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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:387
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5 - LAS LECCIONES

Zoe no sabía pelar una patata.

No es broma. La primera mañana que la mandaron a la cocina conmigo, agarró el cuchillo como si fuera una pluma y se cortó el dedo. Sangró poco, pero lloró de rabia. No de dolor.

- ¡No sirvo para esto! - dijo tirando la patata al balde -. En mi casa nunca me dejaron entrar a la cocina. Decían que para eso estaban las criadas. Que una señorita decente solo tiene que saber tocar piano y sonreír.

Yo le lavé el dedo con agua del pozo. Tenía las manos tan suaves que parecía que nunca había tocado nada caliente.

- No se agarra así - le dije -. Se agarra así. Firme. Como si no te diera miedo.

Ella me miró las manos. Las mías estaban rojas, con las uñas negras y los nudillos partidos por el agua helada. Las suyas eran blancas, con las uñas comidas.

- Tú tienes manos de verdad - me dijo.

Desde ese día hicimos un trato. Ella me enseñaba a leer y yo le enseñaba a sobrevivir en Santa Clara.

Nos veíamos en la bodega, después de comer, cuando las monjas dormían la siesta. Era el único sitio donde nadie entraba porque decían que había ratones. Solo estábamos nosotras, los sacos de patatas y el olor a tierra.

Zoe había traído a escondidas dos libros en su maletita. Uno era de matemáticas de su colegio. El otro era un libro chico, sin tapa, con las páginas dobladas. Era "Mujercitas". Me dijo que era su libro favorito y que su madre se lo había quitado porque decía que hacía que las niñas se volvieran rebeldes.

Se sentaba a mi lado, muy cerca, y me señalaba las letras con el dedo.

- Esta es la A. Como Ana. Esta es la Z. Como Zoe.

Yo nunca había ido mucho al colegio. En mi pueblo, las niñas iban hasta los doce y después a coser. Sabía escribir mi nombre y poco más. Pero con ella quería aprender. Quería entender qué decía ese libro que su madre odiaba tanto.

- A - na Vi - dal - deletreaba yo, y ella se reía.

- Muy bien. Ahora escribe Zeynep.

Me quedé helada. La miré.

- ¿Qué?

- Lo escuché ayer. Hablabas dormida en la bodega. Decías Zeynep. ¿Quién es?

Sentí que se me helaba el vientre. Nadie sabía ese nombre allí. Lo había quemado con mi carnet.

- Es... es como me llamaba mi madre de cariño. De chica - mentí rápido.

Zoe no me creyó, pero no insistió. Solo pasó la página.

- ¿Sabes qué es lo que más me gusta de este libro? - me dijo -. Que las hermanas se quieren aunque no tengan nada. Aunque todo el mundo les diga que no pueden.

Mientras ella leía en voz alta, yo la miraba. No la escuchaba tanto como la miraba. Cómo se le movían los labios, cómo se le soltaba el pelo y se lo ponía detrás de la oreja, cómo se mordía el labio cuando no entendía una palabra. En Olvera, en 1957, mirar así a otra mujer era pecado. Pero en la bodega no nos veía nadie.

Una tarde me dieron otra vez las náuseas. Estábamos pelando patatas y el olor me revolvió todo. Salí corriendo a vomitar detrás de los limoneros. Cuando volví, Zoe estaba parada con el balde de agua.

- ¿Estás embarazada? - me dijo bajito. Sin asco. Sin susto. Como si me preguntara si tenía frío.

Me quedé sin aire. Nadie me lo había preguntado así. Sor Inés me lo había preguntado como una enfermedad. Zoe me lo preguntó como un secreto compartido.

No pude mentirle. Negué con la cabeza al principio, pero después me puse a llorar. Lloré callada, con la mano en la boca para que no me escucharan las monjas.

Ella se arrodilló a mi lado. No me tocó el vientre. Me agarró las manos.

- No tienes que decírmelo si no quieres. Pero si lo estás, yo te cuido. Mi prima estuvo embarazada soltera en Sevilla. Sé cómo se esconden las cosas.

- ¿No te doy asco? - le dije.

- ¿Por qué me darías asco?

- Porque estoy embarazada y no estoy casada. Porque en este pueblo eso es de putas.

Zoe se acercó más. Olía a jabón de rosas, no a lejía.

- Ana, yo estoy aquí encerrada porque me gustan las mujeres. Si vamos a hablar de lo que dice el pueblo, las dos somos putas para ellos. Así que no me vengas con eso.

Fue la primera vez que alguien me dijo eso sin insultarme. Lo dijo como un chiste. Como si fuera nuestra palabra, no de ellos.

Me reí llorando. Y ella me abrazó. Fue un abrazo corto, entre sacos de patatas, con las manos llenas de tierra. Pero fue el primer abrazo que no me pedía nada a cambio desde que llegué a Olvera.

Esa noche, cuando me fui a dormir a la bodega, me toqué el vientre y le hablé bajito a la niña.

- Hoy no estamos solas - le susurré.

Y afuera, en la celda de las internas, escuché que Zoe tarareaba bajito la canción que Sor Carmen cantaba por las mañanas, como si no le diera vergüenza cantar mal.

Al día siguiente le iba a enseñar a hacer pan. Ella me iba a enseñar la letra Z.

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