Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Capítulo 19. Bailando pegados
Alejandro bajó la vista hacia la foto y entrecerró los ojos. Aquel Ferrari le resultaba muy conocido.
—¿Ella conducía este auto?
—Sí —respondió Sebastián—. Hasta consiguió dejarme atrás. Es muy interesante.
Si no se equivocaba, era el Ferrari que le había regalado a Valeria. Además del cheque enorme, le había ofrecido autos y casas; Soto le había informado que ella solo había elegido ese deportivo. Ya entonces le había extrañado. ¿Sabía conducir uno?
Conocía la habilidad de Sebastián al volante. De vez en cuando corrían juntos. ¿Y Valeria, una muchacha del campo, había conseguido dejarlo atrás?
Soto se acercó.
—Señor.
Alejandro se levantó.
—Ahora vuelvo.
Se apartaron del reservado hasta un rincón oscuro. El secretario le informó en voz baja:
—La señora llamó hace un momento. Salió con el Ferrari y parece que corrió contra otro auto. Chocó con una pared. La parte delantera quedó destrozada.
El rostro de Alejandro se hizo inescrutable.
—¿Se lastimó?
—No, señor. ¿Enviamos el auto al extranjero para que lo reparen en garantía?
—No. Deshazte de él.
Soto se quedó desconcertado.
—¿Se refiere a…?
—Deshazte del auto. No quiero que nadie encuentre información sobre él. ¿Así queda claro?
Al secretario le brotó un sudor frío. ¿Quién había hecho enfurecer así a su jefe? Parecía a punto de estallar.
—Sí, señor.
—Puedes irte.
Cuando Soto se retiró, Alejandro quedó solo y sonrió con frialdad. Había subestimado a Valeria. Hasta a Sebastián había logrado seducirlo. Ella era la mujer a la que su amigo buscaba.
Un hombre tan exigente, interesado en una muchacha del campo como ella. Podían divertirse cada uno por su lado, pero con Sebastián no.
Al volver al reservado, su amigo le preguntó:
—¿Para qué vino tu secretario?
Alejandro no alteró la expresión ni el tono.
—Un documento urgente. Ya le pedí que averigüe lo del auto. Te avisaré cuando sepa algo.
—Bien.
Camila y Renata tenían mala cara. Era la bienvenida de Sebastián, y allí estaban ellas dos, dos bellezas, pero toda la conversación giraba en torno a una desconocida. Renata cerró los puños. ¿Qué descarada lo había seducido? Camila tampoco entendía quién podía quitarle el protagonismo en Puerto Azul.
Decidió recuperarlo. Se levantó y sonrió, radiante.
—Alejandro, Sebastián, ¿les bailo algo para animar la noche?
El ambiente se encendió al instante. Nicolás y los demás se entusiasmaron.
—¡Ahora eres primera bailarina, Cami! ¿Vamos a verte bailar sin comprar entrada?
—Todo gracias a Alejandro.
—Cuando baila Camila, nadie puede competir.
—¡Un aplauso!
Bajo las miradas expectantes, Camila empezó. Había bailado desde niña y tenía un cuerpo flexible como un sauce. Elevó una pierna y comenzó a girar, tan hermosa que costaba apartar la vista. Todo el club la estaba mirando.
La confianza le iluminaba el rostro. En uno de los giros llegó hasta Alejandro y lo hizo levantarse. Se pegó a su cuerpo alto y firme y empezó a bailar contra él, mostrando toda su sensualidad. La pareja y el baile llevaron el entusiasmo del club a su punto más alto.
Valeria y Dani entraron en ese momento. Ella los vio enseguida, en medio de las luces espléndidas: Camila bailando pegada a él, Alejandro mirándola con ternura. Eran el centro de atención.
—¡Qué poca vergüenza! —escupió Dani—. Bailar así con un hombre casado.
Valeria sonrió apenas.
—Siempre fueron la pareja perfecta de su círculo. Déjalos. No les hagas caso.
Llegaron a su reservado, pero Dani no conseguía tragarse la rabia.
—Val, tú también aprendías a bailar, ¿no?
Sí. Igual que Camila. Solo que ella necesitaba una clase entera para aprender un baile y Valeria lo dominaba con verlo una vez. A quien les enseñaba le encantaba su talento.
Camila volvió a casa llorando. Aquella noche, Lucía tomó una aguja y se la clavó una y otra vez en las piernas a Valeria.
—¿Vas a seguir aprendiendo a bailar? ¿Por qué eres tan mala? ¿Por qué siempre quieres competir con tu hermana?
La niña, con las piernas ensangrentadas, se acurrucó en un rincón y suplicó entre lágrimas:
—Mamá, duele mucho… No voy a hacerlo otra vez… No voy a bailar más…
Desde entonces no había vuelto a bailar. Después oyó que Camila destacaba en la danza y se había convertido en primera bailarina de ballet.
Dani la tomó y la hizo levantarse.
—Vamos a la pista.
Valeria llegó con ella, todavía algo cohibida. Su amiga movió las caderas de manera exagerada.
—No te castigues por los errores de otros. Si te caíste, te levantas en el mismo lugar. Mira cómo se contonea Camila para seducir a tu marido. Al final, a Alejandro le gustan las provocativas. ¿Vamos a dejar que nos gane en eso?
Valeria se rio. El heavy metal no paraba y, contagiada por el ánimo de Dani, empezó a mover los brazos y las piernas. En realidad, bailar le salía con absoluta naturalidad.
Se acercó a su amiga. Cuanto más bailaban, más se encendía el ritmo entre ellas. Terminaron bailando pegadas.
Camila seguía junto a Alejandro. Él solo tenía ojos para ella. En un movimiento, ella se dejó caer en sus brazos y él le sujetó la cintura.
—¿Cansada? —preguntó con suavidad.
—No. Solo quiero que me abraces.
Alejandro alzó una ceja con el atractivo seguro de un hombre maduro. Camila sí le gustaba. Admiraba lo buena que era, reconocía su talento.
Entonces un revuelo lo interrumpió. Las miradas que antes seguían a Camila se desviaron. Los jóvenes del reservado también miraron hacia otro lado.
—¡Miren allí!
—Hay una diosa bailando. Mierda, qué hermosa.
Alejandro y Camila levantaron la vista hacia la pista.
Vieron a Valeria.
La expresión de él cambió. Sebastián se puso de pie, encantado.
—¡Es ella!