En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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El regreso y la decisión
El carruaje entró por el camino de entrada al ducado, entre los árboles que empezaban a perder sus hojas con la llegada del otoño. Mariana esperaba en el pórtico, con el corazón latiéndole con una mezcla de emoción y cautela. Había pasado casi dos meses desde que su hija partió hacia la casa de sus abuelos, al otro lado del valle. Necesitaba ese tiempo lejos, para sanar, para respirar sin que todos la miraran, para recordar quién era antes de que el nombre de Raúl Peredo se cruzara en su destino.
La puerta del carruaje se abrió y primero apareció una pequeña manita agarrada al borde. Lucas, con sus dos años y medio, asomó la cabecera, con los ojos grandes y brillantes al ver a su abuela. Detrás, Elena descendió con elegancia, aunque se notaba que el viaje la había cansado. Llevaba un vestido de lana color crema, el cabello recogido con sencillez, y al levantar la vista y ver a su madre, una sonrisa sincera le iluminó el rostro.
—Madre —dijo, acercándose para abrazarla—. He regresado. Te he echado mucho de menos.
—Y yo a ti, hija mía —respondió Mariana, besando su frente y acariciando la cabeza de su nieto—. Bienvenida a casa. Lucas, ven, deja que te abrace esta abuela que te ha extrañado cada día.
Pasaron al interior de la residencia, donde el calor de la chimenea y el aroma a té y pan recién horneado los recibieron como un abrazo. Elena dejó que su hijo corriera hacia los juguetes que le habían preparado, y se sentó frente a su madre. La joven se veía más serena, más segura de sí misma, y eso alivió el corazón de Mariana.
—Los abuelos te han tratado bien, lo veo —dijo Mariana con suavidad.
—Me han cuidado como a una reina —respondió Elena—. Me han hecho ver muchas cosas que yo no quería reconocer. Dicen que el amor no debe doler, que una familia no se construye sobre el miedo, y que no debo sacrificarme por mantener contentos a quienes solo buscan aprovecharse de nosotros. Madre, sé por qué me pediste que me alejara un tiempo. Sé que Raúl ha venido aquí, que ha insistido, que ha hablado contigo. No soy una niña. Sé qué clase de hombre es.
Mariana tomó las manos de su hija entre las suyas.
—No quiero decidir por ti, Elena. No quiero que en el futuro me culpes de haber cerrado una puerta que tú querías cruzar. Pero también debo ser honesta contigo. Raúl Peredo no busca un compañero para ti. Busca lo que tenemos: nuestras tierras, nuestro nombre, nuestra estabilidad. Si te casas con él, no serás su esposa. Serás un trofeo, una llave para entrar a lo que hemos protegido con tanto esfuerzo toda nuestra vida. Y no te mereces eso. Mereces a alguien que te mire a ti, no a lo que posees. Mereces reír sin temor, descansar sin desconfianza, y amar sin reservas. ¿Estás segura de que quieres seguir adelante con este compromiso?
Elena bajó la mirada, jugando con el borde de su manga.
—Antes de irme, creía que tenía la obligación de hacerlo. Creía que era mi deber asegurar la alianza entre nuestras familias, que la gente diría que soy una ingrata si me retiraba ahora. Pero allá, lejos de todo ese ruido, me di cuenta de algo importante: mi felicidad vale más que lo que digan los demás. Y si alguien se ofende porque no quiero entregarle mi vida a cambio de nada, entonces no merece mi atención. Madre, quiero romper el compromiso. Pero no sé cómo hacerlo sin provocar un conflicto que nos lastime a todos. Él no aceptará un no fácilmente.
—Déjame a mí esa parte —dijo una voz profunda desde la puerta.
Ambas se giraron. Roberto estaba allí, con su capa aún puesta, con el cabello algo revuelto por el viento, pero con esa presencia firme que siempre traía consigo. Miró a Elena con respeto y luego a Mariana con una ternura que hizo que el pecho de esta última se llenara de calidez.
—No tienes que enfrentarlo sola, Elena —continuó él, entrando en la sala—. Raúl Peredo se aprovecha de la amabilidad de los demás porque sabe que dudan en ser firmes con él. Pero si le dejas claro, con dignidad y sin ambigüedad, que esta decisión está tomada y que cuentas con el respaldo de tu madre y el mío, no tendrá argumentos para seguir insistiendo. No puede obligarte a casarte con él. La ley está de nuestro lado. Lo único que necesita es que seas clara. ¿Estás lista para decirle que no?
Elena respiró hondo, enderezó la espalda y asintió.
—Sí. Estoy lista. No quiero que mi vida comience con una mentira. Si se enoja, que se enoje. No puedo darle lo que no tengo. Y no voy a sacrificarme para complacer a nadie más.
—Esa es mi hija —dijo Mariana con orgullo, apretando su mano—. Mañana mismo le enviaremos un mensaje. Le diremos que venga, en presencia de testigos, y le entregaremos la carta de ruptura formal. Que intente hacer lo que quiera. Sabremos responderle. No tiene poder sobre nosotros, solo el que nosotras le demos. Y a partir de hoy, le quitamos ese poder.
Roberto se acercó más, con una sonrisa tranquila.
—Estaré allí. Si intenta intimidarte, si sube la voz, si usa palabras inapropiadas, yo intervendré. No cruzaré la línea de tu autoridad, Mariana, pero tampoco permitiré que nadie falte al respeto a tu familia. Esto no es solo asunto de honor. Es asunto de que Elena pueda vivir en paz. Y eso vale más que cualquier alianza o cualquier tierra.
—Gracias, Roberto —dijo Elena con sinceridad—. Gracias por cuidar de nosotros.
—Es un honor para mí —respondió él, mirándola con amabilidad—. Tu madre merece paz. Y tú mereces ser feliz. No hay mayor honor que ayudar a que eso ocurra.
Cuando Elena subió a descansar con su pequeño, Roberto y Mariana se quedaron solos junto a la chimenea. El crepitar del fuego llenó el silencio entre ellos por un instante.
—Has hecho bien —dijo él suavemente—. No la has forzado. La has guiado para que ella misma encuentre su voz. Eso es lo que una madre hace. Y eres extraordinaria en ello.
—Tengo miedo de que se vengue —admitió ella en un susurro—. Conozco su orgullo. No aceptará que una mujer le diga que no.
—Que haga lo que quiera —respondió él con firmeza, tomándola de las manos—. Pero no te tocará a ti, ni a Elena, ni al pequeño Lucas. Si elige la guerra, la encontrará. Pero que sepa que del otro lado no está solo un nombre o una posición. Está alguien dispuesto a defender lo que ama con todo lo que tiene. No tienes que temer, mi vida. No te lo prometo porque sea mi deber. Te lo prometo porque tú eres lo más preciado que tengo. Y a los que amo, los protejo hasta el último aliento.
Mariana apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo cómo la ansiedad que había llevado en el pecho durante semanas empezaba a disiparse. No sabía qué vendría mañana. Pero sabía que no lo enfrentaría sola. Y eso lo cambiaba todo.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
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