¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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Amenaza
Nyssa salió de casa con el tiempo justo para llegar a la cafetería.
Se había levantado antes de que sonara la alarma para preparar el desayuno de Ale, dejarle el almuerzo listo y comprobar que tuviera todo lo necesario para ir a la escuela. Antes de marcharse, incluso había revisado dos veces que la puerta quedara bien cerrada.
Últimamente, ese pequeño gesto se había convertido en una costumbre.
No quería que nadie se acercara a su hermano.
—¡Nyssa! —la llamó Ale desde la cocina.
Ella volvió sobre sus pasos.
—¿Qué pasa, cariño?
El niño apareció con la mochila colgada de un hombro y un trozo de pan en la mano.
—Te olvidaste de tu desayuno.
Nyssa miró el pan y después a su hermano.
—Cómetelo tú. Yo voy a comprar algo en el trabajo.
Era mentira. No tenía dinero para comprar nada, pero tampoco quería que Ale empezara el día preocupado por ella.
El pequeño la observó con una seriedad que no correspondía a sus seis años.
—Siempre dices eso.
Nyssa sintió una punzada en el pecho.
—Porque siempre puedo conseguir algo para comer, enano. No te preocupes por mí.
Le acomodó la mochila, le dio un beso en la frente y salió antes de que él pudiera hacerle más preguntas.
La mañana estaba fresca. Nyssa se ajustó el abrigo y comenzó a caminar hacia la parada del autobús, repasando mentalmente las cosas que debía hacer ese día.
Trabajar.
Llamar al hospital.
Averiguar cuánto necesitaba para regularizar la cuenta.
Pensar qué hacer con la tarjeta de Cedric Vellane.
Y, sobre todo, evitar al prestamista.
Llevaba varios días mirando por encima del hombro cada vez que salía de casa. Sabía que no podía esconderse para siempre, pero todavía tenía la esperanza de reunir algo de dinero y conseguir que aquel hombre le concediera más tiempo.
No llegó siquiera a la esquina.
—Mira quién decidió salir de su escondite.
Nyssa reconoció la voz antes de levantar la cabeza.
El estómago se le contrajo violentamente.
El prestamista estaba apoyado contra un automóvil, acompañado por tres hombres. Uno fumaba mientras los otros conversaban en voz baja. Cuando la vieron acercarse, dejaron de hablar.
Ella se detuvo.
Por un instante, pensó en darse la vuelta y regresar a casa.
Pero el hombre ya se había separado del vehículo.
—Buenos días, Nyssa.
Pronunció su nombre con una familiaridad que le revolvió el estómago.
—Tengo que ir a trabajar —respondió ella, procurando mantener la voz firme—. Le dije que estoy intentando conseguir el dinero.
—¿Intentando? —repitió él—. Llevas semanas intentando.
—No tengo todo el dinero. Necesito un poco más de tiempo.
El hombre soltó una risa y miró a sus acompañantes.
—¿Escucharon eso? Necesita más tiempo.
Uno de ellos sonrió de una manera que hizo que Nyssa quisiera desaparecer.
Los otros comenzaron a observarla con una insistencia que la incomodó profundamente. No eran miradas casuales. La examinaban sin disimulo, intercambiando comentarios que ella no alcanzaba a entender del todo, pero cuyo sentido le resultaba evidente.
Nyssa apretó las correas de su bolso.
—Por favor, déjeme pasar.
El prestamista se colocó delante de ella.
—Todavía no terminamos de hablar.
—Voy a pagarle. Se lo prometo.
—Tus promesas no me sirven.
Ella intentó rodearlo, pero uno de los hombres se movió y le cerró el paso. Nyssa retrocedió instintivamente.
El corazón empezó a golpearle las costillas.
Miró hacia la calle. Había personas caminando a cierta distancia, pero ninguna parecía prestar atención a lo que ocurría junto a la pared de un edificio.
—No quiero problemas —murmuró.
—Entonces deberías haber pensado en eso antes de pedir dinero.
—Lo pedí para comprar medicamentos para mi madre. No para gastarlo en otra cosa. Usted lo sabe.
Por un momento, la expresión del hombre cambió.
Después sonrió.
—Y a mí qué me importa para qué lo hayas usado.
