¿Y bien? —le espetó, con voz que apenas lograba contener la angustia—. ¿Qué tiene? ¡Habla, maldita sea!

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