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Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:8.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: El foso de hierro

El aire bajo la claraboya estaba espeso por el humo de tabaco barato, el sudor rancio y el hedor a óxido húmedo.

Desde su posición en las vigas de acero del tejado, agazapado en la penumbra como una gárgola, Dereck clavaba sus ojos grises en el enrejado circular. La mandíbula le dolía de tanto apretar los dientes. La escena era tan grotesca, tan ajena a los salones dorados de Brianza, que su mente se negó a aceptar lo evidente: buscó de inmediato una explicación que encajara con el retrato de mujer que se había empeñado en construir.

Una enferma de adrenalina, pensó con desprecio, sintiendo una punzada de rabia oscura quemándole las vísceras. Eso es lo que es. Una niña rica hastiada de los cócteles de lujo que necesita arrastrarse por cloacas para sentirse viva. O peor: vino a buscar a algún amante entre estos animales.

Porque en la lógica retorcida de Dereck, una heredera mafiosa no pisaba un submundo como ese por disciplina militar; lo hacía por vicio. Las mujeres de la alta sociedad que él había conocido en Zúrich y Múnich pagaban fortunas por acostarse con guardaespaldas o boxeadores clandestinos para desafiar a sus familias. Para él, Martina no era más que otra consentida con apetitos oscuros, una libertina sofisticada que usaba los guantes como excusa para rodearse de matones semidesnudos.

Abajo, el maestro de ceremonias —un tipo calvo con cicatrices de navaja en el cuello y una camiseta manchada de cerveza— golpeó un tubo de hierro contra el enrejado, haciendo vibrar el alambre de espino.

—¡Combate abierto a diez minutos! —bramó el hombre, desatando una ovación de insultos y vítores entre el medio centenar de apostadores hacinados alrededor de la jaula—. En la esquina roja, tres victorias consecutivas por rotura de costillas: ¡el Carnicero de Rijeka!

Desde una trampilla lateral entró un gigante balcánico de más de cien kilos, con el torso cubierto de tatuajes carcelarios, el cuello ancho como un tronco de encina y los nudillos cubiertos con cinta de embalar. El hombre escupió en la lona manchada de serrín y soltó un rugido gutural que fue coreado por los espectadores.

—Y en la esquina azul... —el presentador soltó una carcajada burlona, señalando a la recién llegada— ¡la muñequita americana que dice que sabe pelear!

Las risas obscenas y los silbidos llenaron la nave. Varios hombres se pegaron al enrejado haciendo gestos lascivos y agitando billetes arrugados.

—¡Rómpela despacio, Goran! —gritó un borracho desde la primera fila—. ¡Déjala entera para cuando termine la ronda!

Martina ni siquiera parpadeó.

Estaba en el centro de su esquina, con los ojos fijos en el suelo de serrín, realizando estiramientos cortos con los tobillos. No llevaba protecciones en el pecho ni espinilleras; vestía unos pantalones cortos de compresión negros y un top deportivo que dejaba a la vista un abdomen firme, esculpido por miles de horas de tortura física, y los músculos largos y tensos de su espalda. Se colocó el protector bucal con un movimiento mecánico, levantó la guardia con los puños cerrados a la altura de los pómulos y dio dos saltos sobre las puntas de los pies.

Dereck contuvo la respiración en las alturas. Sus dedos enguantados se cerraron sobre la viga de hierro con tanta fuerza que la pintura oxidada se deshizo entre sus palmas.

Es una idiota suicida, se dijo, con el pulso martilleándole en la garganta. La funda sobaquera bajo su sudadera le quemaba contra las costillas; un segundo bastaría para sacar la semiautomática, meterle una bala entre las cejas al mastodonte balcánico y llevarse a rastras a la hija de Don Lorenzo antes de que la despedazaran. Pero se contuvo. Quería verla romperse. Quería ver el momento exacto en que la soberbia de la señorita Moretti se transformara en llanto de niña mimada pidiendo auxilio.

El hierro sonó contra el poste. La pelea comenzó.

Goran no esperó. Avanzó con pasos pesados, con los brazos abiertos y una sonrisa perversa, buscando arrinconarla contra la malla para hacer valer sus cuarenta kilos de ventaja.

—Ven aquí, gatita... —gruñó el balcánico, lanzando un zarpazo curvo con la izquierda destinado a arrancarle la cabeza.

Martina no retrocedió.

En lugar de ceder espacio como habría hecho cualquier persona en pánico, dio un paso diagonal hacia el interior del golpe. La masa de músculo del hombre cortó el aire a milímetros de su barbilla; Martina flexionó las rodillas, rotó las caderas con una velocidad fulminante y descargó un golpe en gancho con la mano derecha directamente a la zona hepática de su oponente.