Se acercó demasiado.
Nyssa retrocedió otra vez, pero la pared le impidió continuar. Antes de que pudiera apartarse, él apoyó una mano junto a su cabeza y la encerró contra el muro.
Ella se quedó inmóvil.
No porque quisiera.
Porque, de repente, su cuerpo parecía haber dejado de responderle.
—Escúchame bien —dijo él, bajando la voz—. Te voy a dar dos días.
Nyssa tragó saliva.
—No puedo conseguir tanto dinero en dos días.
—Ese ya no es mi problema.
—Por favor…
—Cuarenta y ocho horas, Nyssa. Ni una más.
Ella negó con la cabeza. Le temblaban las manos y sentía la garganta tan cerrada que apenas podía respirar.
El hombre inclinó el rostro hacia ella.
—Si cuando vuelva no tienes el dinero, vas a descubrir que puedo cobrarme de otras maneras.
Nyssa sintió frío a pesar de que el abrigo le cubría los brazos.
—No…
—¿No qué?
No pudo responder.
Él miró brevemente a sus amigos. Uno de ellos se acercó, deteniéndose a una distancia que hizo que Nyssa sintiera que la pared se cerraba todavía más a su alrededor.
—Dos días —repitió el prestamista—. Y, si no pagas, vas a terminar gritando debajo de nosotros en vez de pedirnos que te demos más tiempo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Nyssa comprendió perfectamente la amenaza.
No necesitaba que él explicara qué pretendía hacerle. La forma en que sus acompañantes la miraban, las sonrisas que intercambiaban y la tranquilidad con la que hablaban de lo que podía sucederle le dejaron claro que no estaban intentando asustarla solamente para cobrar una deuda.
La estaban amenazando con violencia sexual.
Y estaban disfrutando de su miedo.
Nyssa quiso gritar.
Quiso empujarlo, arañarle la cara, hacer algo que lo obligara a apartarse.
Pero sus brazos permanecieron pegados al cuerpo.
Sus piernas no respondieron.
Ni siquiera pudo levantar la voz cuando él le sujetó la barbilla y le obligó a mirarlo.
—No me hagas ir a buscarte a tu casa otra vez.
El rostro de Ale apareció en su mente.
Su hermanito, durmiendo bajo una manta demasiado pequeña. Ale, que todavía creía que ella podía resolverlo todo. Ale, que le había ofrecido la mitad de su pan porque sospechaba que no estaba comiendo.
El miedo se volvió insoportable.
—A mi hermano no lo toque —consiguió decir.
El hombre arqueó las cejas.
—Entonces no me obligues a hacerlo.
La soltó de golpe.
Nyssa perdió el equilibrio y tuvo que apoyar una mano contra la pared para no caer. El prestamista se acomodó la chaqueta como si acabara de mantener una conversación cualquiera.
—Cuarenta y ocho horas.
Después se alejó con sus amigos.
Uno de ellos volvió la cabeza para mirarla antes de seguir a los demás.
Nyssa permaneció inmóvil.
No sabía cuánto tiempo pasó hasta que dejaron de verse. Quizá unos segundos. Quizá varios minutos.
La calle seguía igual. Los automóviles circulaban, una mujer caminaba con una bolsa de compras y, a lo lejos, alguien reía mientras hablaba por teléfono.
El mundo no se había detenido.
Solo ella.
Se apartó de la pared cuando consiguió mover las piernas, pero tuvo que apoyarse otra vez porque las rodillas le temblaban demasiado.
Le dolía la garganta. Tenía las manos heladas y sentía náuseas.
Se frotó la barbilla en el lugar donde él la había sujetado, como si pudiera borrar el contacto de su piel.
No podía.
La sensación de asco se le extendía por el cuerpo, mezclada con una vergüenza que no sabía de dónde venía. Sabía que no había hecho nada malo. Sabía que la deuda no le daba derecho a aquel hombre a amenazarla, tocarla ni decidir qué hacer con ella.
Pero saberlo no impedía que se sintiera sucia.
Ni que se odiara por haberse quedado paralizada.
—Muévete —se susurró a sí misma—. Nyssa, por favor, muévete.
Se obligó a dar un paso.
Después otro.
