Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
NovelToon tiene autorización de Scarlet Pacheco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10.La llamada que lo cambió todo
Dicen que el corazón es capaz de reconocer aquello que la razón intenta negar. Pero ¿qué sucede cuando te enamoras de alguien que pertenece a un mundo al que nunca has pertenecido? ¿Qué sucede cuando ese hombre puede darte todo lo que jamás has tenido, pero también puede convertirse en la razón de tu mayor sufrimiento?
...****************...
A la mañana siguiente, Valentina llegó a la oficina con una carpeta llena de documentos y un café que había comprado en el camino.
Apenas se sentó, encontró un mensaje de su hermano.
**Vale, no te preocupes por el alquiler.Conseguí que el dueño nos dé dos días más. Pero tienes que venir temprano hoy, porque mamá no se siente muy bien.**
El corazón se le encogió.
Llamó inmediatamente a su casa.
—¿Qué tiene mamá?
—No es nada grave, creo —respondió Daniel
—. Se levantó mareada y está descansando.
—¿La llevaste al médico?
—Dice que no necesita ir.
Valentina cerró los ojos.
Su madre siempre decía lo mismo, incluso cuando necesitaba ayuda.—Dile que, si no mejora, la llevas a que la revisen. Yo voy a llamarla en mi descanso.
Colgó y se quedó mirando el teléfono.
—¿Problemas en casa?
La voz de Alejandro la hizo levantar la cabeza.
Él estaba junto a su escritorio, sosteniendo una carpeta.
—No, señor. Todo está bien.
Alejandro no pareció convencido.
—Tiene los ojos preocupados.
—No sabía que también se había especializado en leer expresiones faciales.
—No me he especializado en nada.
Simplemente presto atención.
Valentina guardó el teléfono.
—Mi madre no se ha sentido muy bien, pero mi hermano está con ella.
—¿Necesita salir? Ella lo miró sorprendida.
—¿Qué?
—Si necesita ir a verla, puede hacerlo.
Valentina tardó unos segundos en responder.
—Gracias, pero no quiero dejar mis responsabilidades. Además, acaba de empezar mi jornada.
Alejandro asintió lentamente.
—Está bien. Si cambia de opinión, avíseme.
Se dirigió a su despacho.
Valentina lo siguió con la mirada.
Aquel gesto había sido pequeño, casi insignificante.
Pero nadie en su antiguo trabajo se había ofrecido a dejarla salir por un problema familiar. Allí, cuando alguien faltaba, simplemente lo reemplazaban.
Alejandro podía ser insoportable, pero comenzaba a demostrar que no era tan indiferente como quería aparentar. Y eso era peligroso.
Porque una cosa era soportar a tu jefe.
Otra muy distinta era empezar a descubrir sus virtudes.
A las diez y cuarto, la recepcionista llamó a Valentina.
—Hay un joven preguntando por ti.
Ella frunció el ceño.
—¿Por mí?
—Dice que te conoce.
Valentina se levantó y caminó hacia la recepción.
Cuando llegó, se quedó inmóvil.
El hombre que esperaba junto a los ascensores tenía el cabello oscuro, una sonrisa familiar y unos ojos que reconocería en cualquier lugar.
—¿Mateo?
Él abrió los brazos.
—¡Por fin te encuentro!
Valentina se acercó, sorprendida.
—¿Qué haces aquí? Hace meses que no sé nada de ti.Mateo la abrazó brevemente.
Habían sido amigos durante varios años.
Antes de que la vida comenzara a complicarse, habían compartido tardes de estudio, conversaciones interminables y sueños que parecían demasiado grandes para la realidad en la que vivían.
Él había sido una de las pocas personas que conocían las dificultades de su familia.
Y también una de las personas que más la había decepcionado.
—He intentado llamarte —dijo Mateo.
—Cambié de número.
—Ya lo sé. Por eso vine.
Valentina cruzó los brazos.
—¿Qué necesitas?
Mateo perdió un poco la sonrisa.
—Quería verte. Y hablar contigo.
—¿De qué?Él miró alrededor.
—¿Podemos tomar un café?
—Estoy trabajando.
—Valentina, por favor. Solo serán diez minutos.
Ella dudó.
No quería ser descortés, pero tampoco quería abrir una puerta que había cerrado por una razón.
—Tengo que preguntarle a mi jefe si puedo salir un momento.
Mateo sonrió.
—¿Tu jefe? ¿Desde cuándo necesitas permiso para tomar un café?
Valentina lo miró con seriedad.
—Desde que tengo un trabajo que no pienso perder.
Lo dejó esperando y regresó a su escritorio.
Sin embargo, no llegó a tocar la puerta del despacho de Alejandro.
La puerta se abrió antes.Y el empresario apareció frente a ella.
—¿Quién es ese hombre?
Valentina se quedó desconcertada.
—¿Disculpe?
—El hombre de recepción. ¿Quién es?
—Un amigo.
Alejandro miró por encima de su hombro, hacia el lugar donde Mateo seguía esperando.
—¿Un amigo que viene a buscarla a su trabajo?
—No sabía que necesitaba justificar quién viene a visitarme, señor.
—No necesita justificar nada. Solo quiero saber si su presencia puede interferir con mis reuniones.
Valentina lo observó detenidamente.
—No, señor. No interferirá con sus reuniones.
—Bien.
Alejandro regresó a su despacho.Pero no cerró la puerta inmediatamente.
Se quedó observando cómo Valentina se acercaba a Mateo y hablaba con él en voz baja.
Vio al joven sonreír.
Vio a Valentina responder con una expresión que él todavía no había conseguido provocarle.
Y sintió algo desagradable en el pecho.
Algo que no tenía nada que ver con los negocios.
Algo que se parecía demasiado a los celos.