El impacto sonó seco, como un hacha quebrando madera verde.

Goran soltó una bocanada de aire húmedo y sus ojos se abrieron con sorpresa animal. El dolor en el hígado le paralizó el diafragma una fracción de segundo, pero su instinto carcelario lo hizo lanzar un rodillazo brutal hacia el abdomen de Martina.

Ella lo leyó antes de que despegara del suelo. Bloqueó con el antebrazo izquierdo, absorbiendo el choque con una solidez asombrosa, y antes de que el hombre pudiera recuperar el equilibrio, barrió el pie de apoyo del gigante con una patada baja y limpia.

El balcánico cayó sobre la lona con un estrépito que levantó una nube de serrín.

La multitud enmudeció de golpe.

Dereck, arriba en las vigas, se quedó de piedra. Sus ojos no daban crédito a la transición. No había sido suerte; había sido una combinación de boxeo clásico combinada con técnicas de judo y muay thai ejecutadas con una economía de movimiento aterradora.

En el suelo, Goran rugió de furia herida e intentó incorporarse para atraparla de las piernas, pero Martina ya estaba sobre él.

Se deslizó como el agua, pasando la guardia del gigante con una agilidad milimétrica, controló el brazo derecho del hombre entre sus muslos y encajó una palanca de brazo (armbar) profunda, hiperextendiendo la articulación del codo hacia atrás con todo el peso de su cadera.

El chasquido del tendón al límite resonó en la nave.

Goran comenzó a aullar de dolor, golpeando la lona frenéticamente con la mano libre en señal de rendición desesperada.

—¡Basta! ¡Basta, carajo! —gritó el árbitro improvisado, abriendo la puerta del enrejado.

Martina sostuvo la llave un segundo más, con los ojos oscuros completamente desprovistos de compasión, asegurándose de que el hombre comprendiera que su vida estaba en sus manos. Luego, soltó el agarre con una frialdad absoluta, se puso de pie de un solo salto elástico y se retiró el protector bucal.

Ni un rasguño. Ni una gota de sudor fuera de lugar. Apenas su respiración se había acelerado.

El silencio en el almacén era sepulcral. Los mismos hombres que dos minutos antes gritaban obscenidades la miraban ahora como a un demonio salido de las sombras.

Martina caminó hacia la mesa del organizador, quien la miraba pálido mientras sostenía un sobre manchado. Ella no tomó el dinero.

—Dáselo al fondo de la viuda de Gianni —dijo ella con una voz gélida que cortó el murmullo de la sala—. Y la próxima vez que organices una velada, búscame a alguien que sepa mantener el equilibrio.

Se colocó la sudadera gris, se caló la capucha sobre la cabeza y cruzó el almacén con paso marcial hacia la salida trasera. Nadie se atrevió a cortarle el paso; los matones se apartaban a su paso como si fuera una plaga.

En el tejado, Dereck sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal.

¿Qué demonios acabo de presenciar?

La primera grieta en su armadura de prejuicios se abrió con la fuerza de un terremoto, pero su mente se apresuró a sellarla con más veneno. Es una salvaje, se obligó a pensar, mientras su corazón golpeaba con una violencia demencial contra sus costillas. Una niña rica jugando a ser gladiadora porque en su mundo de comodidades todo le aburre. Se cree invencible porque doblegó a un estúpido sin técnica. Cree que eso la salvará cuando una bala real cruce la ventana.

Pero la excusa sonó hueca incluso para él mismo. Lo que acababa de ver no era un pasatiempo burgués; era letalidad pura. Y, para su propia desgracia, la imagen de Martina sudada, con los músculos en tensión y esa mirada implacable de verdugo sobre la lona, le encendió la sangre con un deseo oscuro, hambriento y peligroso que jamás había sentido por ninguna otra mujer.

Dereck reaccionó: tenía que volver a la villa antes que ella.

Descendió por la tubería con la destreza de una sombra, montó en la Ducati y arrancó sin luces por los callejones de Sesto San Giovanni. Exigió a la máquina hasta el límite por las carreteras secundarias de Brianza, devorando kilómetros bajo la niebla helada.

Llegó a Villa Moretti quince minutos antes que el utilitario de Martina. Ocultó la moto en el garaje subterráneo, subió por la escalera de servicio y se deslizó en su propia suite con el tiempo justo para despojarse de la sudadera y enfundarse el pantalón de franela y la camisa blanca abierta en el cuello.

A las tres y cuarenta de la madrugada, un crujido suave en el balcón contiguo anunció el regreso de la fugitiva.