Caminó hasta una calle lateral y se detuvo junto a una ventana, intentando recuperar el aliento. Se llevó una mano a la boca para contener un sollozo.
No quería llorar en la calle.
No quería que nadie la viera así.
Sin embargo, las lágrimas empezaron a caerle antes de que pudiera evitarlo.
Se sentía indefensa. Patética. Asqueada de aquel hombre y de sus amigos, pero también de sí misma por no haber conseguido defenderse.
Una parte de ella sabía que aquella inmovilidad había sido miedo, que su cuerpo había reaccionado como había podido ante una amenaza que la superaba.
Pero otra parte, mucho más cruel, no dejaba de repetirle que debería haber hecho algo.
Debería haber gritado.
Debería haber corrido.
Debería haberlo golpeado.
No podía dejar de pensar en lo que habría pasado si hubieran decidido no marcharse.
Y después pensó en Ale.
Si aquel hombre se acercaba a él, si lo asustaba, si intentaba utilizarlo para obligarla a pagar…
Nyssa se cubrió el rostro con las manos.
No podía permitirlo.
No podía perder el trabajo. No podía abandonar a su madre. No podía dejar a su hermano desprotegido.
Pero tampoco podía conseguir en cuarenta y ocho horas una cantidad de dinero que llevaba meses intentando reunir.
Por primera vez, la desesperación no se parecía a una cuenta bancaria vacía ni a una factura que no podía pagar.
Tenía rostro.
Tenía voz.
Y sabía dónde vivía.
Cuando llegó a la cafetería, llevaba casi veinte minutos de retraso.
Su encargada la recibió con una expresión molesta, pero se calló al verla.
—Nyssa, ¿qué te pasó?
—Nada. Lo siento, el autobús…
La mentira se le atascó en la garganta.
Su encargada la observó unos segundos.
—Estás temblando.
Nyssa bajó la mirada y apretó el bolso contra su cuerpo.
—No me siento muy bien. Pero puedo trabajar.
—Siéntate un momento.
—De verdad, estoy bien.
No lo estaba.
Le costaba respirar con normalidad. Cada vez que escuchaba pasos cerca de la puerta, su cuerpo se tensaba. Cuando un cliente levantó la voz para llamar a un compañero, Nyssa dejó caer una cucharilla al suelo.
Se agachó a recogerla y permaneció allí un segundo más de lo necesario, con la vista fija en las baldosas.
No quería volver a la calle.
No quería regresar a casa y descubrir que el prestamista había ido allí otra vez.
Y no quería que Ale la viera llorar.
Durante el descanso, sacó el teléfono y abrió los mensajes del hospital. Luego revisó el saldo de su cuenta, aunque ya conocía la cifra de memoria.
No había aparecido dinero por arte de magia.
Cuarenta y ocho horas.
Se quedó mirando la pantalla hasta que las letras comenzaron a confundirse.
Entonces recordó la tarjeta guardada en el cajón de su casa.
Cedric Vellane.
No sabía qué quería de ella. Ni por qué había preguntado por su nombre. Ni qué clase de propuesta podía tener un hombre como él para una mujer como Nyssa.
Solo sabía que él había mencionado un asunto personal y que su encargada le había hablado de una posible oferta de trabajo.
No quería deberle nada a nadie.
Pero tenía miedo.
Un miedo que ya no podía esconder detrás de las horas extra, de las sonrisas profesionales ni de las mentiras que le decía a su hermano para que pudiera dormir tranquilo.
Nyssa abrió los contactos de su teléfono y buscó el número de la cafetería.
Podía pedirle a su encargada que la ayudara a denunciar las amenazas. Podía intentar conseguir protección y averiguar qué opciones tenía frente al prestamista. No sabía si aquello resolvería la deuda ni cuánto tardaría, pero no podía permitir que el miedo decidiera por ella.
Después miró la hora.
Todavía tenía que trabajar.
Se secó las lágrimas antes de volver al mostrador, respiró profundamente y se obligó a levantar la cabeza.
No se sentía valiente.
No se sentía fuerte.
Se sentía una mujer aterrorizada que apenas conseguía mantenerse en pie.
Pero todavía tenía que volver a casa con Ale.
Y, por ahora, eso era lo único que necesitaba para dar el siguiente paso.