Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 8: Bajo el mismo techo, chispas en la red
El clima no dio tregua a mitad de semana. Una tormenta imprevista obligó a la administración a cancelar las prácticas al aire libre, hacinando a todos los equipos universitarios bajo el techo del gimnasio principal. Las finales del torneo estaban a la vuelta de la esquina, y la presión se respiraba en cada rincón.
Para maximizar el espacio, el comité dispuso que la cancha central fuera dividida a la mitad por una red temporal: de un lado, el equipo de voleibol femenino; del otro, los pesos pesados del básquetbol masculino.
El ambiente era una bomba de tiempo.
Las jugadoras de voleibol intentaban mantener la concentración, pero era prácticamente imposible ignorar el despliegue del otro lado. Los botes rítmicos del balón naranja, las respiraciones pesadas y las risas socarronas de los cuatro chicos más populares del campus hacían estragos en la atención del equipo. Sara, con los nervios a flor de piel y la mandíbula apretada, veía cómo sus compañeras empezaban a cometer errores tontos por estar mirando de reojo hacia la otra mitad de la cancha.
—¡Menos ojos en los idiotas de enfrente y más concentración en la pelota! —bramó Sara, aplaudiendo con fuerza para sacudir a su equipo—. ¡Si van a regalar los puntos hoy, mejor váyanse a los vestidores!
Del otro lado, la interrupción no tardó en llegar. En un descanso obligado, Leo observó la escena con una sonrisa de medio lado, tomó un paquete de galletas semidesconsumido que tenía en la mochila y, con un movimiento casual de muñeca, lo lanzó por encima de la red. El paquete cayó rodando justo al lado de los pies de Katy, que estaba estirando los músculos cerca de la línea divisoria.
Katy se agachó, levantó el paquete y alzó la vista, encontrándose con los ojos de Leo, quien la miraba con una mezcla de diversión y desafío desde el suelo, apoyado en sus codos.
—Gracias por la gasa para el capitán el otro día —soltó Leo con voz clara, lo suficientemente alta para que medio gimnasio escuchara.
Las chicas del equipo de voley se quedaron mudas por un instante. Varias de ellas miraron a Katy con incredulidad y envidia reprimida; para cualquier otra estudiante del campus, recibir una atención directa del círculo de Dante era como ganarse la lotería. Sin embargo, Katy —la más sensata, la que siempre cargaba un botiquín y no se impresionaba con las chaquetas universitarias— parpadeó, desconcertada por el atrevimiento.
—Está bien... no fue nada —murmuró Katy, dudando un segundo antes de intentar devolver el paquete por encima de la red—. Solo... tómalo de vuelta.
Leo se quedó con el pequeño paquete en la mano, observándola fijamente. Ninguna chica le había devuelto nada jamás; por lo general, aceptaban cualquier migaja de atención con una sonrisa tonta. Por primera vez en mucho tiempo, una mujer empezaba a intrigarle de verdad.
—No tiene veneno, te lo juro —dijo Leo con una ceja alzada, sin moverse de su lugar.
—Está bien, pero no lo quiero —respondió Katy con firmeza, terminando de guardar su toalla y su botella de agua en la mochila con movimientos mecánicos—. Solo... dile a tus amigos que dejen de molestar a mi capitana. Ella no es de las chicas a las que este tipo de jueguitos les divierte. No está acostumbrada a tratar con gente como ustedes.
Leo entrecerró los ojos, incorporándose despacio.
—¿Como nosotros? —preguntó con una sonrisa torcida, medio ofendido, medio divertido.
—Sí. Chicos que creen que por ser populares, tener buen aspecto y una sonrisa ensayada, todo el mundo se va a derrumbar a sus pies —replicó Katy, colgándose la mochila al hombro con una seriedad aplastante—. Ella sabe valorarse y valerse por sí misma. Así que ahórrense el show.
Sin esperar respuesta, Katy dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida de la cancha.
Leo bufó por la nariz, pasándose una mano por el cabello revuelto mientras la veía alejarse con paso firme. No estaba acostumbrado a que lo ignoraran de esa manera, y menos una chica con cara de ángel y temperamento de piedra.
—No es la única que no cae fácil por aquí... —murmuró Leo para sí mismo, con una sonrisa de lado que prometía muchos más problemas de los que imaginaba.