Dereck esperó dos minutos exactos. Luego, con paso firme y el rostro transformado de nuevo en una máscara de autoridad imperturbable, empujó la puerta comunicante entre ambas habitaciones.

Martina acababa de entrar al dormitorio por el ventanal del balcón. Tenía la bolsa de deporte en la mano y la sudadera húmeda por el rocío de la noche.

Al ver la puerta abrirse, se tensó como una pantera lista para atacar. Soltó la bolsa al suelo y cuadró los hombros, clavando sus ojos castaños en él con una frialdad asesina.

Dereck se apoyó contra el marco de madera, cruzándose de brazos, recorriéndola de arriba abajo con una lentitud insultante que buscaba deliberadamente provocarla.

—¿Paseo nocturno, signorina Moretti? —preguntó él, con esa voz áspera que goteaba sarcasmo—. No sabía que el aire de Brianza fuera tan tentador a las tres de la mañana.

Martina dio un paso hacia él. Sus ojos destellaron bajo la penumbra dorada de la lámpara de noche.

—Te advertí que no entraras a mi habitación sin permiso, Dereck.

Dereck dio un paso al frente, acortando la distancia hasta quedar a escasos cuarenta centímetros de ella. El aroma a linimento tailandés y lluvia fresca que emanaba de la piel de Martina lo golpeó de lleno, confirmando cada segundo de lo que había presenciado en el foso.

—Mi trabajo es evitar que la maten —susurró él, bajando el tono a un murmullo peligroso, clavando sus ojos grises en los labios de ella—. O que se meta en camas equivocadas antes de que su padre cierre los negocios familiares.

Martina levantó la barbilla. Una sonrisa gélida y letal curvó sus labios mientras sus dedos se cerraban imperceptiblemente en puños a los costados de sus caderas.

—Las camas en las que me meto no son asunto de un empleado a sueldo —siseó ella, sosteniéndole la mirada sin ceder un milímetro de terreno—. Y si vuelves a cruzar esa puerta sin una orden directa mía... vas a descubrir que la noche no es lo único peligroso en esta casa.

Dereck sostuvo su mirada en silencio. La tensión entre ambos era tan densa que el aire parecía a punto de arder. Por dentro, el futuro Capo sintió una oleada de furia y fascinación colisionando en su pecho: la mujer era un enigma armado hasta los dientes, insolente y desafiante.

—A las siete y media en el coche, signorina —dijo él finalmente, dando un paso atrás hacia su habitación con una media sonrisa fría—. La junta de Porta Nuova no espera a las trasnochadoras.

Cerró la puerta de nogal entre ambos.

En la soledad de su cuarto, Martina soltó el aire despacio, sintiendo el ardor de la adrenalina aún quemándole la piel.

Y al otro lado de la madera, Dereck apoyó la espalda contra la pared, mirándose las manos enguantadas con el pulso desbocado, sabiendo con certeza absoluta que la guerra que acababa de empezar no se iba a librar con contratos ni con palabras.

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Leticia Contreras
una alianza letal el tio salio sin nada
Leticia Contreras
y no hubo luna de miel que pareja tan seca
Leticia Contreras
ya se van a casar 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
al fin se entendieron este par de tortolitos 🥰🥰🥰🥰🥰
Leticia Contreras
es historia que biene de la imaginacion de la autora
Leticia Contreras
se le va a armar la bronca con Martina
Leticia Contreras
Martina no quiere dar su brazo a torcer pero no es solo ella tambien esta el bebe
Leticia Contreras
ya Martina no tiene escapatoria el ya descubrio que esta en la dulce espera de un bebe
Leticia Contreras
Dereck tiene muy buena intuicion nada se le pasa por alto haci es que Martina tiene que decirle que esta embarasada
Leticia Contreras
que creia Martina que acostarce con Dereck no tendria consecuencias ahora esta embarasada y creo que no piensa decirle nada a Dereck
Leticia Contreras
ya cae mal Dereck rogandole a Martina que la deje tal ves haci entienda ella
Leticia Contreras
ya la hubiera dejado sola Dereck Martina es una soberbia
Leticia Contreras
Martina despues de todo lo que Dereck a hecho lo desprecio
Leticia Contreras
ya cae mal Martina con su actitud
Leticia Contreras
Dereck aun no se decide a hablar de su pocision
Leticia Contreras
ya Dereck confieza quien eres en realidad
Leticia Contreras
Dereck deve de decirle la verdad a Martina antes de que lo sepa por otro lado
Leticia Contreras
creo que tiene miedo de decirle la verdad a Martina
Leticia Contreras
bueno ya se entregaron los dos ahora aver que pasa cuando ella sepa la verdad de quien es
Leticia Contreras
ya que Dereck le diga quien es
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