Sinopsis: Un amor prohibido
Todo comenzó cuando empecé a ir a la casa de Juan Alcázar, mi mejor amigo. Al principio, todo era normal, hasta que comencé a mirar a su mamá con otros ojos. Ella era una mujer hermosa, madura y completamente diferente a todas las que había conocido. Sin darme cuenta, empecé a sentir algo que jamás imaginé sentir por la madre de mi mejor amigo. Intenté luchar contra aquellos sentimientos, pero el corazón no entiende de reglas ni de prohibiciones. Hasta que una mirada se convirtió en deseo y comenzamos a vivir un amor a escondidas, capaz de destruir nuestra amistad y cambiarlo todo.
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Capítulo 20: ¡Mierda, ese man!
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POV: Joaquín Zapata
Yo ya estaba mamado de esa fiesta, parce. Llevaba rato sentado escuchando conversaciones de negocios, inversiones y contratos, mientras mi querida novia hablaba con los empresarios como si estuviera en su salsa.
Y yo ahí, con esa corbata que sentía que me estaba ahorcando.
—Amor, vení un momentico —me llamó Gabriela, haciéndome una seña con la mano—. Quiero presentarte a alguien.
Me levanté de la silla, acomodándome la chaqueta del traje, y caminé hacia ella.
—Joaquín, te presento al señor Esteban Valencia. Es un empresario con el que estamos trabajando en un proyecto muy importante para la compañía.
El señor me extendió la mano.
—Mucho gusto, joven.
—Mucho gusto, señor —respondí educadamente.
Hasta ahí todo iba bien. El señor parecía ser una persona seria, amable y respetuosa. Yo estaba dispuesto a conversar con él, aunque, para ser sincero, mi cabeza estaba pensando en la hamburguesa que quería comerme cuando saliéramos de esa reunión.
Sin embargo, el señor Valencia giró la cabeza y llamó a alguien que estaba conversando cerca de la barra.
—¡Andrés, hijo! Vení, quiero presentarte a unas personas.
Yo volteé a mirar.
Y cuando vi al tipo que se acercaba, casi se me cayó la copa de la mano.
¡Mierda!
Era Andrés Valencia.
¡El mismísimo Andrés!
Yo conocía muy bien a ese man porque era amigo de Juan. Nos habíamos encontrado varias veces y, aunque compartíamos algunos conocidos, nunca nos habíamos llevado especialmente bien.
¿La razón? Andrés tenía una forma de ser que me sacaba la piedra. Siempre quería hacerse el más interesante, le encantaba lanzar comentarios fastidiosos y, cuando había más gente alrededor, parecía que necesitaba demostrar que era mejor que los demás.
En pocas palabras, ese man me caía de la patada.
¿Qué hace este tipo aquí, ome? ¿De todos los lugares de Miami tenía que aparecer precisamente en esta fiesta?
Andrés llegó con una sonrisa y saludó primero a Gabriela.
—Buenas noches, Gabriela. Qué gusto verla por acá.
—Buenas noches, Andrés. ¿Cómo estás? —respondió mi novia amablemente.
Después, su padre nos presentó.
—Hijo, él es Joaquín Zapata, y ella es Gabriela Alcázar.
Andrés giró la cabeza hacia mí.
Cuando me reconoció, levantó las cejas.
—¡Joaquín! ¡No te lo puedo creer, ome! ¿Vos qué hacés por acá?
Yo tuve que hacer un esfuerzo enorme para no poner los ojos en blanco.
—Aquí, acompañando a Gabriela —contesté con tranquilidad.
—¿Ustedes se conocen? —preguntó el señor Valencia, sorprendido.
—Sí, papá. Joaquín es amigo de Juan, un parcero con el que me la paso hablando de vez en cuando —explicó Andrés.
¡Ay, juepucha! Ya empezó con Juan.
Gabriela me miró de reojo, seguramente notando que mi sonrisa era más falsa que un billete de tres pesos.
—Qué coincidencia tan curiosa —comentó ella—. No sabía que ustedes eran conocidos.
—Sí, claro —respondió Andrés—. Conozco a Juan desde hace un tiempo. De hecho, hace poquito estuvimos hablando y me contó algunas cosas de la universidad.
Yo asentí, fingiendo interés.
—Ah, qué bien.
Por dentro, sin embargo, estaba pensando que lo último que necesitaba era que Andrés se pusiera a hablar de Juan delante de mi novia.
Porque había un pequeño detalle que él desconocía: Gabriela y yo éramos pareja, y Juan todavía no sabía absolutamente nada.
Si Andrés empezaba a sospechar, podía terminar soltando alguna pregunta incómoda y armarnos un problema de los buenos.
—¿Y ustedes cómo se conocieron? —preguntó Andrés, mirándonos alternativamente.
Gabriela sonrió.
—Joaquín y yo nos conocemos desde hace un tiempo. Él es una persona muy especial para mí.
Yo sentí que el corazón me daba un brinco.
¡Ave María, mi reina! No me diga esas cosas delante de este sapo, que después pregunta hasta por el árbol genealógico.
Andrés me observó con una sonrisa curiosa.
—¿Ah, sí? Mirá vos, Joaquín. Y yo que pensaba que vos vivías ocupado con la universidad y el trabajo. ¿Ahora también tenés tiempo para acompañar empresarios?
—Pues uno siempre encuentra tiempo para las personas que le importan —respondí, mirándolo directamente.
Gabriela apretó suavemente mi mano, como si quisiera tranquilizarme.
El señor Valencia continuó hablando de los negocios con mi novia, mientras Andrés se quedó a mi lado.
—Oíste, parcero —me dijo en voz baja—, después me contás bien qué hacés acá con Gabriela. Qué coincidencia tan rara encontrarnos en Miami, ¿no?
—No hay nada raro, Andrés. Vine a acompañarla y ya.
—Bueno, hombre, tranquilo. No te me pongás bravo.
¡Qué ganas de mandarlo a comer mondá!
Pero respiré profundo y me quedé callado. No iba a arruinarle la noche a Gabriela por culpa de ese man.
Cuando Andrés finalmente se alejó para saludar a otros invitados, me incliné hacia mi novia.
—Amor, tenemos un problemita.
Ella me miró preocupada.
—¿Qué pasó, mi vida?
—Ese man es amigo de Juan. Y te lo digo desde ya: Andrés me cae de la patada. Si empieza a sospechar de nosotros y le cuenta algo a Juan, se nos va a complicar todo.
Gabriela suspiró y acarició mi mano por debajo de la mesa.
—Tranquilo, Joaquín. No nos adelantemos a los acontecimientos. Estamos aquí por trabajo y vamos a disfrutar la noche.
Yo asentí, aunque no estaba tan convencido.
En ese momento, Andrés volvió a acercarse con su copa en la mano.
—¡Joaquín! Antes de que te vayás, te tengo que preguntar una cosa sobre Juan.
¡No, hombre! ¡Otra vez ese man con Juan!
Lo miré y me preparé para escuchar la pregunta, esperando que no fuera nada que pudiera destapar nuestro secreto.
Porque, definitivamente, mi primera noche en Miami estaba resultando mucho más complicada de lo que había imaginado.